domingo, 11 de noviembre de 2012

Capítulo 12: Preguntas sin respuestas.

TATACHÁAAAAAAAAAAAAAAAN. Y aquí estamos, de vuelta. Por si el domingo se os presentaba aburridillo, aquí me tenéis a mí para entreteneros (bueno, quizás no, no sé...) En fin, os tengo que decir un par de cosas: es un capítulo rarou rarou. No sé, pero siento que tenía que escribirlo así, dándole ese toque de misterio, y dejando tantas preguntas abiertas que, claro está, se irán resolviendo en los siguientes capítulos. Otra cosa, ¿habéis visto mi nueva pestaña, 'Sinopsis'? Espero que os guste. Poco a poco iré añadiendo más cosas. Y, por último este capítulo también es un poco cursi, se siente. Bueno, en parte sentía que debía dedicarle un poquitititito a la pareja de Keegan y Sissie, que me encanta y nunca les doy ni una goterita de protagonismo, jopé; la pareja de Kath y Jay, en fin... Son los protagonistas. Y, la primera parte del capítulo, que es como un flashback, desde el punto de vista de Cedric, simplemente, creo que sería bueno escribir de vez en cuando partes de esta historia y, para ello, quiénes mejor para contarla que los propios protagonistas. Quizás sea muy romanticón, pero quería simbolizar el hecho de que su relación se basa en el amor más puro, amor por encima de todas las cosas. Ah, y avisaros que de vez en cuando, a partir de ahora, iré entremetiendo ciertos flashbacks como éste, a veces contados por Gill, a veces contados por Cedric. Y, ya está que me enrollo más que unas persianas indias, que disfrutadlo muchito (como diría Soraya de Aída, jaja, ¿no veis esa serie?) UN BESAZO A TODOS.
“La noche vuelve a estar oscura y lluviosa, otra vez. Las gotas golpean arrítmicamente la fachada, y el sonido de los truenos se confunde con los latidos de mi corazón. ¿Enserio son latidos? Ya no sé siquiera si la sangre me bombea, si es que queda alguna circulando por mi cuerpo. Mis pensamientos, mi aliento, incluso mi cuerpo se entremezclan y forman una amorfa sensación de vacío que me hace preguntarme si aún soy real o no. ¿Lo soy?
La respuesta afirmativa a mi pregunta está a mi derecha. Muevo ligeramente la cabeza y ahí está ella, tan plácida y hermosa como siempre. Tiene su cabeza apoyada sobre mi muslo. Le acaricio el pelo, suavemente. Varios mechones se quedan en mi mano con este simple gesto. Dios mío, esto no puede seguir así.
No me explico cómo Gill puede dormir. Yo no tengo fuerzas para dar un paso, pero no soy capaz de cerrar un ojo. Podrían asaltarnos, aunque lo que me quita el sueño es esta sensación de hambre en el estómago, que se corre por todo mi cuerpo. Ya son cinco días con sus cinco noches los que llevamos sin comer. Aunque aquí encerrados, ya van como dos semanas.
Creo que si pasa otra más, probablemente ya no lo contemos. Mi cara es un poema entre cortes por la frente, labio roto y ojos y nariz amoratados. Mi camisa, hecha jirones, deja entrever las múltiples cicatrices que me produjeron los últimos “experimentos” y sus respectivos enfrentamientos. Mi rodilla aún sangra, y sigo sin saber si el hueso está roto o no, pero me es imposible caminar. Tengo los dedos contraídos y ya no recuerdo lo que era no sentir dolor.
Gill tampoco es que esté mejor. Mi único logro es que he conseguido que a ella la maltraten menos, pero la sangre se la han extraído del mismo modo. Entre las extracciones de sangre y los ayunos, ha perdido más de tres kilos; puedo contarle todas las costillas sin ningún problema. Las piernas le flaquean, y los brazos le tiemblan. Las ojeras le ocupan media cara. Sin olvidarnos, claro, de la tremenda herida que tiene en la boca del estómago. Sin embargo, sigue siendo tan bellísima como siempre. Hasta con una camisa vieja y sucia, enferma, y dormida, me sigue resultando la mujer más bonita que existe.
Tenerla aquí al lado mío es lo único que me sigue concediendo un mínimo atisbo de esperanza. Se la ve tan inocente, tan vulnerable, pequeña… Indefensa. No puedo rendirme ahora. Sé que lo hemos intentado y no ha funcionado, pero nosotros vamos a lograr salir de aquí, y vamos a ser felices. Ella lo merece.
Porque no sé cómo, pero ella es increíble. Me enamoró desde la primera vez que la ví, y ahora tan lívida y fría, no puedo evitar posar mis palmas sobre sus mejillas, y querer abrazarla, besarla, amarla. Es ella y no es nadie más. Es mi principio y mi fin. Mi sonrisa. Mi amor.
Abre los ojos. Profundos, verdes y sinceros. La primera cosa que me enamoró de ella.
‘Cedric’, susurra, y una diminuta sonrisa se perfila sobre su lívido rostro.
‘Mi amor, no hables, descansa’, le digo, rozándole los labios con mis dedos.
Ella acerca su cara a la mía y me besa. ‘Estoy bien, sólo un poco… asustada’
‘¿Por qué te asustas?’
‘No sé… ¿Y si, y si nunca salimos de aquí?’ se sorbió los mocos.
‘No te preocupes, saldremos de aquí sea como sea. Lo sé. Tengo un buen presentimiento’. Porque lo cierto es que lo tengo.

Entonces, se abre la puerta y Ella aparece.”

