jueves, 12 de julio de 2012

Capítulo 4: Secretos y leyendas.


¡¡¡HOLA!!! :)) 4º capítulo ya aquí. Vale, sé que este es muy cortito, y nada interesante (o eso podréis pensar), pero os aseguro que la historia de Gill y Cedric es necesaria para después comprender la de Kath y Jay. Además, los dos primeros juegan un papel clave (claro, si os lo digo ahora, no tendría chiste) Lo de siempre, disfrutadlo.
-Verás, Kath, Gill y Cedric fueron dos chicos que estudiaron en este Internado hará unos treinta años. Ambos, al igual que Jay y tú, eran huérfanos de padre y madre; y ambos entraron con una beca para estudiar en nuestro curso.
>> Los dos eran unos jóvenes guapos, inteligentes y simpáticos. Sin embargo, había algo que no cuadraba. Demasiado misterio a su alrededor, diría la gente. Ninguno de los dos se acercaba a más de diez metros al otro, ni siquiera se dignaban a hablarse. Pero todos sabían que se gustaban: solo había que observar sus ojos para ver el deseo con el que miraban al otro.
>> Pues bien, empezaron a ocurrir sucesos extraños. Tan pronto hacía buen tiempo, que se ponía a llover y paraba milagrosamente. La piscina del gimnasio amanecía muchas mañanas seca. En plena noche todos se despertaban con un calor sofocante. Había cortocircuitos. Los libros se caían de las estanterías. De buenas a primeras, en cualquier lugar, aparecía un lapicero congelado o una camisa hecha cenizas.
>> Nadie entendía nada. Pero todos acertaban a decir que era culpa de ambos, pues siempre que ocurría algo ellos andaban cerca del lugar. De la noche a la mañana, pasaron de ser los chicos con más amigos a los marginados del curso. Gill se pasaba el día encerrada en la biblioteca, estudiando, y Cedric solo salía de su habitación para comer. Ambos tuvieron que crearse una nueva rutina, porque no había nadie que quisiera hablarles; todos los llamaban brujos, bichos raros o cosas así.
>> Gill empezó a perder peso. El brillo en sus mejillas se apagó, aparecían mechones de su pelo por todas partes. Aquella hermosa chica que tantos corazones había conquistado ahora aparentaba ser una enferma terminal más que una chica de dieciséis años. Cedric no le iba a la zaga. Todos empezaron a comentar que era porque ambos sufrían por el amor del otro.
>> Una noche, Gill se quedó hasta tarde junto con su compañera de cuarto en la biblioteca terminando un trabajo de clase. “Me voy ya a dormir, bicho, termina tú lo que queda de trabajo”. Pero en realidad no se fue. Se quedó escondida tras una estantería. Quería ver qué hacía el “bicho raro”. Resulta que, mientras Gill terminaba el trabajo, oyó un ruido en la puerta que da de la biblioteca al desván del Internado. Se asomó y vio rodar escaleras abajo una especie de pelota de tenis de metal. Alargó la mano para pararla, y entonces sucedió: su mano quedó unida a la de una sombra. “Perdona, no te enfades, estaba investigando un baúl que había arriba y esto se ha caído”. Levantó la cabeza y se encontró con los ojos azules de Cedric. La chica que después lo contó, describió el momento como mágico. Como atraídos por una fuerza, ambos se fundieron en un beso largo, profundo. Se abrazaron y estuvieron el resto de la noche juntos, en la biblioteca.
>> Después de aquel día, siempre que veías a Cedric, estaba con Gill, y viceversa. Ambos recobraron mejor aspecto y pasaban las horas muertas en aquel polvoriento desván, juntos. Sus vidas volvieron a la normalidad. Y… Entonces ocurrió.
>> Todos los días iban a hablar con el director. Intentaron llevarse a Gill, pero siempre pasaba algo: se averiaba el coche, perdían el avión, había un error en el ordenador del nuevo colegio. Finalmente, se quedaron aquí, pero casi todo el tiempo lo pasaban encerrados en el despacho. Cuando volvían a la clase siempre tenían marcas de heridas en las muñecas; y se encontraron charcos de sangre por todos los pasillos. La gente empezó a decir que el director era un vampiro.
>> Un día comenzó a llover, y ya no paró en varias semanas. Nadie sabía donde estaban Gill y Cedric. Había quien decía que los tenían encerrados en el desván, pero ninguno podía afirmarlo; el desván llevaba cerrado bajo llave muchas semanas. La última noche de la gran tormenta, alguien dijo haber visto dos sombras corriendo hacia el bosque.
>> A la mañana siguiente, el director comunicó que Gill y Cedric habían desaparecido. Se inició una búsqueda por todos los alrededores, incluido el río; pero nada. Era como si se los hubiera tragado la tierra. Al final, tras dos años de incansable búsqueda los dieron por muertos.
-Vaya, Sissie, yo…
-No, tranquila, Kathleen. La historia es solo una leyenda; pero después de conocerte a ti, algo me dice que no es del todo mentira. Tal vez debieras investigar un poco sobre la verdad; no quiero que os pase lo mismo…
                                                                   -○-
No muy lejos de allí, un hombre algo maduro de pelo canoso y una chica joven vestida de oscuro, conversaban.
-Me da igual lo que opines de ese chico, sabes perfectamente cuál va a ser su destino. Ya fallamos hace treinta años, no podemos cometer el mismo error otra vez.
-Pero… Es que él… No me quiere a mí. La quiere a ella.
-Ya sé que la quiere a ella, idiota, si nacieron para querer al otro. Tu misión no es que te quiera, simplemente es mantenerlos separados. ¿Para qué si no te he traído aquí? Tu padre tiene dinero suficiente para mandarte a los mejores colegios de Suiza, y tampoco eres precisamente una lumbrera para ganarte una beca. Estás aquí para ayudarme a que no estén juntos.
-Pero es que yo no podré estar todo el día con él. Alguna vez podría escapárseme.
-Y, entonces, he metido a la chica en tu cuarto para que os hagáis amiguitas, ¿no? ¡Imbécil! Cuando no estés con él, será porque estaréis en vuestros dormitorios, y entonces podrás controlarla a ella.
-Ella es un hueso más duro de roer.
-Sí, por eso mismo me la tienes que controlar. Hasta Gill era más dócil que ella. No sé que tiene esa niñata, pero la luz de sus ojos me preocupa. Creo que estamos ante alguien muy poderoso. Por eso no puedes dejar que estén juntos, o sería nuestro fin. Si esa chica descubre quién es en realidad, acabaría con todos nosotros, empezando por ti y por mí.



















