miércoles, 5 de diciembre de 2012

Capítulo 13: ¿Quién es Gaelle Milner?


Buenas tardes a todos y feliz #Miernes JAJAJA (si no tenéis puente, ups, excuse me:$). Bueno, por fin me decidí a escribir y publicar el capítulo 12+1 (13, si no sois supersticiosos) Y AQUÍ ESTÁ *Aplausos*. Vale, siendo sinceros tampoco es pa' tanto, y sé que la foto es una caquita, pero ha sido lo mejor que he podido hacer; en fin, espero que le guste a quien quiera que sea que se moleste en leerlo :( Dejando a un lado mis melodramas, ¡PASAD UN BUEN DÍA! Muacccccck

-Si tenemos un barril con un volumen de 20 dm cúbicos de agua, a presión constante de una atmósfera y…
Mientras Aggie O’Connell, la eterna profesora de Física y Química del Internado Brotherhood escribía el problema en la pizarra, la clase se dedicaba a cualquier cosa menos que a copiarlo en sus libretas: algunos, como Keegan, dormían; otros se mandaban notitas, otros jugaban a Angry Birds en el móvil y otros, simplemente, miraban al infinito dejando pasar la hora.
Bueno, quizás hubiese alguien haciendo algo un poco distinto. Jay y Kathleen estaban pensando en todo lo que habían descubierto la tarde anterior, y Abby se dedicaba a mirarles atentamente desde la parte trasera de la clase.
-Sissie- llamó de repente a su compañera de mesa.
-¿Qué pasa?- Sissie se sobresaltó. Había estado muy enfrascada en dibujar ‘Keegan y Sissie’ y un montón de corazoncitos alrededor en la última hoja del cuaderno.
-Necesito- le contestó al tiempo que garabateaba algo en un trozo de papel- que le mandes este nota a Jay.
-¿Y por qué no se la mandas tú? Está dos mesas a la derecha de aquí.
-Porque…
No le hizo falta terminar la frase, sólo un leve gesto de inclinación, indicándole que la pelirroja estaba echándoles el ojo.
-AHHHHHHH, VALE VALE, no hay problema, dame la notita- le guiñó un ojo, y se encontraba girándose hacia su derecha cuando…
-SEÑORITA TANNER, SALGA A LA PIZARRA, POR FAVOR.
La cara de Sissie se empalideció en cuestión de segundos. Se levantó, no obstante, decidida y con paso firme hacia la pizarra, dejando a Kath con la nota en la mano, nerviosa porque no tenía plan B.
Se giró, y vio a Abby lanzándole una maliciosa mirada. Vale, no era la mejor opción arriesgarse, no si quería mantener el cuello en su sitio. Y no era por los ataques celosos de Abigail, o por que le montara un escándalo; era porque sospechaba que su nueva táctica contra ella era contarle a su padrastro, don Plassmeyer, hasta cuando Kathleen pestañeaba.
Mientras tanto, Sissie seguía en la pizarra escribiendo fórmulas a diestro y siniestro, intentando dar con la adecuada.
-Cecilia, ¿sabe usted dónde está Lourdes?
-¿En… Francia?- respondió, tímida. ¿Aquello qué era, Física y Química o Geografía?
-Pues ahí tendrá que ir usted a hacer peregrinación si quiere aprobar mi asignatura.
-No… no… Espérese, Miss O’Connell, que ya me he acordado.
Sissie buscó la mirada de Vanessa entre la multitud, y ésta le respondió moviendo la cabeza afirmativamente. ¿Qué planeaban estas dos?, pensó Kath. Lo descubrió al ver a Vanessa sacar su móvil y, conforme ella iba escribiendo, lo hacía Sissie. ¡Claro, una idea genial!
Kathleen sacó también su móvil, tecleó rápidamente el contenido de la nota, y le envió aquel mensaje por WhatsApp a Jay. Éste, pocos segundos después, sintió vibrar algo en su pantalón y buscó su teléfono móvil. Se sorprendió al leer de quien era el mensaje, y miró hacia donde estaba sentada.
Kathleen: Cuando termine la clase, no vamos a ir a comer. Dile a Callum y Keegan que te encuentras enfermo, pero te vas a la salida. Yo llegaré después. Es importante, tenemos que aclarar muchas cosas sobre lo de ayer.