                                                                                           Cedric, 25 de febrero de 1982

-Sigo sin entender cómo va a salir una persona de un espejo- comentó Kathleen mientras ambos inspeccionaban el espejo de la pared.
-¿Y crees que yo lo sé? Yo sólo… lo recordé.
-¿Nunca te has preguntado por qué recordamos o vemos cosas que no nos han pasado a nosotros?
Kath comenzó a pasearse por la habitación. Se acercó a la estantería y leyó los tomos en voz alta.
-Anuarios. Curso 1981-1982. Eh, mira, quizás esto pueda ayudarnos.
-No sabía yo que un anuario nos dijera por qué tenemos visiones, Kath.
Kathleen extrajo el tomo.
-No seas idiota, rubiales. Si Gill y Cedric desaparecieron hace treinta años, desaparecieron en el año ochenta y dos, por lo tanto, su foto podría salir aquí. Eso nos ayudaría a saber a ciencia cierta si los chicos de nuestras visiones son o no Gill y Cedric. Eso demostraría que hay un vínculo entre nosotros.
-No es un gran paso.
-Por lo menos es algo. Ya que hemos subido hasta aquí… Si no, a ver, te dejo feliz probando a decir “Ábrete Sésamo” con el espejo.
Jay resopló y se acercó a ella, aunque siempre lo suficientemente lejos como para tocarla.
-A ver… Nada, nada, nada… ¡Eh! Ah, no, ése es Gilberto. Mmmm… ¿Podría ser ésta rubia? Ah, se llama Susan, descartada.
-Eh… Ojos verdes
-¿Qué? ¿No ves que estoy buscando?
-Es que creo que te estás equivocando al buscar. Mira, estás mirando en las orlas de final de curso, y para entonces, Gill y Cedric habían desaparecido. Deberías buscar al principio, en las fotos de principio de curso.
-¿Sabes? Hay dos cosas que odio de ti. Una que tengas razón.
-¿Y la otra?- preguntó pícaro.
-Que… que…- el rubor empezó a aparecer en las mejillas de Kathy- que seas tan guapo.
-Oh, mira, ahí está.
-Sí, eso.
Ambos trataban de cambiar de tema. Y, entonces, encontraron lo que buscaban.
“Gill Freeman”, se leía debajo de la fotografía de una sonriente chica. Mejillas sonrosadas, labios carnosos, ojos verdes y llamativos, y una larga melena rubia la hacían bastante atractiva.
“Cedric Mitchell” era el pie de foto que acompañaba la imagen de un guapísimo joven de mirada azul, sonrisa perfecta y pelo rubio oscuro, casi castaño.
Sí, sin duda eran ellos. Ésas caras no se olvidaban con facilidad.
Entonces vieron otra cosa que era todavía más extraña.
                                                           --
-¿Adónde me llevas que necesitas que vaya con los ojos vendados?- rió Sissie, con un antifaz sobre los ojos, que iba de la mano de Keegan por los pasillos.
-Shhhhh, es una sorpresa- le dijo él, conduciéndola por una puerta.
-Ya puedes quitarte el antifaz- le dijo.
Sissie se destapó los ojos y ante ella apareció el jardín del Internado. Lo que había cambiado era un adorable picnic montado en el centro, con pasteles, zumos, tortas y demás dulces.
-Feliz aniversario, bonita mía- le dijo, y ella corrió a darle un beso.
Era su primer aniversario, y Keegan había elegido para celebrarlo el lugar donde se dieron su primer beso.
-¿Te he dicho alguna vez que eres el novio más adorable que hay?- le preguntó, risueña, Sissie, mientras corría sentarse.
-Ya he perdido la cuenta- le contestó él sentándose a su lado.
Comenzaron a comer y a reír mientras Keegan detallaba todas las peripecias que había montado para prepararlo.
Justo que su novia le iba a preguntar dónde había conseguido sus pasteles favoritos, que apareció la sombra de un enclenque muchacho.
-Eh… Keegan… Sissie…
-QUÉ QUIERES, CALLUM- por su tono y su mirada, si Callum no salía a correr es que era aún más tonto de lo que parecía.
-Pu-pu-pu-es estoooo qu-que la bibliotecaria os está bus-can-cando.
-Ah, no pasa nada, dile que vamos luego- Sissie sonaba más afable, aunque por dentro se muriera de ganas de estrangular a Callum.
-No, es que ha dicho que tenéis que ir, urgentemente, porque ES CUESTIÓN VITAL. SE TRATA DE JAY Y KATHLEEN. Y ya no me ha dicho más.
Callum, una vez recitado su discurso, puso pies en polvorosa y corrió como alma que lleva el diablo.
-No entiendo qué mosca le ha picado a esa pava.
-Tranquilo, cariño, mejor será que vayamos, y así terminamos pronto.
La pareja se predispuso a marcharse y, en menos de dos minutos, estaban en la biblioteca, delante de Margaret.
-Espero que tenga un buen motivo para obligarnos a venir aquí.
El tranquilo rostro de Margaret se veía aparentemente nervioso.
-Sí… Es sobre vuestros amigos, ya sabéis.
-¿Les ha pasado algo?- preguntó Sissie preocupada.
-Ah, no, tranquila, Cecilia, pero les pasará si no me ayudáis- su voz resultaba misteriosa, fría y calculadora, como si midiera cada palabra que pronunciaba- véreis- y bajó la voz- Jay y Kath tienen muchas cosas que averiguar.
-Ya… ¿y por qué no se las cuenta usted?
-Porque… porque yo no puedo- su voz resultaba ya poco más que un murmullo- porque a mí me vigilan, pero sobretodo, porque yo no sé toda la verdad. Yo sólo sé el final de la historia. El principio lo deben descubrir ellos, y muchas respuestas a ese pasado están en el desván del Internado.
-Y ellos están ahora mismo en el desván.
-Correcto, Keegan, pero los tengo que vigilar en cada momento. Si alguien descubre que están ahí, yo estaré despedida y ellos expulsados o… Algo peor. Y yo tengo que ir a recoger un lote de libros a la librería a la ciudad. Solamente puedo confiar en vosotros dos. Quedaos aquí, y en el momento en que escuchéis pasos, echad la llave. Si oís la voz del señor director o de la prefecta, no hagáis absolutamente ningún ruido. Nadie debe saber que estáis aquí. Podrían sospecharse. Confío en vosotros, tened en cuenta que esto es muy, muy importante.
Tras dejar la intriga en el aire, Margaret salió de la biblioteca, medio trotando, medio corriendo.
Sissie empezó a dar vueltas por la habitación, y a especular.
-¿Deberíamos avisarles de que estamos aquí? No, porque, ¿y si se están en plena acción? Ay, ¿te imaginas tesoro, que por fin se hayan declarado? Qué romántico…
Se puso a dar saltitos y vueltas sobre sí misma. Mientras, Keegan había ido a sentarse al escritorio de Margaret, y estaba husmeando entre sus papeles.
-Keegan- Sissie paró de girar y se acercó a la mesa- quita los pies de encima de la mesa y, ¡no metas tus narices donde nadie te ha llamado! Margaret nos ha encargado una cosa concreta, no te ha dado permiso para que te enteres de su vida privada.
-Margaret me estropea el aniversario que llevo un mes planeando y ahora no puedo ni siquiera leer los iconos que tiene en la pantalla del ordenador… parecía bastante enfadado- Bah, tampoco tiene nada interesante. Uhhhhh… tiene una carpeta que se llama “La Hermandad”. ¿Formará parte de alguna secta satánica?
-Cielo, “La Hermandad”* es el nombre del Internado. Seguramente será una carpeta con recibos bancarios, listas de libros, y varios documentos por el estilo.
-Ah, entonces, ¿por qué tiene contraseña?- Keegan parecía un detective en plena acción- Ah, mira, y aquí tiene una carpeta que se llama “Orfanato McNamee”. ¿Estará pensando adoptar un crío?
-Probablemente sea de cuando trabajaba como asistenta de comedor en un orfanato, cuando era adolescente. ¿No recuerdas que lo explicó un día, cuando vino la asistenta social aquella a darnos la charla sobre el abandono infantil?
-Estaba dormido.
-Bueno, pues deja ya de violar la intimidad de la bibliotecaria.
-Vaaaaaaale… ¡Pues le registro los cajones!- dio un brincó y se agachó.
-Keegan…
-¡Au!- aulló, al levantar la cabeza y golpeársela contra el escritorio- Mira. Tiene aquí una carpeta que se llama “J”. A ver… Oh…
-¿Qué sucede?- Sissie acercó la cabeza hacia los papeles.
-Eh, ¿no decías que no violáramos su intimidad?- tras ver la cara de Sissie, se arrepintió y le acercó la carpeta para que pudiera verla.
-Es la partida de nacimiento de un chico. No sabía que Margaret fuera madre.
-Quizás sea madre soltera. A ver… ¿21 de junio de 1996? ¿Cuántos años tendría Margaret entonces? ¿Diecisiete? Oh, no… espera.
-¿Qué?
-En esta partida pone: “Daniella Milner, sala 101. Bebé varón. 3.750 kg. Nacimiento a las 00.00 h”.
-Sí, ¿y?
-Que después, debajo, han escrito algo con rotulador- Sissie le mostró el cuaderno. Se leía en letra grande “DESAPARECIDO”.
Ambos tragaron amargo. Siguieron mirando en la carpeta. Había varios recortes de periódicos, en los que se leían los siguientes titulares: “El famoso político M. Greyback desaparece sin dejar rastro.” “Se encuentran un bebé de apenas días en mitad del campo, sin identificación” “Desaparecen los padres de una bebé recién nacida en el mismo hospital. La policía no logra dar con ellos”
-¿Qué crees que significa esto? ¿Qué nuestra apacible bibliotecaria es una asesina en serie o algo?
-No seas paranoico. Tal vez… Sólo investigue qué relación tienen todos estos casos, por diversión.
-Sí, venga, y tú no seas inocente. ¿Entonces para qué lleva una pinza con las que se agarra el cordón umbilical colgada del llavero?
-¿De qué hablas?
Keegan le mostró un llavero que había guardado también en el cajón. En efecto, se distinguía colgada una pinza verde botella, de las que usan los médicos para agarrar la tripa de los bebés una vez les cortan el cordón umbilical.
-Lo mismo Margaret es madre. Y tal vez fuese su compañera de habitación a la que le desapareció el niño. Mira, debajo de tu brazo hay una foto.
Keegan levantó el brazó y tomó un pedazo de papel muy poco nítido. Sin embargo, se diferenciaba bastante bien las facciones de un bebé, de apenas dos años, rubio y con los ojos marrones. En la esquina izquierda, escrito con bolígrafo, ponía J.D.
-Qué bebé más bonito. Además, mira, se parece a Margaret.
-Sí, le da un aire.
-¿Ves como no había nada extraño en ello? Seguramente la historia de los bebés desaparecidos la presenciaría Margaret, o quizás conoció a uno de los bebés cuando llegó al orfanato donde ella trabajaba de joven o… ¡Quién sabe!
Ambos se relajaron un poco, aunque siempre se les quedaría la espinita clavada de qué significaba aquella carpeta.
No sabían el misterio y la historia que de verdad envergaban esos recortes.