miércoles, 11 de julio de 2012

Capítulo 3: Recuerdos expectantes.

Capítulo 3: Recuerdos expectantes.


Hola :D ¡Qué tengáis todos un buen día! En fin, total, ¿qué decir que no se sepa ya? Espero que "quien sea que me lea" disfrute este capítulo, y me deis todo tipo de críticas. Sin más, lo dicho, que os guste mucho y a ver si mañana puedo subir el 4º. Un beso a todos (K)
“Con que Kathleen Gray”, pensó Jay bajo el chorro de la ducha. Desde que había llegado al internado, hacía solo tres días, no pensaba en nada ni nadie que no fuese ella. Al bajar del coche la vio. Pelo rubio ligeramente ondulado, labios carnosos, piel aterciopelada, vívidos ojos verdes. La chica esbelta de mirada verde aguamarina se había alojado dentro de él; y sería difícil sacarla de ahí. Algo en su interior le decía que aquella chica era la muchacha sin rostro que se le aparecía en sueños. Pero, por mala suerte, no podía rozarla, siquiera saludarla.
Don Warwick Plassmeyer lo había dejado claro: hasta que no descubrieran la naturaleza de los poderes de ambos, prohibido cualquier acercamiento. Y es que, Jay Dennison no era un chico común. Él podía ver más allá de su vida, y recordar las vivencias de gente que no conocía; era capaz de crear olas de calor y grandes fuegos, desprender rayos de luz, y jugar a su antojo con los campos eléctricos; y, sabía mover objetos con solo pensarlo. Aunque él creía que había ingresado en aquel Internado con una beca por su expediente, también lo había hecho para ser investigado más de cerca; al igual que Kathleen. Al parecer ella también tenía poderes especiales.
Recordó, apesadumbrado, sus espasmos nerviosos cuando se encontraron en la puerta de Secretaría, trató de presentarse y ella huyó. Minutos después comprendió el por qué. Y también conoció a la pelirroja Abby. Abby Rumsfeld era la compañera de cuarto de Kath, además de la hijastra del director. Pese a tener un aspecto algo punk, le hubiese resultado atractiva y graciosa a cualquier tío. Menos a él. A partir de aquel momento solo tenía ojos para Kathleen.
-¡Jay, vamos! No querrás llegar tarde a tu primer día de clase, ¿no?- apremió Callum, su otro compañero de habitación.
-Sí, ya voy.
En realidad no iba. Aún tenía que secarse el pelo, y ponerse los pantalones negros, la camisa blanca, la corbata granate y el jersey gris que componían el uniforme.
-Vete ya, Callum, pesado, yo lo espero- oyó decir a Keegan- Venga, compañero.
Keegan entró en el cuarto de baño.
-¿Todavía estás así, colega?
-Sí… Bueno, yo…
De repente hubo un pequeño cortocircuito y la luz del lavabo chisporroteó. Keegan supuso que era un fallo de la luz, pero no sabía que siempre saltaban chispas cuando Jay se ponía nervioso.
-Anda, vamos que vayamos a electrocutarnos aquí dentro.
Jay asintió y ambos abandonaron la habitación.
Un buen comienzo de primer día: la clase de Física y Química empezaba a las ocho y eran las ocho y diez.
                                                               -○-
-Bien, señor Dennison, como usted es nuevo, solo le pondremos un “Retraso” en el parte de faltas…
La profesora  O’Connell agachó la mirada y garabateó algo en el papel con su pluma. Aggie O’Connell era una leyenda en el Internado. Su moño blanco como el azúcar, sus pesadas gafas de pasta y sus faldas largas no le ayudaban mucho a quitarse años. Por no hablar de su fama de estricta. Probablemente, si le preguntáramos a sus alumnos, preferirían arrancarse un pedazo de piel antes que retrasarse a sus clases.
-En cuanto a usted, señor Lloyd, nos conocemos ya y sabemos que su costumbre de retrasarse es más que habitual. Así que, en compensación, salga a la pizarra y escríbame ordenados todos los elementos de La Tabla Periódica, y sus abreviaturas, junto a sus valencias. Después, escríbame en otro lado, algunos de los Óxidos, los Peróxidos y los Anhídridos más conocidos.