Jay la miró y le asintió.
Mientras tanto, y por desgracia para Sissie, el truco del teléfono les estaba saliendo igual de mal que a Babi y Pallina en 3 Metros sobre el Cielo*.
-Mmmm… A ver…- doña Aggie se acercó- Me sorprende, Cecilia, está bastante bien planteado. Dígame, ¿lo ha averiguado usted solita o ese teléfono móvil que guarda en la manga ha tenido algo que ver en su inspiración divina? Démelo.
Sissie le devolvió el móvil, y corrió a sentarse en su sitio.
-A ver…- se ajustó las gafas y miró la pantalla-… ¿Vanessa? ¿Señorita Cartwright? ¡No me esperaría esto de usted! Entrégueme también su teléfono- movió la mano en signo de premura.
Vanessa se dirigió cabizbaja hasta la parte delantera donde estaba la profesora, y le entregó lo que ésta le pedía.
-Ambos confiscados hasta el fin de semana cuando vengan sus padres. Y un cero para cada una. Agradezcan que no las expulso por esto.
Sonó la campana, y todos salieron corriendo, a excepción de Sissie, a la que paró Kath.
-Sissie… Necesito un pequeño-gran favor.
-Dime, pequeño saltamontes.
-Me sorprende que hasta cuando te echan la bronca sigas estando de buen humor para bromear.
-Bah, es la O’Connell, me habría deprimido si me hubiese regañado el bombón del profesor de Francés. Pero, venga, ¿qué te ocurre?
-En la cafetería, asegúrate que la pelmaza de la prefecta no salga en ningún momento, invéntate alguna escusa.
-Uhhhh… No hay problema. ¿A dónde vas?
-Jay y yo…
-¡OOOOOOOOH, OS VAIS A FUGAR!- comenzó a saltar otra vez, signo de que se emocionaba- ¿Vais a hacer Jaycitos y Kathleencitas, o preferís casaros primero? Me pido el papel de madrina…
-Sissie- Kath la detuvo- deja de montarte películas. Tenemos muchas cosas que resolver. Si Ida pregunta por mí, dile que…
-Muy fácil: le diré que estás en la habitación estudiando. Es algo que todo el mundo se creería de ti.
-Así me gusta. Venga, adiós.
Se dieron un abrazo.
-Adiós, pequeño pony.
-¿Te pasa hoy algo con los pequeños animales?- le gritó entre risas, mientras cada una se dirigía hacia un lado del pasillo.
Por fin Kathleen llegó a la puerta. Allí, escondido tras un arbusto la esperaba Jay.
-Venga, dime, Ojos Verdes, ¿adónde planeas llevarme?
-Sígueme- le dijo muy seria, mientras se encaminaba hacia el bosque.
El extraño descubrimiento que habían hecho el día anterior se hallaba también en la hoja donde aparecían los sonrientes Gill y Cedric: justo arriba, venía una foto de cada profesor que impartía clases ese año. Una, que era además la Jefa de Estudios, se llamaba Gaelle Milner. Vale, el nombre no era ningún misterio. Lo espeluznante era que era exactamente igual que Margaret.
-Kathy… No creo que en la cabaña haya nada que nos dé siquiera una pista de quién era esa mujer- le dijo Jay, que iba tras de ella.
-Quizás sea ella la que nos dejaba las pistas en la cabaña, piénsalo.
-¿Quién, Margaret?
-No sé, quien sea… No estoy segura de que sea Margaret… Si ella tiene ahora como unos treinta y tres, hace treinta años tendría tres. Además, la mujer de la foto parecía más mayor que nuestra dulce bibliotecaria.
-Sí, ya, yo he formulado las siguientes hipótesis: que Margaret sea inmortal y no haya envejecido desde entonces, que tenga una hermana gemela perdida por ahí, que haya venido del pasado al futuro mediante una máquina del tiempo como la de Regreso al Futuro, o que se ha sometido a una súper operación quirúrgica y se mantiene igual desde hace treinta años.
-No sé cuál es más rocambolesca, irreal o ridícula.
-Bueno, bueno, pues te dejo a ti que piensas, Doña Perfecta.
-Jay- le dedicó una mirada de concilia- es sólo una broma. Aunque reconoce que con lo del coche-máquina del tiempo y la perfecta operación quirúrgica te has lucido.
-Vale, la verdad que era un poco ridículo, pero teniendo en cuenta lo poco normales que somos tú y yo… Cada día estoy más convencido en que lo imposible, pasa.
-¿Lo imposible como qué, tener poderes especiales?
-No… Como enamorarme de una histérica perfeccionista.
Kath se paró en seco. Lo miró. Por fin lo había dicho, sin ponerse nervioso, sin cortarse y, sobretodo, sin que viniera del todo a cuento. Pensaba que iba siendo hora de ser sincero.
-Jay no estarás…
-Sí, Kathleen, estoy enamorado de ti.
-Pero, Jay…- empezó a hacer mucho frío, señal de que esta vez, la que estaba nerviosa era Kathleen. De hecho, el rubor empezó a aparecer en sus mejillas, y decía palabras sueltas, indecisa- Si ni siquiera nos hemos rozado… No puedes saber eso… Y… Nunca podríamos… No…
-Me da igual no haber podido acercarme nunca a ti, aunque también quisiera. No te he dicho que me gustes, lo cual es algo más físico, te he dicho que estoy enamorado de ti. Estoy enamorado de tu sonrisa, de tus perfectas facciones, de tu voz, de tu encanto, de tu ingravidez al caminar, de tu inteligencia, de tu dulzura y de tu determinación. No necesito tocarte para descubrir esas cosas.
-Ya pero…
-No te he pedido salir, sé que sería imposible. ¿Vamos?
Tomó la delantera. Kath lo siguió, muy nerviosa. ¿Debería haberle respondido “yo también”?
Llegaron a la cabaña y entraron. Ambos se quedaron tan fríos como una piedra.
-Jay… ¿qué ha pasado aquí?
Jay estaba igual de anonadado que ella: todas las cosas que había en aquella cabaña, sin excepción, había desaparecido. En su lugar, solo había un libro en el medio, cuyo título era “Misterios y Leyendas del Internado Brotherhood”.
Se acercaron al medio de la habitación, y Jay se agachó a recoger el libro. En ese momento, se oyó un fuerte golpe.
Al volverse, comprobaron aterrorizados que la puerta se había cerrado. Kathleen corrió a abrirla, pero fue en vano: estaban encerrados.
¿Qué era aquello? ¿Quién había dejado allí ese libro? ¿Quién los había encerrado? Y… Lo más importante: ¿por qué?
“No me puedo creer aún lo que ha ocurrido. ¡Ha sido ella! Ha venido esta noche, a hablar con nosotros. Nos ha pedido perdón; está arrepentida de todo el daño que nos ha hecho. Ha abandonado la Hermandad, y nos ayudará a escapar.
Al principio, para ser sinceros, he estado un poco recelosa. ‘No te creo’, le he dicho, ‘¿por qué habría de hacerlo?’. Cedric, más ingenuo, me ha intentado tranquilizar, ‘Gill…’ Pero no ha servido de nada.
‘Mírenos, demacrados, medio muertos, hambrientos. Y todo por su culpa y la de todos esos monstruos. ¿Qué podría hacerme creer que de verdad ha cambiado?’
‘Tienes razón, no tenéis ningún motivo para creer mis palabras, por eso he traído la prueba de mi arrepentimiento’. Nos ha mostrado una gran bandeja con panes, carne y fruta, para la cena; y un botiquín con todo lo necesario para curarnos. Nos ha curado las heridas y nos ha dado de cenar. Y he decidido que, por ese gesto, sí puedo creerla.
Nos ha explicado el plan: Él no sabe nada, no puede saber nada. Mañana se marcha de viaje, por un par de días, con los alumnos que se gradúan este año. Aprovecharemos por la noche, para evitar que nos vean. Ella nos abrirá las puertas traseras, que no las conoce casi nadie, y correremos hacia el bosque. Allí hay una cabaña, muy pequeñita, pero lo suficientemente grande como para que pasemos un par de noche. Nos ha guardado comida, mantas y leña para hacer fuego. Solamente podemos estar ahí hasta pasados dos días, cuando llegue la policía a buscarnos. Debemos recoger la cabaña; no se pueden dejar pistas, y correremos hasta un kilómetro después, donde hay una estación de autobuses. Cogeremos un autobús con dirección Liverpool, y allí tomaremos un ferry hacia Belfast. En Belfast nos espera un amigo de Ella, que nos ayudará con el trámite de la nueva identidad. Yo seré Bessie Baker y Cedric será Roy Morris. También nos falsificará los carnés de identidad, de modo que tendremos dieciocho años y podremos casarnos. Nos teñiremos y cortaremos el pelo antes de volver a Inglaterra, para evitar que se nos reconozca. Cuando regresemos a Inglaterra, seremos libres. Cedric dice que iremos a vivir a Edimburgo, como siempre ha sido mi sueño.
¿Será posible que por fin empiecen a ir bien las cosas?
                                                                                              Gill, 25 de febrero de 1982”