                                          *’Brotherhood’, el nombre del Internado, significa ‘Hermandad’ en español.


































lunes, 5 de noviembre de 2012

El arte de no-escribir.

Bueno, primero debería aclarar que el título no es de mi cosecha (ojalá fuese tan original), sino que es el nombre del Tumblr de mi admirada Veronica Roth, autora de la saga Divergente para más señas.
Después de esto, bueno, diréis, ¿qué sentido tiene esta entrada? Pues la verdad, ninguno.
Simplemente me sentía mal por no publicar nada, pero aún no he escrito nada. Exámenes, trabajos, exámenes... Y bueno, también necesito un poco de tiempo para mí jaja. Pero tranquilos: el capítulo está escrito en mi cabeza, sólo falta que lo esté también en el documento de Word.
En fin, que mientras consigo el tiempo necesario para redactar ese superhipermegaincreíblemaravilloso capítulo (Nah, era coña) he pensado contaros una tontería: lo que hago cuando no sé qué escribir.
Pues bien, parecerá una tontería, pero para empezar yo soy feliz escribiendo si llevo puesta una sudadera, unas botas de andar por casa y un moño bien alto, al más puro estilo Gandhía Shore. Y helado, chocolate, o cualquier cosa que se pegue bien al riñón; mi cabeza no funciona sin que mi estómago esté bien llenito.
Peeeeeeeeeero realmente esto no es curioso, lo que me inspira, y me ayuda a escribir es... LA MÚSICA.
SÍ, SEÑORES, LA MÚSICA. Cuando no se me ocurre qué escribir (lo cual es el 99.99999999% de las veces que me siento frente al ordenador) abro YouTube o enchufo mis auriculares al móvil y me lío a reproducir canciones como si no existiera mañana. Y sí, son siempre las mismas. Tienen un no sé qué... Quizás el estilo, quizás el cantante, quizás la letra y el significado, o quizás todo junto que me devuelven la inspiración. El otro día, pensando y pensando, se me ocurrió que todas esas canciones podrían ser como la Banda Sonora de "Hijos de Agua y Fuego". ¿Molaría, no? Nooooo hombre jaja, pero total, que he decidido conseguir poner eso que hacen los bloggers inteligentes, como un reproductor de música en el blog. Hasta que descubra cómo se hace eso, os dejo aquí mi lista de reproducción y espero que la disfrutéis:
'Kiss me', The Fray
Ésta sería la "canción oficial". En mi cabeza se repite constantemente una escena en la que Jay canta solo esta canción, compuesta para Kathleen, y ella lo está escuchando, entonces al final se une a él y cantan juntos. OOOOOOOOOOOH, SO LOVELY (bueno, y ya está que me enciendo como una hoguera con los temas románticos).
'Come in with the Rain', Taylor Swift
Algo relajado y romántico. Lo siento, pero es Taylor Swift.
'Two is better than One', Boys Like Girls ft. Taylor Swift
Otra canción que me gusta para definir la relación de Jay y Kath.
'Perfect', P!nk (cover de Glee)
Una canción para definir a Abby.
'What Makes you Beautiful', One Direction (Cover de Boyce Avenue)
Sólo una cosa: HERMOSO.
'Over My Head (Cable Car)', The Fray
Con esta canción es con la que más capítulos he escrito, así que había que incluirla.
'How To Save A Life', The Fray
Sí, lo averiguasteis, me encanta The Fray.
'Rubik's Cube', Athlete
Una hermosa canción, oídla.
'My Inmortal', Evanescence
Lloraaaaaaaaaad.
'War', Poets of the Fall
Temazo, al menos para mí.

Y hay mucho más, pero por ahora conformaos con eso.
¿Os gustó? Espero que sí. Sed buenos, pronto tendréis capítulo 12 :)
Un besazo enorme para todos(K)

martes, 16 de octubre de 2012

Capítulo 11: La otra cara del espejo.