Keegan puso cara de auxilio. Hacerle escribir todo eso, el primer día tras las vacaciones de verano, era tener demasiada mala idea. Jay lo miró preocupado: había sido por su culpa.
-¿Qué, Lloyd, no escribe nada? ¿Se le ha olvidado, por casualidad? No me extrañaría. Le recomendaría que este año dejara de utilizar las hojas del libro para hacer aviones de papel.
Toda la clase, excepto Jay, Sissie y Kath, estalló en una sonora carcajada.
-¿No tiene nada que decir?
-Lo siento mucho, profesora O’Connell.
-¿Se cree que me vale un “lo siento”? ¡Por favor, Lloyd, que dentro de dos años estará en la universidad! Si es que no se queda por el camino, claro… Para mañana, quiero copiado cien veces todo lo que usted tenía que escribir hoy y no ha escrito. Anda, siéntese. Venga, Gray, salga usted misma. A ver qué sabe…
Kathleen se levantó con paso fugaz e indeciso. Subió a la pizarra y comenzó rápidamente a escribir toda la información que aquella siniestra mujer le había obligado a recordar de repente.
-Bien, bien, Gray. Es usted una chica lista. ¿O, quizás estudiosa? Bah, total, le pondremos un punto positivo. Venga, siéntese. Espere… ¡Lloyd! ¿Usted al lado de Dennison? No quiero que me lo corrompa sin haberlo conocido siquiera. Cámbiese de sitio con Gray y usted se pone al lado de Dennison.
-¡No!- estallaron de pronto Kath y Jay.
-¿Y por qué?
-Porque… Pues porque…- comenzó Kathleen. De pronto hubo un cortocircuito en la clase. Kathleen se volvió y miró a Jay. Aunque nunca habían hablado, sabía que era él, que aquellos eran sus poderes especiales.
-Porque yo… Preferiría… Sentarme… Con…- continuó tartamudeando Jay.
-¡Conmigo!- saltó Abby y corrió al sitio de Keegan- Profesora O’Connell, que se siente Kathleen con Cecilia y yo me pongo aquí.
-Bueno… Sí así lo quieren…- comentó la profesora- Adolescentes- resopló para sí.
                                                               -○-
“-No, cariño, no, sabes que jamás podremos ser felices. Él y Ella nos tienen aquí prisioneros.
-Te prometo, mi reina, que encontraré el modo de sacarnos de aquí.”
Una contundente lágrima bajó por la mejilla de Kathleen. Aquel recuerdo, de dos chicos escondidos en un desván, había sido el más triste que había tenido. Sentía verdadera pena por la muchacha, tan joven y hermosa, con la cabeza sobre el pecho del chico. Ella lloraba y, al compás con sus lágrimas, las gotas de lluvia golpeaban el cristal de la ventana.
-¿Qué piensas, Kath?
-¿Qué? Nada, nada.
-No me digas nada. Llevas un cuarto de hora atascada en la misma frase del texto. Y tenías la vista como ida, en otra parte.
-Bueno, Sissie… Es que yo… Digamos que a veces veo cosas.
-Hombre, Kathleen, tú no eres ciega, que yo sepa. Yo también veo cosas.
-No, no son ese tipo de cosas, Abby.
-¿Ah, no? ¿Entonces qué ves? ¿Pelusas? Espera que bajo ahora a por un sándwich y ya les reclamo de tu parte que no limpian bien la habitación.
Abby se levantó del escritorio y salió dando un fuerte portazo.
-No le hagas caso, es un poco… En fin, pero no es mala persona.
-Ya, no es mala persona pero es una borde.
-Está celosa.
-¿Celosa? ¿Y qué motivo le he dado yo para estar celosa de mí?
-Jay.
-Pero… Si yo ni siquiera he hablado con Jay…
-Ya. Pero no es por ti; es por él. Solo había que ver los ojitos con los que te miraba durante Latín para saber que a Jay le gustas tú. Y a Abby no le gusta la competencia.
-¿De verdad crees que le gusto a Jay? Oh… Yo…- notó cómo se le subía el rubor. Esbozó una media sonrisa.
-También te gusta, ¿verdad?
-Quizás, pero… Es igual, no podemos ser amigos.
-¿Por qué no?
-Es una historia muy larga y complicada. La cosa está en que no me puedo acercar a él.
-Oh, no.
-¿Qué ocurre, Sissie?
-Es que, Kath, no sé, pero lo que os está pasando a Jay y a ti me recuerda demasiado a la historia de Gill y Cedric.
-Aún sigo sin saber quiénes son los famosos Gill y Cedric.
-Tal vez deberías saber la leyenda de Gill y Cedric; y así puede que comprendieras algunas cosas.