*La situación es un guiño a una escena del libro “Tres metros sobre el cielo”, de Federico Moccia. Por eso, los personajes se llaman ‘Babi’ y ‘Pallina’, como en a versión original, y no ‘Katina’ y ‘Babi’, como en la película española.























domingo, 11 de noviembre de 2012

Capítulo 12: Preguntas sin respuestas.

TATACHÁAAAAAAAAAAAAAAAN. Y aquí estamos, de vuelta. Por si el domingo se os presentaba aburridillo, aquí me tenéis a mí para entreteneros (bueno, quizás no, no sé...) En fin, os tengo que decir un par de cosas: es un capítulo rarou rarou. No sé, pero siento que tenía que escribirlo así, dándole ese toque de misterio, y dejando tantas preguntas abiertas que, claro está, se irán resolviendo en los siguientes capítulos. Otra cosa, ¿habéis visto mi nueva pestaña, 'Sinopsis'? Espero que os guste. Poco a poco iré añadiendo más cosas. Y, por último este capítulo también es un poco cursi, se siente. Bueno, en parte sentía que debía dedicarle un poquitititito a la pareja de Keegan y Sissie, que me encanta y nunca les doy ni una goterita de protagonismo, jopé; la pareja de Kath y Jay, en fin... Son los protagonistas. Y, la primera parte del capítulo, que es como un flashback, desde el punto de vista de Cedric, simplemente, creo que sería bueno escribir de vez en cuando partes de esta historia y, para ello, quiénes mejor para contarla que los propios protagonistas. Quizás sea muy romanticón, pero quería simbolizar el hecho de que su relación se basa en el amor más puro, amor por encima de todas las cosas. Ah, y avisaros que de vez en cuando, a partir de ahora, iré entremetiendo ciertos flashbacks como éste, a veces contados por Gill, a veces contados por Cedric. Y, ya está que me enrollo más que unas persianas indias, que disfrutadlo muchito (como diría Soraya de Aída, jaja, ¿no veis esa serie?) UN BESAZO A TODOS.
“La noche vuelve a estar oscura y lluviosa, otra vez. Las gotas golpean arrítmicamente la fachada, y el sonido de los truenos se confunde con los latidos de mi corazón. ¿Enserio son latidos? Ya no sé siquiera si la sangre me bombea, si es que queda alguna circulando por mi cuerpo. Mis pensamientos, mi aliento, incluso mi cuerpo se entremezclan y forman una amorfa sensación de vacío que me hace preguntarme si aún soy real o no. ¿Lo soy?
La respuesta afirmativa a mi pregunta está a mi derecha. Muevo ligeramente la cabeza y ahí está ella, tan plácida y hermosa como siempre. Tiene su cabeza apoyada sobre mi muslo. Le acaricio el pelo, suavemente. Varios mechones se quedan en mi mano con este simple gesto. Dios mío, esto no puede seguir así.
No me explico cómo Gill puede dormir. Yo no tengo fuerzas para dar un paso, pero no soy capaz de cerrar un ojo. Podrían asaltarnos, aunque lo que me quita el sueño es esta sensación de hambre en el estómago, que se corre por todo mi cuerpo. Ya son cinco días con sus cinco noches los que llevamos sin comer. Aunque aquí encerrados, ya van como dos semanas.
Creo que si pasa otra más, probablemente ya no lo contemos. Mi cara es un poema entre cortes por la frente, labio roto y ojos y nariz amoratados. Mi camisa, hecha jirones, deja entrever las múltiples cicatrices que me produjeron los últimos “experimentos” y sus respectivos enfrentamientos. Mi rodilla aún sangra, y sigo sin saber si el hueso está roto o no, pero me es imposible caminar. Tengo los dedos contraídos y ya no recuerdo lo que era no sentir dolor.
Gill tampoco es que esté mejor. Mi único logro es que he conseguido que a ella la maltraten menos, pero la sangre se la han extraído del mismo modo. Entre las extracciones de sangre y los ayunos, ha perdido más de tres kilos; puedo contarle todas las costillas sin ningún problema. Las piernas le flaquean, y los brazos le tiemblan. Las ojeras le ocupan media cara. Sin olvidarnos, claro, de la tremenda herida que tiene en la boca del estómago. Sin embargo, sigue siendo tan bellísima como siempre. Hasta con una camisa vieja y sucia, enferma, y dormida, me sigue resultando la mujer más bonita que existe.
Tenerla aquí al lado mío es lo único que me sigue concediendo un mínimo atisbo de esperanza. Se la ve tan inocente, tan vulnerable, pequeña… Indefensa. No puedo rendirme ahora. Sé que lo hemos intentado y no ha funcionado, pero nosotros vamos a lograr salir de aquí, y vamos a ser felices. Ella lo merece.
Porque no sé cómo, pero ella es increíble. Me enamoró desde la primera vez que la ví, y ahora tan lívida y fría, no puedo evitar posar mis palmas sobre sus mejillas, y querer abrazarla, besarla, amarla. Es ella y no es nadie más. Es mi principio y mi fin. Mi sonrisa. Mi amor.
Abre los ojos. Profundos, verdes y sinceros. La primera cosa que me enamoró de ella.
‘Cedric’, susurra, y una diminuta sonrisa se perfila sobre su lívido rostro.
‘Mi amor, no hables, descansa’, le digo, rozándole los labios con mis dedos.
Ella acerca su cara a la mía y me besa. ‘Estoy bien, sólo un poco… asustada’
‘¿Por qué te asustas?’
‘No sé… ¿Y si, y si nunca salimos de aquí?’ se sorbió los mocos.
‘No te preocupes, saldremos de aquí sea como sea. Lo sé. Tengo un buen presentimiento’. Porque lo cierto es que lo tengo.