Gud nait, ja guar yu tudei? (Nota: se me suele dar bien el inglés xD) ¿Cómo están mis corazoooooones? He tardao' un poquitín en subir, vale, lo sé, pero teniendo en cuenta que la última vez tardé un mes y medio no está tan mal xD. Espero que lo disfrutéis mucho, ha sido un capítulo muy difícil de escribir porque tengo muchísimas ideas, pero no las puedo contar todas de golpe y tengo que ir metiendo cosas poco a poco. Creo que os va a gustar, en mi opinión es de lo mejor que he escrito hasta ahora, en especial por una escena que ha sido muy difícil pero interesante de crear. Esta escena también me ha servido como inspiración para una nueva idea para el próximo capítulo, que será bastante diferente de lo que he escrito hasta ahora (tranquilos, en la siguiente ronda os cuento detalladisísimamente) :) Por cierto,quería comentar, la fotografía de este capítulo es importante (o al menos lo era), puesto que la buhardilla de la biblioteca será un sitio clave de la historia. Ahora, tengo el problema de que se suponía que el sitio tenía que ser mágico, puesto que tengo una visión clarísima sobre el cuarto encantado que he descrito en este capítulo, y no es, ni mucho menos, como la fotografía. Digamos que el desván estaba así en tiempos de Gill y Cedric, y lo demás ya lo averiguareis vosotros... ^^ Un beso, disfrutad, sed felices y espero vuestras opiniones y críticas, cariños míos :)
El regreso al Internado se hizo interminable para Jay. Sólo duraba una media hora, pero fue el tiempo suficiente para que Abby le contara con pelos y señales su “cita” con Louis.
-Pues verás, estaba yo tan tranquila mirando a ver si encontraba el libro de Poe que andaba buscando, a esto que escucho unos pasos y me lo encuentro más feliz que unas castañuelas, con sonrisa bobalicona mirándome. Le digo, “¿qué quieres, pelo-pincho?”, y se me acerca, intentando movimientos sexys que no le salían. Cuando está a pocos metros de mí, empieza a decirme que le encanta mi pelo, le apasionan mis mechas- comenzó a acariciarse el cabello, que esta vez estaba teñido degradado, de forma que las puntas terminaban siendo en un color entre morado y rosa fluorescente-, así que me quedo preguntándome qué cojones quiere el feo éste. Y sigue hablando, y hablando, que si le molaba mi top negro, que si tenía unos ojos muy bonitos, que si... Hubo un momento en que dejé de escucharle, y decidí intentar escabullirme. Cuando estaba a unos pasos de la escalera, me agarró por la cintura y me dio la vuelta. ¡Adivina lo que hizo!
-¿Qué hizo?- la voz de Jay sonaba entre aburrida y exasperada.
-¡Me besó!- Jay la sorprendió con cara de incredulidad. No por lo que Abby hubiese querido imaginarse, sino porque nunca pensó hasta dónde sería capaz de llegar su amigo con tal de conseguir una sudadera- Sí, como te cuento. Fue asqueroso, ag, aún siento su saliva calenturienta y sus labios viscosos mezclados con los míos- puso cara de fatiga, y continuó con su relato- ¡y lo peor es que no me soltaba! No puedes imaginarte la fuerza que tiene el chaval. Me había agarrado de la cintura y por más que intentaba zafarme, seguía con su lengua metida hasta mi esófago.
Jay hubiese preferido no escuchar tantos detalles.
No muy lejos de allí, Kath estaba sentada junto a Sissie, mirando cómo su estúpida compañera de cuarto se lamentaba porque Louis la hubiera besado.
-Pobre idiota. Louis es demasiado para ella- masculló.
-Bueno, Kathy, Louis tampoco es demasiado freak para Abby, ya sabes.
-Sí, quizás uno con el pelo morado le parecería más guapo que un chico castaño, atlético y de ojos melosos- comentó Vanessa, que estaba sentada en la parte de atrás.
Ni Kath ni Sissie dijeron nada al respecto, pero se notaba la leve “inclinación” de su amiga por Louis.
Más atrás, Abby seguía con su relato:
-Después de cinco minutos metiéndome boca, conseguí quitármelo de encima. Si no llega a ser porque aún estaba agotaba del trabajo de librarme de él, te juro que lo hubiese ahogado con su propia y asquerosa lengua. Le espeté que qué estaba haciendo, y todos los tacos que recoge el diccionario, y cuando salí a correr hacia las escaleras volvió a agarrarme. Me puso contra una pared, agarró mi mano y... trató... de acercármela a su... cosa. ¿Te puedes creer?
Jay trató de reprimir la risa. Desde luego, tendría que regalarle el estadio del Manchester United a su compañero; porque, lo que es distraer a Abby, se lo había currado.
-¿Qué hiciste?- preguntó, para disimular un poco.
-Le escupí en la cara y aproveché mientras se restregaba la saliva de los ojos para salir corriendo. ¡Qué se habrá pensado el niñato ése que soy yo, vamos! ¿Me ha visto chica fácil puesto en algún lado?- gritó. Y, de pronto, como si tuviese un botón de “Apagado-Encendido”, cambió a la Abby cabreada por una Abby mucho más dulce- Además, yo sólo le dejo a alguien que me haga esas cosas- paseó sus dedos por la oreja de Jay, mientras miraba de reojo hacia el asiento de Kathleen y Sissie.
Se acercó sigilosamente a Jay y lo besó. Dio la casualidad de que en ese momento Kathleen había acertado a mirar hacia atrás. Al ver aquella escena, sintió como si miles de cuchillos se clavaran en su estómago, y se volvió, con las lágrimas aflorando.
-Jay se la ha quitado de encima ya- le dijo Vanessa, en tono de concilia.
Le daba igual que se la hubiese quitado de encima, no podía soportar aquellas escenas, cada vez menos. No sabía si era bueno, pero Jay estaba creciendo a paso agigantado dentro de ella.
-o-
La mañana de domingo había amanecido extraña. Hacía un calor bochornoso, para ser principios de octubre, y sin embargo, la humedad impregnaba el ambiente.
Sólo Kathleen y Jay sabían que aquello se debía a cuenta suya, que sus sentimientos ya estaban jugando a su antojo con el tiempo. Bueno, quizás alguien más acertara a decir que la situación atmosférica corría a cuenta de los chicos, pero ellos ignoraban esto por completo.
Kathleen deambulaba por los pasillos. Eran las diez de la mañana, pero se estaba ahogando de calor en la habitación. No entendía cómo sus compañeras podían seguir durmiendo con la manta hasta el cuello.
Se preguntaba qué hacer, cuando se le encendió una bombilla.
Alguna vez había escuchado decir a Keegan que en el desván de la biblioteca había muchos anuarios y artículos de periódicos antiguos relacionados con el Internado, además de un libro, “Secretos y Leyendas del Brotherhood”, en el que se recogían todas las historias que se decían sobre el Internado. No le extrañaría un pelo que ese libro existiera, y que su director lo hubiese escondido allá arriba, para evitar la posibilidad de que alguien más lo leyera.
Así es que se encontró en la puerta de la biblioteca. ¿Entraba o no entraba? Seguramente, Margaret ya habría llegado. Desde la gran reprimenda de Ida, solía estar en su puesto desde el ser del día hasta las tantas de la noche, domingos incluidos. Y, despistar a Margaret era más difícil. Estuvo pensando en llamar a Louis, aunque, seguramente, la bibliotecaria fuese más difícil de entretener.
-Sh, sh- la sobresaltó un murmullo a su derecha. Se giró bruscamente, y oyó cómo la llamaban detrás de la columna- Kathleen, aquí.
Se acercó, y cual no fue su sorpresa al descubrir a Jay en pantuflas y pijama allí escondido.
-¿Qué haces?- le espetó, con no demasiada delicadeza.