martes, 10 de julio de 2012

Capítulo 2: Sentimientos desconocidos.


Hellow darlings ;) ¡No me puedo creer lo rápido que estoy subiendo! En realidad, es que se me fue la pinza y me lié a escribir, escribir, escribir... Así que estas dos semanitas, hasta que me vaya de vacaciones, tendréis algunos capítulos más. Quisiera, ya que estoy, darle las gracias (una vez más) a Carol, que es la que me ha animado en todo, la que me lee y una chica encantadora (PD: MIRAD SUS BLOOOOGS, MIRADLOS XD). Ah, y también a vosotros, si es que hay por ahí alguien que me lee, que yo creo que sí. En fin, para haber creado el blog hará dos o tres días, creo que 50 y algunas visitillas significa que algunos me leéis (o que hay un pedófilo siguiéndome los pasos... mmm) jajajaja disfrutadlo :D
Cuando Kathleen bajó, ya estaban todos los chicos que la habían recibido a ella esperando de nuevo. Reconoció unos metros más allá a Sissie al lado de un chico alto de pelo castaño miel, pero ella prefirió quedarse donde estaba. Aquel debía ser Keegan y no quería molestarlos.
La cacatúa, como la había llamado Abby, se retocaba el estridente maquillaje y el señor Warwick se colocaba la corbata.
Apareció un coche, y se bajaron de él una mujer cuarentona que a Kathleen le era vagamente familiar, y un chico. Justo cuando vio al muchacho caminar con paso indeciso, supo que era él al que tanto tiempo llevaba buscando. Sintió dentro de sí un calor nuevo y sofocante, que se corrió rápidamente a todo su cuerpo y la inundó por completo. En esos momentos, no veía nada más allá del chico alto y delgado, con ojos marrón chocolate y pelo color  arenoso ligeramente ondulado. Y, ¿sería posible? El chico la miraba a ella también.
Entonces, ¡zas! Desapareció.
-Acompáñeme, Gray- ordenó don Plassmeyer.
Ida dirigió a Kathleen hasta el despacho del director, y le indicó que se sentara en un cómodo sillón de cuero. Acto seguido, entró el señor Plassmeyer.
-Bien, ¿qué le han parecido las compañeras?
-Oh, muy simpáticas- mintió. Solo podía opinar así de una de las dos…
-Me alegro. Espero que usted se integre bien. Y, por igual, me alegra ver que ha cumplido mis órdenes. ¿Qué le ha parecido el otro chico?
¿Qué qué le había parecido? Pues el chico más naturalmente guapo que hubiese visto jamás.
-Parece un chico agradable. Además, es huérfano como yo. Quizás podamos ser buenos amigos.
-No.
-¿Qué?
-Que ustedes no pueden ser amigos, es más, no pueden acercarse al otro, casi no pueden ni hablar.
-Y, ¿por qué?
-Mi querida señorita Gray, aquí somos conocedores de sus poderes especiales. Y no crea que la tomamos a broma; creemos que usted es tan inteligente que hasta es capaz de utilizar la mente para provocar otros fenómenos atmosféricos. Por eso insistimos tanto en traerla hasta aquí. Queremos estudiarla más de cerca, y ayudarla. El señor Dennison también es un chico especial, y está aquí por lo mismo que usted. Como aún no sabemos de donde vienen sus poderes especiales, no queremos que se rocen o se acerquen, tenemos que estudiar la naturaleza de esos fenómenos. Así que si la psicóloga la saca durante las clases, tampoco se asuste. Bueno, venga, largo de aquí, buen día.