Entonces, se abre la puerta y Ella aparece.”

                                                                                           Cedric, 25 de febrero de 1982

-Sigo sin entender cómo va a salir una persona de un espejo- comentó Kathleen mientras ambos inspeccionaban el espejo de la pared.
-¿Y crees que yo lo sé? Yo sólo… lo recordé.
-¿Nunca te has preguntado por qué recordamos o vemos cosas que no nos han pasado a nosotros?
Kath comenzó a pasearse por la habitación. Se acercó a la estantería y leyó los tomos en voz alta.
-Anuarios. Curso 1981-1982. Eh, mira, quizás esto pueda ayudarnos.
-No sabía yo que un anuario nos dijera por qué tenemos visiones, Kath.
Kathleen extrajo el tomo.
-No seas idiota, rubiales. Si Gill y Cedric desaparecieron hace treinta años, desaparecieron en el año ochenta y dos, por lo tanto, su foto podría salir aquí. Eso nos ayudaría a saber a ciencia cierta si los chicos de nuestras visiones son o no Gill y Cedric. Eso demostraría que hay un vínculo entre nosotros.
-No es un gran paso.
-Por lo menos es algo. Ya que hemos subido hasta aquí… Si no, a ver, te dejo feliz probando a decir “Ábrete Sésamo” con el espejo.
Jay resopló y se acercó a ella, aunque siempre lo suficientemente lejos como para tocarla.
-A ver… Nada, nada, nada… ¡Eh! Ah, no, ése es Gilberto. Mmmm… ¿Podría ser ésta rubia? Ah, se llama Susan, descartada.
-Eh… Ojos verdes
-¿Qué? ¿No ves que estoy buscando?
-Es que creo que te estás equivocando al buscar. Mira, estás mirando en las orlas de final de curso, y para entonces, Gill y Cedric habían desaparecido. Deberías buscar al principio, en las fotos de principio de curso.
-¿Sabes? Hay dos cosas que odio de ti. Una que tengas razón.
-¿Y la otra?- preguntó pícaro.
-Que… que…- el rubor empezó a aparecer en las mejillas de Kathy- que seas tan guapo.
-Oh, mira, ahí está.
-Sí, eso.
Ambos trataban de cambiar de tema. Y, entonces, encontraron lo que buscaban.
“Gill Freeman”, se leía debajo de la fotografía de una sonriente chica. Mejillas sonrosadas, labios carnosos, ojos verdes y llamativos, y una larga melena rubia la hacían bastante atractiva.
“Cedric Mitchell” era el pie de foto que acompañaba la imagen de un guapísimo joven de mirada azul, sonrisa perfecta y pelo rubio oscuro, casi castaño.
Sí, sin duda eran ellos. Ésas caras no se olvidaban con facilidad.
Entonces vieron otra cosa que era todavía más extraña.
                                                           --
-¿Adónde me llevas que necesitas que vaya con los ojos vendados?- rió Sissie, con un antifaz sobre los ojos, que iba de la mano de Keegan por los pasillos.
-Shhhhh, es una sorpresa- le dijo él, conduciéndola por una puerta.
-Ya puedes quitarte el antifaz- le dijo.
Sissie se destapó los ojos y ante ella apareció el jardín del Internado. Lo que había cambiado era un adorable picnic montado en el centro, con pasteles, zumos, tortas y demás dulces.
-Feliz aniversario, bonita mía- le dijo, y ella corrió a darle un beso.
Era su primer aniversario, y Keegan había elegido para celebrarlo el lugar donde se dieron su primer beso.
-¿Te he dicho alguna vez que eres el novio más adorable que hay?- le preguntó, risueña, Sissie, mientras corría sentarse.
-Ya he perdido la cuenta- le contestó él sentándose a su lado.
Comenzaron a comer y a reír mientras Keegan detallaba todas las peripecias que había montado para prepararlo.
Justo que su novia le iba a preguntar dónde había conseguido sus pasteles favoritos, que apareció la sombra de un enclenque muchacho.
-Eh… Keegan… Sissie…
-QUÉ QUIERES, CALLUM- por su tono y su mirada, si Callum no salía a correr es que era aún más tonto de lo que parecía.
-Pu-pu-pu-es estoooo qu-que la bibliotecaria os está bus-can-cando.
-Ah, no pasa nada, dile que vamos luego- Sissie sonaba más afable, aunque por dentro se muriera de ganas de estrangular a Callum.
-No, es que ha dicho que tenéis que ir, urgentemente, porque ES CUESTIÓN VITAL. SE TRATA DE JAY Y KATHLEEN. Y ya no me ha dicho más.
Callum, una vez recitado su discurso, puso pies en polvorosa y corrió como alma que lleva el diablo.
-No entiendo qué mosca le ha picado a esa pava.
-Tranquilo, cariño, mejor será que vayamos, y así terminamos pronto.
La pareja se predispuso a marcharse y, en menos de dos minutos, estaban en la biblioteca, delante de Margaret.
-Espero que tenga un buen motivo para obligarnos a venir aquí.
El tranquilo rostro de Margaret se veía aparentemente nervioso.
-Sí… Es sobre vuestros amigos, ya sabéis.
-¿Les ha pasado algo?- preguntó Sissie preocupada.
-Ah, no, tranquila, Cecilia, pero les pasará si no me ayudáis- su voz resultaba misteriosa, fría y calculadora, como si midiera cada palabra que pronunciaba- véreis- y bajó la voz- Jay y Kath tienen muchas cosas que averiguar.
-Ya… ¿y por qué no se las cuenta usted?
-Porque… porque yo no puedo- su voz resultaba ya poco más que un murmullo- porque a mí me vigilan, pero sobretodo, porque yo no sé toda la verdad. Yo sólo sé el final de la historia. El principio lo deben descubrir ellos, y muchas respuestas a ese pasado están en el desván del Internado.