-Estaba en el servicio cuando oí pasos. Me asomé y te vi bajando las escaleras como un zombie. Decidí seguirte.
-Ah, claro, y éste es tu esmoquin, ¿no, James Bond?
Jay la miró, ruborizado, al tiempo que se cubría con los brazos la blusa de cochecitos que llevaba puesta.
-No estamos hablando de eso. ¿Qué querías buscar en la biblioteca?
-No sé, ¿por qué no vas mejor y se lo preguntas a tu amiguita Abby, que tan bien te conoce?
-Kath, no seas infantil. Ya no sé cómo explicarte que Abby se me echa encima sola. Además, también te he dicho mil veces que a mí me gusta otra persona.
-Sí, pero nunca terminas de decirme quién es...- cuando Jay empezó a balbucear algo, tuvo que cortarlo- ¿Ya estás nervioso otra vez, no? ¡Qué asfixia!
-Ya... En fin... ¿Qué es lo que quieres?
-Subir al desván. No sé, quizás en la buhardilla haya algún dato sobre Gill y Cedric que pueda ayudarnos.
-Vale, ¿entramos?
-¿Y Margaret qué, eh?
-La última vez que distrajimos a Margaret casi pierde su trabajo. Y cuando entré sin que estuviese ella, me faltó nada para matar a Callum. Así que, habrá que intentar que nos deje subir.
Era lo mejor que se le había ocurrido hasta ahora, así que a Kath no le quedó otra que seguir a Jay al interior.
La biblioteca estaba mortalmente silenciosa. Se podía oír hasta el aleteo de una mosca.
Margaret estaba sentada tras su escritorio, con la mirada sumida entre las páginas de un libro.
Se acercaron a su mesa, y la bibliotecaria alzó la vista, mirándoles cándidamente. Había cambiado la montura de sus gafas, seguían siendo grandes, pero ahora eran azul cielo. Con ese color, sus profundos ojos avellana destacaban más de lo habitual. También llevaba el pelo recogido en una coleta muy alta. Estaba guapa, sus facciones se veían más claras. Y, ahora que se había desprendido de las greñas sobre la cara y las gafas antiguas, había algo preocupante en su rostro: era exactamente igual que alguien. No sabían quién, pero los dos habrían acertado a decir que aquel rostro lo habían visto anteriormente en alguna parte. ¿Sería posible?
-¿Qué queréis, cielos?- Margaret era tan dulce y educada como aparentaba su sereno rostro.
-Bueno, verás, Margaret...- comenzó Jay. Los sorprendió un ligero cortocircuito.
-Queríamos subir al desván- lo cortó Kathleen cuando la luz volvió en sí.
-¿Ah, sí? ¿Y eso, bonitos?- Margaret empezó a interesarse en la conversación
-Nada, queríamos buscar una cosa para un trabajo- Jay se sorprendió con la frialdad y facilidad que tenía para mentir.
-Claro que sí. Tomad las llaves- les ofreció un llavero.
-Pero, Margaret... El director...
-Tranquila, guapa, éste será nuestro secreto- les guiñó un ojo- Da igual lo que diga el director, algún día tendréis que descubrir la verdad. Venga, corred a por ello.
-¿Qué bicho le ha picado a está?- susurró Jay, al tiempo que terminaba de forcejear con la cerradura- Sube.
Se introdujeron en el pasadizo, y subieron por las escaleras.
La escalinata tenía forma de caracol, y estaba hecha con piedra caliza grisácea, fría y algo arañada ya.
Al llegar a la parte de arriba, se quedaron boquiabiertos: la estancia era muy grande, aunque con techo abuhardillado, cubierta con parqué de madera. Había un gran ventanal hecho de vidriera en la pared derecha, lo cual le confería distintas luces a la habitación. En la pared del fondo empezaba una gran estantería, que se corría hasta la mitad de la pared izquierda, y estaba cubierta de libros y cientos de armatostes, como cartas esféricas, globos terrestres o brújulas. En el pedazo de pared que quedaba libre, había un escritorio y un alargado espejo. El resto de sala lo completaban diferentes baúles o elementos sueltos desperdigados por el suelo.
-Dios mío- acertó a articular Kathleen- es la habitación más bonita que he visto nunca. Es como...
-¿Mágica?
-Sí, eso. Me resulta muy familiar...- musitó Kathleen suavemente- ¿Ja-Jay?
Jay ya no estaba. Su mente vagaba a través de uno de sus múltiples recuerdos:
Era el mismo desván, pero la frialdad del ambiente era palpable. La luz entraba fina e insegura por la vidriera, aunque debía ser de noche, puesto que la estancia tenía un tenue halo mortecino. En mitad del lugar, había una silla alta y aparentemente incómoda. Sentada en la silla estaba una alta muchacha. La tenían amarrada a la silla con una correa, y le habían metido un pañuelo en la boca. Las lágrimas surcaban su rostro, teñido de pánico. Uno de sus preciosos ojos verdes estaba morado, su larga trenza completamente deshecha, y la sangre le goteaba por la pierna hacia abajo
Adelante”, tronó una fuerte voz masculina, que a Jay le era ligeramente conocido.
Desde la sombra se fue perfilando una silueta, que no tardó en estar delante de la chica. En el recuerdo no se lograba ver su cara, pero parecía una mujer delgaducha y muy, muy baja, aunque su agresividad era la de un tigre. Elevó una jeringuilla y se fue acercando extrañamente tranquila hacia la chica, cuyo rostro se iba tornando cada vez más asustado.
Cuando casi tenía la jeringa introducida en su brazo, una voz acompañada de un empujón la sorprendió. “¡Noooooo! ¡Gill! ¡A ella no, por favor! Sácame toda la sangre que quieras a mí, como si quieres matarme, pero a ella no, por favor”, suplicó el chico que ahora estaba sobre Gill, Cedric se suponía. Si Gill estaba demacrada, Cedric era un muerto viviente. Su cara estaba llena de cortes y moratones, la sangre le manaba del labio hinchado y la camisa rasgada, que dejaba entrever sus múltiples heridas; por no hablar de su leve cojera. Tenía las manos esposadas a la espalda, pero eso no le impedía apoyar su frente sobre el hombro de su chica. “Estate quieto”, volvió a bufar la voz masculina.
Finalmente, una sombra apareció paseándose como desde dentro del espejo hacia afuera, Jay imaginaba que se estaba reflejando desde la parte de enfrente del espejo pero, de repente, una mano retiró el cristal y una gran y oscura persona se apareció desde la otra cara del espejo.
El recuerdo cesó. Una espesa lágrima rodó por la mejilla de Jay, la cual le nubló la vista por unos segundos. La recobró al tiempo que oía a su rubia compañera llamarle.
-¿Qué te ocurre, rubiales?
-El... espejo... Se abrió.
-¿Qué? ¿Cómo se va a abrir un espejo, Jay? ¿Qué clase de visión has tenido?
-La más horrible de mi vida- cerró y abrió rápidamente los ojos, y se dio la vuelta hacia el espejo. Posó sus dedos sobre el cristal- Gill y Cedric estaban aquí, y los estaban torturando. Y él también estaba aquí.
-¿Quién es él, Jay?
Kathleen se estaba empezando a preocupar. Veía sombras y oía pasos por todas partes; pero lo que más mal la ponía, era la expresión de dolor de su compañero. Si la hubieran dejado, lo abría abrazado diciéndole que todo saldría bien. Claro, que eso también se lo habían quitado.
-¿Jay?- volvió a preguntar.
-Él era aquel del que nos advirtieron, el que quería muertos a Gill y Cedric; el que nos quiere muertos a nosotros. Bueno... muertos no. Quiere algo nuestro, lo mismo que les estaba intentando arrebatar a ellos. Déjate de buscar fantasmas, Kathleen Gray, lo primero que tenemos que averiguar es qué es lo que tenemos de especial, qué es lo que somos en realidad.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Capítulo 10: La caída de los gigantes.