Kathleen se levantó y salió de allí. Tenía que asimilar toda la información recibida. Resulta que, ahora que empezaba a descubrir esos sentimientos desconocidos para ella como el deseo o el amor, se los arrebataban sin más. Estaba saliendo de secretaría cuando lo encontró.
-¡Hola! ¿Tú también eres nueva, no? Yo soy Ja…- y le tendió una mano.
Kathleen, sin saber qué hacer, lo esquivó y salió corriendo hacia su habitación. “No hables con él, no pienses en él”, se repetía.
                                                                       -○-


-La comida no es lo mejor de aquí. Mejor que te sirvas poco, los estofados se te hacen después muy pesados- le recomendaba Sissie, mientras paseaban por el buffet de la cafetería.
Finalmente ambas cogieron un plato pequeño de ensalada, una tapa de lentejas y una fruta para el postre. Se sentaron en una mesa, y al momento llegó Abby. Venía tarareando una alegre melodía.
-¿Qué te pasa, que pareces hasta contenta?- preguntó Kathleen.
-Ay, Kath, Kathy, Kath… El amor…- sonrió.
-Uuuuuh… ¿Quién es el afortunado?
-Mi querida Sissie, ¿tú quién crees? ¡Pues el nuevo, obviamente! Se llama Jay y, oh, es tan mono y tan majo y tan agradable y tan… Tan… Perfecto.
Kathleen dejó de comer. Sentía que no podía tragar.
Abby, ajena a todo, seguía hablando de su príncipe azul.
-Me lo he encontrado a la salida de Secretaría, y hemos estado hablando. ¡Me ha encantado! Es un cielo. Hemos quedado que podríamos comer juntos y…- Abby detuvo su relato y se giró hacia su izquierda.
Una gota golpeó contra la ventana. Después otra, y luego otra. Nadie se explicaba cómo, con tan buen día como había hecho, de repente empezaba a llover. Claro, nadie sabía que las gotas de agua representaban las lágrimas de Kathleen, que hacía llorar al cielo cada vez que estaba triste. Y, sin más dejó de llover.
-Hola, chicas- saludó Keegan, se sentó al lado de Sissie y le besó la mejilla- Hola Kathleen, yo soy Keegan, el novio de Cecilia, un placer- y le dio la mano.
-Igualmente.
-Mira, aquí está el otro nuevo. Es mi compañero de habitación. Chicas, él es Jay Dennison- señaló al chico que se dirigía hacia ellos.
-Nosotros ya nos conocemos, ¿no, Jay?- presumió Abby.
-Eh… Sí. Hola.
-Campeón, esta es Sissie. Y ella Kathleen. Siéntate al lado suya.
-No, mejor no- respondieron Kath y Jay al unísono.
Kath lo miró. ¿Habría hablado también con él el director? Él le contestó con su mirada de preocupación. Sí, lo sabía.
-Oh, qué sosos. Anda, ven, Jay, y te sientas en otra mesa conmigo.
Abby agarró a Jay por el chaleco antes de que pudiera contestar algo, y se sentaron dos mesas más allá. Kathleen los miró triste.
-Bah, no te preocupes, Kath, ella es así- la animó Sissie.
Kathleen sonrió y se marchó.
Estuvo una hora sola en su cuarto, llorando ella y haciendo llorar al cielo. Había un problema en el plan de Warwick Plassmeyer con el que no había contado: que ella se enamorase de Jay.