-Y ellos están ahora mismo en el desván.
-Correcto, Keegan, pero los tengo que vigilar en cada momento. Si alguien descubre que están ahí, yo estaré despedida y ellos expulsados o… Algo peor. Y yo tengo que ir a recoger un lote de libros a la librería a la ciudad. Solamente puedo confiar en vosotros dos. Quedaos aquí, y en el momento en que escuchéis pasos, echad la llave. Si oís la voz del señor director o de la prefecta, no hagáis absolutamente ningún ruido. Nadie debe saber que estáis aquí. Podrían sospecharse. Confío en vosotros, tened en cuenta que esto es muy, muy importante.
Tras dejar la intriga en el aire, Margaret salió de la biblioteca, medio trotando, medio corriendo.
Sissie empezó a dar vueltas por la habitación, y a especular.
-¿Deberíamos avisarles de que estamos aquí? No, porque, ¿y si se están en plena acción? Ay, ¿te imaginas tesoro, que por fin se hayan declarado? Qué romántico…
Se puso a dar saltitos y vueltas sobre sí misma. Mientras, Keegan había ido a sentarse al escritorio de Margaret, y estaba husmeando entre sus papeles.
-Keegan- Sissie paró de girar y se acercó a la mesa- quita los pies de encima de la mesa y, ¡no metas tus narices donde nadie te ha llamado! Margaret nos ha encargado una cosa concreta, no te ha dado permiso para que te enteres de su vida privada.
-Margaret me estropea el aniversario que llevo un mes planeando y ahora no puedo ni siquiera leer los iconos que tiene en la pantalla del ordenador… parecía bastante enfadado- Bah, tampoco tiene nada interesante. Uhhhhh… tiene una carpeta que se llama “La Hermandad”. ¿Formará parte de alguna secta satánica?
-Cielo, “La Hermandad”* es el nombre del Internado. Seguramente será una carpeta con recibos bancarios, listas de libros, y varios documentos por el estilo.
-Ah, entonces, ¿por qué tiene contraseña?- Keegan parecía un detective en plena acción- Ah, mira, y aquí tiene una carpeta que se llama “Orfanato McNamee”. ¿Estará pensando adoptar un crío?
-Probablemente sea de cuando trabajaba como asistenta de comedor en un orfanato, cuando era adolescente. ¿No recuerdas que lo explicó un día, cuando vino la asistenta social aquella a darnos la charla sobre el abandono infantil?
-Estaba dormido.
-Bueno, pues deja ya de violar la intimidad de la bibliotecaria.
-Vaaaaaaale… ¡Pues le registro los cajones!- dio un brincó y se agachó.
-Keegan…
-¡Au!- aulló, al levantar la cabeza y golpeársela contra el escritorio- Mira. Tiene aquí una carpeta que se llama “J”. A ver… Oh…
-¿Qué sucede?- Sissie acercó la cabeza hacia los papeles.
-Eh, ¿no decías que no violáramos su intimidad?- tras ver la cara de Sissie, se arrepintió y le acercó la carpeta para que pudiera verla.
-Es la partida de nacimiento de un chico. No sabía que Margaret fuera madre.
-Quizás sea madre soltera. A ver… ¿21 de junio de 1996? ¿Cuántos años tendría Margaret entonces? ¿Diecisiete? Oh, no… espera.
-¿Qué?
-En esta partida pone: “Daniella Milner, sala 101. Bebé varón. 3.750 kg. Nacimiento a las 00.00 h”.
-Sí, ¿y?
-Que después, debajo, han escrito algo con rotulador- Sissie le mostró el cuaderno. Se leía en letra grande “DESAPARECIDO”.
Ambos tragaron amargo. Siguieron mirando en la carpeta. Había varios recortes de periódicos, en los que se leían los siguientes titulares: “El famoso político M. Greyback desaparece sin dejar rastro.” “Se encuentran un bebé de apenas días en mitad del campo, sin identificación” “Desaparecen los padres de una bebé recién nacida en el mismo hospital. La policía no logra dar con ellos”
-¿Qué crees que significa esto? ¿Qué nuestra apacible bibliotecaria es una asesina en serie o algo?
-No seas paranoico. Tal vez… Sólo investigue qué relación tienen todos estos casos, por diversión.
-Sí, venga, y tú no seas inocente. ¿Entonces para qué lleva una pinza con las que se agarra el cordón umbilical colgada del llavero?
-¿De qué hablas?
Keegan le mostró un llavero que había guardado también en el cajón. En efecto, se distinguía colgada una pinza verde botella, de las que usan los médicos para agarrar la tripa de los bebés una vez les cortan el cordón umbilical.
-Lo mismo Margaret es madre. Y tal vez fuese su compañera de habitación a la que le desapareció el niño. Mira, debajo de tu brazo hay una foto.
Keegan levantó el brazó y tomó un pedazo de papel muy poco nítido. Sin embargo, se diferenciaba bastante bien las facciones de un bebé, de apenas dos años, rubio y con los ojos marrones. En la esquina izquierda, escrito con bolígrafo, ponía J.D.
-Qué bebé más bonito. Además, mira, se parece a Margaret.
-Sí, le da un aire.
-¿Ves como no había nada extraño en ello? Seguramente la historia de los bebés desaparecidos la presenciaría Margaret, o quizás conoció a uno de los bebés cuando llegó al orfanato donde ella trabajaba de joven o… ¡Quién sabe!
Ambos se relajaron un poco, aunque siempre se les quedaría la espinita clavada de qué significaba aquella carpeta.
No sabían el misterio y la historia que de verdad envergaban esos recortes.