Después de todo un verano, regresé.

Buenas nocheeeeeeeeeeeees. ¡CHANCHANCHÁN! Yo soy como las series de televisión, vuelvo en septiembre jajaja. Bueno, ya había explicado anteriormente el motivo de mi ausencia, que resume básicamente en que no he tenido ni el tiempo ni la idea para escribir el capítulo que yo hubiese querido. Quería hacer algo un poco más... especial y... NO LO HE CONSEGUIDO. Es más largo, con diferencia, y creo que os dejará un poco intrigados a ver... Prometo ponerme las pilas y publicar pronto, aunque (lo aviso) soy muy muy empollona, quiero decir que una vez empieza el curso apenas me da tiempo a mirarme la nariz. Sin embargo, por vosotros lo intentaré jajaja. Por cierto, hago un poco de publicidad para mi gran amiga y mi fan número uno, Carol, que ha abierto un blog nuevo súper interesante y os animo a todos a ver. Aparece a la dcha. en mi lista de blogs imperdibles. Se llama Bethkatil. VISITADDDDDLO JIJI.
Bueno, sin más, espero que mi regreso sea merecido, que lo disfrutéis mucho mucho y pronto tendréis a Jay y Kathleen en directo con varias pequeñas-grandes sorpresas
UN BESAZOOOOOOOOOOOO<3
El despacho de Warwick Plassmeyer era tan inquietante y misterioso como el director en general. Las paredes tenían un color anaranjado algo grisáceo. No era un tono limpio, al igual que la persona a la que le gustaban aquellos colores. Quizás con los muebles y objetos decorativos adecuados el color de la pared habría pasado más desapercibido, pero, por el contrario, el resto de la decoración era aún más curiosa: la habitación estaba enriquecida por una serie de muebles de caoba, de seguro carísimos, negros como el carbón y de formas asimétricas. Sí, es cierto que las cinco estanterías que formaban el conjunto estaban cubiertas de libros sobre psicopedagogía, logopedia, y acoso escolar; pero los cuadros de las paredes eran góticas imágenes de animales degollados, cuervos negros, sombras y sangre. Sobre la mesa había una larga lista de libros de terror gótico, apilados, y, en la única zona libre que quedaba en la pared, estaban colgados el cuerno de un elefante, un gato montés disecado y una cabeza de búfalo. Debajo se podía ver al director con su rifle de caza.
-Me gusta cazar en mis ratos libres, ¿a usted no, Gray?
-No… No mucho señor director.
-A mí tampoco me gusta mucho que desobedezcan mis órdenes- se podía percibir el enfado en su voz- Vamos a ver, Gray, Dennison, ¿yo qué les dije?
-Que no podíamos ser amigos, señor director- respondió Jay titubeante.
-Pues, entonces, ¿me explican qué hacían los dos de escapadita romántica a horas inoportunas? ¡No me digan que, ya me han desobedecido del todo y se han tocado!
-No… Don Plassmeyer… Sí le hicimos caso…
-A medias. Sí, la orden más importante la cumplieron, pero ¿no comprenden que si son amigos y pasan tiempo juntos corren el peligro de rozarse?
-Es que no somos amigos. Sólo que ambos paseábamos y nos encontramos. Hemos venido andando juntos como veinte metros.
Jay miró con tristeza a Kathleen. Esperaba que aquel comentario fuera fruto únicamente de la mentira.
-Les creeré, pero les juro que como los vuelva a ver juntos, los echo a patadas a sus casas. ¡No entienden el peligro que corren con lo que están haciendo!- pegó un golpe en la mesa y se levantó- Gray, Dennison, pueden irse.
Ambos salieron un poco cabizbajos y se marcharon de vuelta a sus dormitorios. Como el dormitorio de Jay estaba en el pasillo paralelo al de Kath, tuvieron que subir por la misma escalera.
-Kath… Esto…
-Shhh- e hizo el típico gesto de llevarse el dedo índice sobre los labios- Mañana es sábado, así que iremos a la ciudad. Allí hablaremos.
-Pero allí estará Abby… O Callum… O quién sabe…
-Ya encontraré yo la forma de distraerlos. Ahora, vete.
                                                                      --
-Podrías venirte a mi casa este fin de semana, ya lo sabes. No hace falta que te quedes aquí- le dijo Keegan a Sissie, acariciándole el pelo con suavidad.
-No me gusta la idea de dormir en la misma casa que tú, ya lo sabes. Además, me apetece quedarme y estar con Kathy y Abby. Me preocupa dejarlas solas, sospecho que el Internado terminaría por los aires.
-Kath y Abby. Kath y Abby… ¿Y Keegan qué?- preguntó fingiendo un tono melodramático, lo que provocó la risa de su novia.
-Keegan, te seré sincera. Algo no está bien. No sé lo que es. A Kathleen la envuelve un halo de misterio que me preocupa realmente. Y a Abby parece que también, porque trata por todos los medios de descubrir algo acerca de ella. El otro día la pillé sola en nuestro cuarto encima de la cama deshecha de Kathy, y buscando con ahínco en uno de sus cajones; y ayer la encontré siguiendo a Kath a las afueras del Internado. Si no llego a pararla, la sigue hasta dondequiera que fuera.
-Bueno, ¿qué pasa, que Abigail y tú sois Sherlock Holmes y Watson o algo?- masculló Keegan, ahora realmente enfadado.
-Noooooo, cariño- Sissie se le acercó un poco más y le dedicó la más tierna de sus sonrisas- Créeme que sólo estoy preocupada porque algo no anda bien; sospecho que el pasado de Kath encierra algún secreto. Necesito tiempo para conseguir que ella me cuente algo más y para evitar que Abby siga husmeando su espacio personal a sus espaldas.
Keegan trató de esbozar una sonrisa, aunque realmente comprendía más bien poco.
-¿Sabes? No hacía falta que te molestaras en desmentir el tópico de la rubia-tonta-superficial; yo ya sabía lo inteligente y dedicada que puedes llegar a ser.
Le dio un beso corto.
-Te prometo que otro fin de semana iré a verte a tu casa- lo abrazó y le besó, esta vez más pausadamente- Ahora vete, tu madre te espera en el coche. ¡Luego te llamo!
Keegan corrió hacia el coche mientras su novia lo despedía agitando la mano, de una forma que le resultó simplemente deliciosa.
Una vez el coche se encaminó hacia la carretera, Sissie se dirigió hacia el autobús. Abajo estaban sus amigos.