lunes, 9 de julio de 2012

Capítulo 1: Un nuevo hogar.

¡Hey! Ya puedo subir el capítulo 1. Espero tanto críticas positivas como negativas eh :) Muchas gracias a todos por leerme. ¡Que tengáis un día genial y un beso!



“Siempre lo mismo”, pensó Kathleen Gray en el coche mientras viajaban por la carretera que salía de Londres.  El Internado Brotherhood, su futuro nuevo hogar, se encontraba a las afueras de la gran ciudad. Se suponía que estaría a tan solo veinte minutos de Londres, pero al ser un viernes por la tarde, los veinte minutos se habían transformado en cuarenta.
-Kathleen, sabes que a mí me gusta esto tan poco como a ti- le dijo la conductora, la señorita Tilman.
-Pues podrías adoptarme tú, si tanta pena te doy- resopló Kathleen.
La señorita Tilman calló. Sabía que tenía razón y, aunque ella también sentía debilidad por aquella chica, su pequeño sueldo como Agente de los Servicios Sociales le cubría a duras penas las necesidades básicas de sus dos hijos, la hipoteca y las compras algo extraordinarias para ella. Y pese a ser consciente de todo esto, no podía evitar sentirse culpable.
Kath, como solían llamarla, iba a cumplir en un par de meses dieciséis años, y ya había tenido cinco familias diferentes. Sus padres habían desaparecido el mismo día que ella vino al mundo, y desde entonces, vivía de orfanato en orfanato; hasta que cumplió seis años y la adoptó la familia Gray. Su felicidad por volver a tener una casa se desintegró cuando sus nuevos padres fallecieron inesperadamente en un accidente automovilístico. A partir de ahí, vivió en el Orfanato en el que trabajaba la señorita Tilman y estuvo con cuatro familias de acogida. Sin embargo, y pese a que era una chica encantadora, ninguna de las familias quería adoptarla. Y ella sabía bien el por qué: Kathleen no era una chica muy común. Tenía “poderes especiales”. Podía mover a su antojo el agua, creaba lluvias torrenciales cuando estaba enfadada y secaba ríos cuando se ponía triste; transportaba objetos con solo pensarlo. Además, estaba el tema de sus pesadillas nocturnas y sus visiones: algunas veces veía cosas que no le habían pasado a ella ni había presenciado pero sí podía recordar. Con todo esto, tampoco le extrañaba que las familias se asustaran de ella y no quisieran adoptarla.
Tras el último intento de que una pareja de españoles la adoptara, la señorita Tilman recibió una llamada la mar de peculiar: se trataba del Internado Brotherhood, uno de los más prestigiosos de Londres. Habían revisado los expedientes del colegio del pueblo al que iban los chicos del Orfanato, y así habían descubierto las excelentes notas de Kath. Le ofrecían una beca para la chica hasta que cumpliera la mayoría de edad. Aunque Kathleen no lo entendió y le sentó muy mal la noticia, la señorita sabía que era la mejor oportunidad que jamás encontraría para poder forjarse un buen futuro.
-Mira, ahí está.
El Internado estaba en medio de un paraje verdoso y húmedo, muy cercano a un bosque. El edificio era una gran casona de piedra grisácea con algo de moho y ventanas de madera.
Se bajaron del coche. Y entonces ocurrió: Kath volvió a recordar. Vio ese mismo lugar, una noche de tormenta. Dos chicos jóvenes, cubiertos con una manta, huían despavoridos a través del bosque. ¿De qué huirían? Las visiones siempre le dejaban a Kathleen un mal sabor de boca.
Salió de su trance y caminó hacia la entrada. Allí la esperaban varios alumnos, un hombre de pelo canoso y mirada penetrante, y una mujer rolliza muy maquillada.