                                          *’Brotherhood’, el nombre del Internado, significa ‘Hermandad’ en español.


































lunes, 5 de noviembre de 2012

El arte de no-escribir.

Bueno, primero debería aclarar que el título no es de mi cosecha (ojalá fuese tan original), sino que es el nombre del Tumblr de mi admirada Veronica Roth, autora de la saga Divergente para más señas.
Después de esto, bueno, diréis, ¿qué sentido tiene esta entrada? Pues la verdad, ninguno.
Simplemente me sentía mal por no publicar nada, pero aún no he escrito nada. Exámenes, trabajos, exámenes... Y bueno, también necesito un poco de tiempo para mí jaja. Pero tranquilos: el capítulo está escrito en mi cabeza, sólo falta que lo esté también en el documento de Word.
En fin, que mientras consigo el tiempo necesario para redactar ese superhipermegaincreíblemaravilloso capítulo (Nah, era coña) he pensado contaros una tontería: lo que hago cuando no sé qué escribir.
Pues bien, parecerá una tontería, pero para empezar yo soy feliz escribiendo si llevo puesta una sudadera, unas botas de andar por casa y un moño bien alto, al más puro estilo Gandhía Shore. Y helado, chocolate, o cualquier cosa que se pegue bien al riñón; mi cabeza no funciona sin que mi estómago esté bien llenito.
Peeeeeeeeeero realmente esto no es curioso, lo que me inspira, y me ayuda a escribir es... LA MÚSICA.
SÍ, SEÑORES, LA MÚSICA. Cuando no se me ocurre qué escribir (lo cual es el 99.99999999% de las veces que me siento frente al ordenador) abro YouTube o enchufo mis auriculares al móvil y me lío a reproducir canciones como si no existiera mañana. Y sí, son siempre las mismas. Tienen un no sé qué... Quizás el estilo, quizás el cantante, quizás la letra y el significado, o quizás todo junto que me devuelven la inspiración. El otro día, pensando y pensando, se me ocurrió que todas esas canciones podrían ser como la Banda Sonora de "Hijos de Agua y Fuego". ¿Molaría, no? Nooooo hombre jaja, pero total, que he decidido conseguir poner eso que hacen los bloggers inteligentes, como un reproductor de música en el blog. Hasta que descubra cómo se hace eso, os dejo aquí mi lista de reproducción y espero que la disfrutéis:
'Kiss me', The Fray
Ésta sería la "canción oficial". En mi cabeza se repite constantemente una escena en la que Jay canta solo esta canción, compuesta para Kathleen, y ella lo está escuchando, entonces al final se une a él y cantan juntos. OOOOOOOOOOOH, SO LOVELY (bueno, y ya está que me enciendo como una hoguera con los temas románticos).
'Come in with the Rain', Taylor Swift
Algo relajado y romántico. Lo siento, pero es Taylor Swift.
'Two is better than One', Boys Like Girls ft. Taylor Swift
Otra canción que me gusta para definir la relación de Jay y Kath.
'Perfect', P!nk (cover de Glee)
Una canción para definir a Abby.
'What Makes you Beautiful', One Direction (Cover de Boyce Avenue)
Sólo una cosa: HERMOSO.
'Over My Head (Cable Car)', The Fray
Con esta canción es con la que más capítulos he escrito, así que había que incluirla.
'How To Save A Life', The Fray
Sí, lo averiguasteis, me encanta The Fray.
'Rubik's Cube', Athlete
Una hermosa canción, oídla.
'My Inmortal', Evanescence
Lloraaaaaaaaaad.
'War', Poets of the Fall
Temazo, al menos para mí.

Y hay mucho más, pero por ahora conformaos con eso.
¿Os gustó? Espero que sí. Sed buenos, pronto tendréis capítulo 12 :)
Un besazo enorme para todos(K)

martes, 16 de octubre de 2012

Capítulo 11: La otra cara del espejo.