-Abby…- la aflautada voz de Callum sonaba débil y minúscula detrás de la pelirroja- ¿Quieres sentarte conmigo en el autobús?
Abby se giró un poco brusca y le dedicó una mirada cargada de odio. Aquella mañana estaba de mal humor, si es que alguna vez estaba de buenas.
-Michael Jackson, ¿me has visto escrito friki en la frente? ¿No, verdad? Pues entonces mejor ve a preguntarle a alguna maceta si se quiere sentar contigo y déjame en paz.
-¿Por qué le dice Michael Jackson?- le susurró Kathleen a Vanessa.
-Abby tiene habilidad nata para los sobrenombres- le contestó esta, en un tono menor si era posible- Callum cantó el año pasado “Thriller” en el karaoke de final de curso, y como tiene el pelo a lo afro, se le quedó lo de Michael Jackson. Después de todo debería estar agradecido, antes lo llamaba “Mister Forúnculos”.
-¿Y por qué consentís que sea así de desagradable?- el tono de Kath empezaba a elevarse- Verás ahora. ¡Eh, tú, zanahoria!- se acercó a grandes pasos hasta estar a un escaso medio metro de su compañera. Ésta la recibió con una mueca de asco.
-¿Quieres un autógrafo, Ojos de Moco?
-No, sólo quiero que le pidas perdón al chaval.
-¿Es que acaso se ha enterado que fui yo la que le pintó bizcocho marica en la colcha?
-No, pero tienes el tacto de un camión, y no me da la gana de que insultes al chico delante mía. Porque si tuviéramos que reírnos, podríamos empezar por tu cara, que parece un mapa con tanta peca.
-¡Oh, ya saltó la guapa del grupo! Mira, rubia, si tienes complejo de abogada defensora, te vas a un bufete a soltarles tu parrafada sobre moralidad, porque tengo cosas mejores que hacer que estar mirándote la jeta de gilipollas que me gastas.
-Yo tampoco tengo ganas de encontrarme tus bragas llenas de mierda por el suelo y me aguanto.
La piel lechosa de Abby comenzó a inflamarse, hasta tener un color prácticamente idéntico al de su pelo.
-¿Qué has dicho, Ojos de Moco?- se abalanzó sobre ella y la agarró del cuello. Kathleen le respondió tirándole del cabello, hasta quedarse con un mechón en la mano. A esto le siguió un duro puñetazo de Abby en el costado y un par de patadas de Kath en el estómago.
-¡GRAY, RUMSFELD!- el chirriante grito de Ida les llegaba desde la puerta de entrada, pero ellas seguían en lo suyo.
Jay, asombrado por la fuerza de Abigail, corrió a separarlas, llevándose a Abby por volandas al interior del vehículo.
-¿Qué haces? Ya casi la tenía ya…- podía oírsele farfullar.
-Voy a sentarte conmigo. Eso si querrás, ¿no?- la soltó encima de un asiento y se colocó a su lado.
Al segundo entraron todos los demás, que se habían quedado a presenciar la pelea ya terminada.
Sissie apareció y se sentó delante de Jay y Abby, y poco después apareció Kathleen, toda despeinada y con una mejilla amoratada, seguida de los exasperantes gritos y amenazas de la Applewhite.
El viaje transcurrió aparentemente relajado, aunque la tensión podría cortarse con cuchillo.
A su bajada, les esperaba la gran reprimenda de la prefecta, que los castigaba con que regresaran una hora antes de lo habitual debido al incidente ocurrido.
La gente comenzó a dispersarse. Se quedaron solos Callum, Louis (otro compañero de clase), Vanessa, Sissie, Jay, Abby y Kathleen.
-¿Qué plan tenéis? Yo voy a ir a visitar una exposición de arte por el centro- comentó Vanessa, intentando calmar el ambiente.
-Guay, lo cuentas como si nos interesara- la respuesta cortante de Abby vino acompañada con un mohín de desagrado.
-Quizás a alguien sí- le reprochó Callum- Yo por lo menos me voy con ella, claro está, si no te importa Vanessa.
-No, por mí encantada. Ven, vamos a aquella parada y cogemos el autobús.
Ambos se marcharon, charlando animadamente.
-Dios los cría y ellos se juntan- resopló Abby- Al final va a tener razón tu novio, el celestino, y esos acaban liados.
-Podrías mostrar un poco de respeto al hablar- le recriminó Kathleen.
-Y tú podrías cambiarte de país y tampoco lo haces.
Ambas se devolvieron miradas de desprecio.
-Ya está- Jay se colocó entremedio de las dos, mirando hacia Abby- vais a dejar de comportaros como dos crías y a intentar, al menos, soportar a la otra sin regalarle una mirada asesina.
-¡Pero…!- se quejaron las dos.
-Ni peros ni nada- las cortó Sissie, que había permanecido ajena a la conversación- haced caso de lo que os dice Jay. Por cierto, yo voy a ir al Harrods, tengo que comprar un par de cosas, ¿os venís?
-Yo quiero ir a la librería que hay al final de la calle ésta. Tengo ganas de comprar un libro.
-Ah, yo te acompaño, Kathy- se apresuró a contestar Abby, cogiendo del brazo a Kathleen, ante la mirada de incredulidad de sus compañeros- ¿Qué? ¿No queríais que nos lleváramos bien?
Así que Sissie se marchó hacia la parada de autobús donde aún esperaban Callum y Vanessa, y los demás se dirigieron hacia la librería. En realidad, Jay sólo quería hablar con Kath, y le había pedido a Louis el favor de que distrajera a su amiga dark.
-Buenas tardes- proclamó Louis cuando entraron en la tienda, ya que estaba aparentemente vacía.
Tampoco hubiera sido imposible que no se hubiese enterado el librero. La librería era una inmensa habitación con dos plantas repletas de pasillos, de los cuales se desprendía un olor a tinta y papel. En la zona final de la primera planta había también un apartado para la música, mientras que en su paralela de la planta superior se amontonaban miles de millones de películas sobre un antiquísimo aparador.
De repente, detrás del gran mostrador se abrió una puerta y apareció la que parecía ser la dueña de la librería. No medía más de un metro y medio, así es que se le veía poco más que hasta la nariz. Tuvo que sentarse en el taburete y entonces los chicos pudieron observarla detenidamente: tenía el pelo tan blanco como el azúcar, recogido en un despeinado moño a la altura del cogote. No pesaba más de cuarenta y cinco kilos, y parecía que la piel no era más que un fino adhesivo sobre los huesos. Además, entre su nariz aguileña, su boca prieta y desdentada, y su chepa, podríamos definirla como una bruja. Bueno, no, lo que realmente le daba ese aire de bruja eran sus minúsculos ojos grisáceos, escondidos tras unas pesadas gafas de pasta. Aquella mirada hubiera inquietado a cualquiera.
-¿Les puedo ayudar, jóvenes?- su voz era fina y pausada. Pronunciaba cada palabra relajadamente, como si las estuviera saboreando.
-Sí, verá, venimos a comprar algunos libros- le contestó Jay.
-Oh, claro, lógicamente, joven- su mirada se tornaba cada vez más extraña- Díganme, ¿qué títulos buscan?
-Bueno, ya que he venido… Cuentos Macabros, de Edgar Allan Poe, y Los crímenes de Oxford, de Guillermo Martínez.
Lo extraño hubiera sido que Abby hubiese preguntado por A tres metros sobre el cielo, o Crepúsculo. Su gusto por el terror gótico (bueno, por el terror y el suspense en general) era otro de sus vínculos con el director, parecía.
-Segunda planta, el tercer pasillo.
Abby se encaminó hacia la escalera.
-Supongo que la bibliografía de Poe está toda arriba, ¿no? Así que yo también voy arriba- comentó Louis, y le guiñó un ojo a Jay mientras subía hacia la segunda planta también.
-Vaya vaya… Nada más quedan ustedes dos. ¿Vienen buscando algo para leer en pareja?
-¿Qué? No, nosotros no…- dijeron los dos a la vez, confundidos.
-Ah, perdón, impresiones mías… Tienen que perdonar a una vieja con gafas- su mirada volvía a adquirir aquel brillo extraño y atemorizante- Es que ambos se parecen tanto…
-¿Nosotros?- volvió a inquirir Jay. Sus castaños ojos reflejaban la sorpresa y a la vez la excitación que le estaba produciendo la conversación
-Sí… el mismo pelo rubio… el mismo cuerpo esbelto… la misma sonrisa… ¿son hermanos, pues?
-¿Qué?- repitió, esta vez Kathleen- ambos somos huérfanos.
-Mmmm…- la sonrisa de la anciana se fue deformando hasta transformarse en una especie de mueca- Ya veo, ya… ¿Cómo os llamáis?
-Kathleen y Jay, ¿pero a qué viene tanta pregunta?
-Oh, perdón, qué maleducada soy. Mi nombre es Isabelle. Solamente es que mi hermana perdió a sus hijos mellizos cuando nacieron, y no puedo evitar hacer preguntas inadecuadas cuando conozco a alguien que es huérfano.
Silencio tenso. Ni Kath ni Jay entendían por qué aquella extravagante mujer les estaba contando su vida.
-Bueno, ¿dónde está el libro La caída de los gigantes, de Ken Follet, señora Isabelle?- dijo Kathleen tratando de romper aquel incómodo momento.
-Sí, quinta estantería- le respondió ésta distraídamente. Isabelle se bajó de su taburete y volvió a desaparecer tras el mostrador.
Kathleen se dirigió a la estantería que la librera le había indicado y se perdió tras los tomos de los libros que allí descansaban apilados. Cuando por fin hubo encontrado el ejemplar que andaba buscando, se decidió a retirarlo. Cual no fue su sorpresa cuando al otro lado del hueco que había dejado apareció un ojo marrón chocolate y la mitad de una perfecta nariz.
-¡Jay! ¡Qué susto me has pegado!
-¿Te cuelas en cabañas encantadas y ahora te asusta un ojo?- le respondió él, entre risas.
-Bueno, pero que eso es distinto… Además, yo de ti me apartaba porque la pelo zanahoria está ahí encima- y señaló encima de sus cabezas.
-Tranquila, ya me he encargado yo de distraerla.
-¿Qué? ¿Para Louis y tú habéis…? Oh. ¿Y qué le has ofrecido a Louis a cambio de este pequeño-gran favor?
-Una cita contigo- tras la cara de espanto de su interlocutora tuvo que confesar la verdad- nada, Louis lleva tiempo detrás de mi sudadera del Manchester United. Tan sencillo como ofrecérsela.
-Me gustaría saber qué le está haciendo a Abby.
-Ya lo averiguaremos. Ahora, date la vuelta que tenemos que hablar.
-Pero, ¿aquí? No sé si…
-¡Kathleen! Voy a perder mi tesoro más preciado por esta conversación, así que no ignores el tema.
Kathy obedeció como una niña buena y se dio la vuelta. Se quedó a más de medio metro de distancia de su compañero, aunque realmente quisiera acortar ese espacio hasta eliminarlo.
-¿Qué quieres que hablemos?
-He estado pensando.
-¡Bravo! No sabías que pensaras.
-Kath, esto es serio. Creo que para descubrir algo tendríamos que empezar por descubrir a “alguien”.
-¿Estás hablando de nuestro supuesto colaborador?
-Sí… Si tenía todas las pistas que encontramos en la cabaña, está claro que conocía bastante bien a Gill y Cedric. Quizás tenga algo más, algún dato que pudiera servirnos.
-Me parece genial tu idea, pero, sólo tengo una pega: ¿por dónde quieres que empecemos a buscar, señor Holmes?
La conversación había pasado a ser poco más que un susurro, pero un susurro perfectamente perceptible para unos oídos que se escondían un par de estanterías más atrás.
-He pensado que podríamos volver a la cabaña y dejarle alguna señal para que sepa que nosotros también estamos al tanto de sus movimientos.
-Vaya… Inteligente idea. Por cierto, ¿no hace un poco de calor aquí?
-Sí… Soy yo. Suelo provocar subidas de temperatura cuando estoy asustado.
-¿Y de qué estás asustado?
“De tu cercanía, ojos verdes”, pensó, pero a ella le dijo:
-Pues por todo lo que está pasando… ¡Oye!
-¿Qué ocurre?
-Nada… Es sólo que… Me pareció ver a alguien observando por el hueco que has dejado libre al retirar el libro.
Kathleen se colocó de puntillas y asomó su mirada a través de la rendija. La paseó también por la habitación. La única persona que estaba en aquella planta baja, Isabelle, se encontraba al final de la sala.
-Te estás sugestionando, Jay.
-Eso será- contestó, no muy convencido. A Jay sus ojos nunca lo engañaban- Bueno, ve a pagar eso. Yo me marcho, nos vamos en media hora y me apetece ir a comprar un bollo. Por no hablar que ésos dos estarán por bajar.
Se despidieron y Jay se marchó. Kathleen se acercó al mostrador, donde la esperaba la librera, toda mieles ahora. No sabía lo mucho que conocía aquella “extraña” sobre ellos.