Gud nait, ja guar yu tudei? (Nota: se me suele dar bien el inglés xD) ¿Cómo están mis corazoooooones? He tardao' un poquitín en subir, vale, lo sé, pero teniendo en cuenta que la última vez tardé un mes y medio no está tan mal xD. Espero que lo disfrutéis mucho, ha sido un capítulo muy difícil de escribir porque tengo muchísimas ideas, pero no las puedo contar todas de golpe y tengo que ir metiendo cosas poco a poco. Creo que os va a gustar, en mi opinión es de lo mejor que he escrito hasta ahora, en especial por una escena que ha sido muy difícil pero interesante de crear. Esta escena también me ha servido como inspiración para una nueva idea para el próximo capítulo, que será bastante diferente de lo que he escrito hasta ahora (tranquilos, en la siguiente ronda os cuento detalladisísimamente) :) Por cierto,quería comentar, la fotografía de este capítulo es importante (o al menos lo era), puesto que la buhardilla de la biblioteca será un sitio clave de la historia. Ahora, tengo el problema de que se suponía que el sitio tenía que ser mágico, puesto que tengo una visión clarísima sobre el cuarto encantado que he descrito en este capítulo, y no es, ni mucho menos, como la fotografía. Digamos que el desván estaba así en tiempos de Gill y Cedric, y lo demás ya lo averiguareis vosotros... ^^ Un beso, disfrutad, sed felices y espero vuestras opiniones y críticas, cariños míos :)
El regreso al Internado se hizo interminable para Jay. Sólo duraba una media hora, pero fue el tiempo suficiente para que Abby le contara con pelos y señales su “cita” con Louis.
-Pues verás, estaba yo tan tranquila mirando a ver si encontraba el libro de Poe que andaba buscando, a esto que escucho unos pasos y me lo encuentro más feliz que unas castañuelas, con sonrisa bobalicona mirándome. Le digo, “¿qué quieres, pelo-pincho?”, y se me acerca, intentando movimientos sexys que no le salían. Cuando está a pocos metros de mí, empieza a decirme que le encanta mi pelo, le apasionan mis mechas- comenzó a acariciarse el cabello, que esta vez estaba teñido degradado, de forma que las puntas terminaban siendo en un color entre morado y rosa fluorescente-, así que me quedo preguntándome qué cojones quiere el feo éste. Y sigue hablando, y hablando, que si le molaba mi top negro, que si tenía unos ojos muy bonitos, que si... Hubo un momento en que dejé de escucharle, y decidí intentar escabullirme. Cuando estaba a unos pasos de la escalera, me agarró por la cintura y me dio la vuelta. ¡Adivina lo que hizo!
-¿Qué hizo?- la voz de Jay sonaba entre aburrida y exasperada.
-¡Me besó!- Jay la sorprendió con cara de incredulidad. No por lo que Abby hubiese querido imaginarse, sino porque nunca pensó hasta dónde sería capaz de llegar su amigo con tal de conseguir una sudadera- Sí, como te cuento. Fue asqueroso, ag, aún siento su saliva calenturienta y sus labios viscosos mezclados con los míos- puso cara de fatiga, y continuó con su relato- ¡y lo peor es que no me soltaba! No puedes imaginarte la fuerza que tiene el chaval. Me había agarrado de la cintura y por más que intentaba zafarme, seguía con su lengua metida hasta mi esófago.
Jay hubiese preferido no escuchar tantos detalles.
No muy lejos de allí, Kath estaba sentada junto a Sissie, mirando cómo su estúpida compañera de cuarto se lamentaba porque Louis la hubiera besado.
-Pobre idiota. Louis es demasiado para ella- masculló.
-Bueno, Kathy, Louis tampoco es demasiado freak para Abby, ya sabes.
-Sí, quizás uno con el pelo morado le parecería más guapo que un chico castaño, atlético y de ojos melosos- comentó Vanessa, que estaba sentada en la parte de atrás.
Ni Kath ni Sissie dijeron nada al respecto, pero se notaba la leve “inclinación” de su amiga por Louis.
Más atrás, Abby seguía con su relato:
-Después de cinco minutos metiéndome boca, conseguí quitármelo de encima. Si no llega a ser porque aún estaba agotaba del trabajo de librarme de él, te juro que lo hubiese ahogado con su propia y asquerosa lengua. Le espeté que qué estaba haciendo, y todos los tacos que recoge el diccionario, y cuando salí a correr hacia las escaleras volvió a agarrarme. Me puso contra una pared, agarró mi mano y... trató... de acercármela a su... cosa. ¿Te puedes creer?
Jay trató de reprimir la risa. Desde luego, tendría que regalarle el estadio del Manchester United a su compañero; porque, lo que es distraer a Abby, se lo había currado.
-¿Qué hiciste?- preguntó, para disimular un poco.
-Le escupí en la cara y aproveché mientras se restregaba la saliva de los ojos para salir corriendo. ¡Qué se habrá pensado el niñato ése que soy yo, vamos! ¿Me ha visto chica fácil puesto en algún lado?- gritó. Y, de pronto, como si tuviese un botón de “Apagado-Encendido”, cambió a la Abby cabreada por una Abby mucho más dulce- Además, yo sólo le dejo a alguien que me haga esas cosas- paseó sus dedos por la oreja de Jay, mientras miraba de reojo hacia el asiento de Kathleen y Sissie.
Se acercó sigilosamente a Jay y lo besó. Dio la casualidad de que en ese momento Kathleen había acertado a mirar hacia atrás. Al ver aquella escena, sintió como si miles de cuchillos se clavaran en su estómago, y se volvió, con las lágrimas aflorando.
-Jay se la ha quitado de encima ya- le dijo Vanessa, en tono de concilia.
Le daba igual que se la hubiese quitado de encima, no podía soportar aquellas escenas, cada vez menos. No sabía si era bueno, pero Jay estaba creciendo a paso agigantado dentro de ella.
-o-
La mañana de domingo había amanecido extraña. Hacía un calor bochornoso, para ser principios de octubre, y sin embargo, la humedad impregnaba el ambiente.
Sólo Kathleen y Jay sabían que aquello se debía a cuenta suya, que sus sentimientos ya estaban jugando a su antojo con el tiempo. Bueno, quizás alguien más acertara a decir que la situación atmosférica corría a cuenta de los chicos, pero ellos ignoraban esto por completo.
Kathleen deambulaba por los pasillos. Eran las diez de la mañana, pero se estaba ahogando de calor en la habitación. No entendía cómo sus compañeras podían seguir durmiendo con la manta hasta el cuello.
Se preguntaba qué hacer, cuando se le encendió una bombilla.
Alguna vez había escuchado decir a Keegan que en el desván de la biblioteca había muchos anuarios y artículos de periódicos antiguos relacionados con el Internado, además de un libro, “Secretos y Leyendas del Brotherhood”, en el que se recogían todas las historias que se decían sobre el Internado. No le extrañaría un pelo que ese libro existiera, y que su director lo hubiese escondido allá arriba, para evitar la posibilidad de que alguien más lo leyera.
Así es que se encontró en la puerta de la biblioteca. ¿Entraba o no entraba? Seguramente, Margaret ya habría llegado. Desde la gran reprimenda de Ida, solía estar en su puesto desde el ser del día hasta las tantas de la noche, domingos incluidos. Y, despistar a Margaret era más difícil. Estuvo pensando en llamar a Louis, aunque, seguramente, la bibliotecaria fuese más difícil de entretener.
-Sh, sh- la sobresaltó un murmullo a su derecha. Se giró bruscamente, y oyó cómo la llamaban detrás de la columna- Kathleen, aquí.
Se acercó, y cual no fue su sorpresa al descubrir a Jay en pantuflas y pijama allí escondido.
-¿Qué haces?- le espetó, con no demasiada delicadeza.
-Estaba en el servicio cuando oí pasos. Me asomé y te vi bajando las escaleras como un zombie. Decidí seguirte.
-Ah, claro, y éste es tu esmoquin, ¿no, James Bond?
Jay la miró, ruborizado, al tiempo que se cubría con los brazos la blusa de cochecitos que llevaba puesta.
-No estamos hablando de eso. ¿Qué querías buscar en la biblioteca?
-No sé, ¿por qué no vas mejor y se lo preguntas a tu amiguita Abby, que tan bien te conoce?
-Kath, no seas infantil. Ya no sé cómo explicarte que Abby se me echa encima sola. Además, también te he dicho mil veces que a mí me gusta otra persona.
-Sí, pero nunca terminas de decirme quién es...- cuando Jay empezó a balbucear algo, tuvo que cortarlo- ¿Ya estás nervioso otra vez, no? ¡Qué asfixia!
-Ya... En fin... ¿Qué es lo que quieres?
-Subir al desván. No sé, quizás en la buhardilla haya algún dato sobre Gill y Cedric que pueda ayudarnos.
-Vale, ¿entramos?
-¿Y Margaret qué, eh?
-La última vez que distrajimos a Margaret casi pierde su trabajo. Y cuando entré sin que estuviese ella, me faltó nada para matar a Callum. Así que, habrá que intentar que nos deje subir.
Era lo mejor que se le había ocurrido hasta ahora, así que a Kath no le quedó otra que seguir a Jay al interior.
La biblioteca estaba mortalmente silenciosa. Se podía oír hasta el aleteo de una mosca.
Margaret estaba sentada tras su escritorio, con la mirada sumida entre las páginas de un libro.
Se acercaron a su mesa, y la bibliotecaria alzó la vista, mirándoles cándidamente. Había cambiado la montura de sus gafas, seguían siendo grandes, pero ahora eran azul cielo. Con ese color, sus profundos ojos avellana destacaban más de lo habitual. También llevaba el pelo recogido en una coleta muy alta. Estaba guapa, sus facciones se veían más claras. Y, ahora que se había desprendido de las greñas sobre la cara y las gafas antiguas, había algo preocupante en su rostro: era exactamente igual que alguien. No sabían quién, pero los dos habrían acertado a decir que aquel rostro lo habían visto anteriormente en alguna parte. ¿Sería posible?
-¿Qué queréis, cielos?- Margaret era tan dulce y educada como aparentaba su sereno rostro.
-Bueno, verás, Margaret...- comenzó Jay. Los sorprendió un ligero cortocircuito.
-Queríamos subir al desván- lo cortó Kathleen cuando la luz volvió en sí.
-¿Ah, sí? ¿Y eso, bonitos?- Margaret empezó a interesarse en la conversación
-Nada, queríamos buscar una cosa para un trabajo- Jay se sorprendió con la frialdad y facilidad que tenía para mentir.
-Claro que sí. Tomad las llaves- les ofreció un llavero.
-Pero, Margaret... El director...
-Tranquila, guapa, éste será nuestro secreto- les guiñó un ojo- Da igual lo que diga el director, algún día tendréis que descubrir la verdad. Venga, corred a por ello.
-¿Qué bicho le ha picado a está?- susurró Jay, al tiempo que terminaba de forcejear con la cerradura- Sube.
Se introdujeron en el pasadizo, y subieron por las escaleras.
La escalinata tenía forma de caracol, y estaba hecha con piedra caliza grisácea, fría y algo arañada ya.
Al llegar a la parte de arriba, se quedaron boquiabiertos: la estancia era muy grande, aunque con techo abuhardillado, cubierta con parqué de madera. Había un gran ventanal hecho de vidriera en la pared derecha, lo cual le confería distintas luces a la habitación. En la pared del fondo empezaba una gran estantería, que se corría hasta la mitad de la pared izquierda, y estaba cubierta de libros y cientos de armatostes, como cartas esféricas, globos terrestres o brújulas. En el pedazo de pared que quedaba libre, había un escritorio y un alargado espejo. El resto de sala lo completaban diferentes baúles o elementos sueltos desperdigados por el suelo.
-Dios mío- acertó a articular Kathleen- es la habitación más bonita que he visto nunca. Es como...
-¿Mágica?
-Sí, eso. Me resulta muy familiar...- musitó Kathleen suavemente- ¿Ja-Jay?
Jay ya no estaba. Su mente vagaba a través de uno de sus múltiples recuerdos:
Era el mismo desván, pero la frialdad del ambiente era palpable. La luz entraba fina e insegura por la vidriera, aunque debía ser de noche, puesto que la estancia tenía un tenue halo mortecino. En mitad del lugar, había una silla alta y aparentemente incómoda. Sentada en la silla estaba una alta muchacha. La tenían amarrada a la silla con una correa, y le habían metido un pañuelo en la boca. Las lágrimas surcaban su rostro, teñido de pánico. Uno de sus preciosos ojos verdes estaba morado, su larga trenza completamente deshecha, y la sangre le goteaba por la pierna hacia abajo
Adelante”, tronó una fuerte voz masculina, que a Jay le era ligeramente conocido.
Desde la sombra se fue perfilando una silueta, que no tardó en estar delante de la chica. En el recuerdo no se lograba ver su cara, pero parecía una mujer delgaducha y muy, muy baja, aunque su agresividad era la de un tigre. Elevó una jeringuilla y se fue acercando extrañamente tranquila hacia la chica, cuyo rostro se iba tornando cada vez más asustado.
Cuando casi tenía la jeringa introducida en su brazo, una voz acompañada de un empujón la sorprendió. “¡Noooooo! ¡Gill! ¡A ella no, por favor! Sácame toda la sangre que quieras a mí, como si quieres matarme, pero a ella no, por favor”, suplicó el chico que ahora estaba sobre Gill, Cedric se suponía. Si Gill estaba demacrada, Cedric era un muerto viviente. Su cara estaba llena de cortes y moratones, la sangre le manaba del labio hinchado y la camisa rasgada, que dejaba entrever sus múltiples heridas; por no hablar de su leve cojera. Tenía las manos esposadas a la espalda, pero eso no le impedía apoyar su frente sobre el hombro de su chica. “Estate quieto”, volvió a bufar la voz masculina.
Finalmente, una sombra apareció paseándose como desde dentro del espejo hacia afuera, Jay imaginaba que se estaba reflejando desde la parte de enfrente del espejo pero, de repente, una mano retiró el cristal y una gran y oscura persona se apareció desde la otra cara del espejo.
El recuerdo cesó. Una espesa lágrima rodó por la mejilla de Jay, la cual le nubló la vista por unos segundos. La recobró al tiempo que oía a su rubia compañera llamarle.
-¿Qué te ocurre, rubiales?
-El... espejo... Se abrió.
-¿Qué? ¿Cómo se va a abrir un espejo, Jay? ¿Qué clase de visión has tenido?
-La más horrible de mi vida- cerró y abrió rápidamente los ojos, y se dio la vuelta hacia el espejo. Posó sus dedos sobre el cristal- Gill y Cedric estaban aquí, y los estaban torturando. Y él también estaba aquí.
-¿Quién es él, Jay?
Kathleen se estaba empezando a preocupar. Veía sombras y oía pasos por todas partes; pero lo que más mal la ponía, era la expresión de dolor de su compañero. Si la hubieran dejado, lo abría abrazado diciéndole que todo saldría bien. Claro, que eso también se lo habían quitado.
-¿Jay?- volvió a preguntar.
-Él era aquel del que nos advirtieron, el que quería muertos a Gill y Cedric; el que nos quiere muertos a nosotros. Bueno... muertos no. Quiere algo nuestro, lo mismo que les estaba intentando arrebatar a ellos. Déjate de buscar fantasmas, Kathleen Gray, lo primero que tenemos que averiguar es qué es lo que tenemos de especial, qué es lo que somos en realidad.