-Bienvenidas, bienvenidas- saludó amablemente el hombre-. Yo soy el señor Warwick Plassmeyer, el director del Internado. Un placer conocerla, señorita Gray. Nos dejó bien sorprendidos su magnífico expediente.
-Muchas gracias, señor Plassmeyer- respondió dubitativa, algo cohibida por la sonrisa del director. Parecía esconder algo en esa sonrisa.
-Bueno, querida, como supongo que te habrá contado tu tutora, aquí cursarás hasta terminar tu etapa educativa y pasar a la Universidad. Estos serán tus compañeros, por lo que les pedí que vinieran a recibirte. Saludad, chicos. Y esta es el ama de llaves, doña Ida Applewhite. Esperamos que la estancia sea de tu agrado, vamos, pasa- le indicó la entrada a través del enorme portalón.
Todos entraron para adentro. La señorita Tilman acompañó a su Kathy mientras el director y el ama de llaves le enseñaban las diferentes estancias. El Internado por dentro resultaba grandioso y bonito, con las paredes color crema y el suelo todo enmoquetado de un material de color granate. Las puertas y muebles eran también de caoba, y cada sala estaba perfectamente cuidada y limpia.
-Ya sabemos de tus “problemas”- matizó doña Ida- . Pero no te preocupes; aquí podremos tratar eso también. Ya te iremos dando un horario con las horas de clase, las comidas, las entradas y salidas; y algunas normas. Por ahora, limítate a hacer lo que hagan tus compañeras de cuarto. Estarás en la habitación setenta y siete, y compartirás cuarto con Cecilia Tanner y Abigail Rumsfeld.
-Hora de la despedida, señora Tilman- apremió el director.
Kath se echó sobre su (aún) tutora, y ambas se fundieron en un tierno abrazo, demostrando lo mucho que se querían.
-Cuídate, pequeña.
-Lo mismo te digo, Sue.
La señorita Tilman se marchó enjuagándose una lágrima. Para ella había significado mucho aquella chiquilla, hasta tal punto que era a la única que le permitía llamarla por su nombre de pila.
El director e Ida condujeron a Kathleen hasta la puerta de su habitación.
-Dentro de media hora abajo, ¿vale?
Asintió y abrió la puerta. La habitación en sí no era demasiado grande, pero sí muy bonita (estaba decorada siguiendo el estilo del Internado) y ordenada. Había un gran espejo en la pared derecha, que le otorgaba al cuarto sensación de mayor amplitud.
Sobre una cama, se encontraba una chica pelirroja escuchando música. Su aspecto encajaba a la perfección dentro del tópico de “niña rica rebelde”: ojos muy maquillados, puntas del pelo coloreadas de azul eléctrico y ropa negra holgada. Al lado, en la otra cama, estaba la imagen totalmente opuesta de la pelirroja, la de una chica tan rubia que su pelo se confundía con luz; y de ropas formales.
La chica de pelo brillante dejó el libro que estaba leyendo, “La soledad de los números primos”, y se acercó a hablarle a Kathleen.
-¡Hola! Kathleen, ¿verdad?- se acercó un poco más y le dio dos besos-. Yo soy Sissie, y ella es Abby.
-Hola- musitó la pelirroja.
-Hola, un placer conoceros. Mi cama, ¿es esa de allá?- preguntó señalando la cama de al lado de la ventana.
-No, qué va, esa cama es para la cacatúa de la Applewhite, que se viene aquí por las noches. ¿Tú qué crees? ¡Au!
Se le había caído un libro de la estantería de encima sobre la cabeza, y estaba segura de que no había hecho ningún movimiento brusco para provocar esta caída.
Sissie miraba perpleja a Kath, preguntándose qué sabría hacer aquella chica. Porque de algo estaba segura, y era que esa cara de concentración de Kathleen tenía algo que ver con la misteriosa caída del libro.
-Abby, no seas borde. Sí, es tu cama, te ayudo a deshacer la maleta.
Accedió y se puso a desempaquetar. Así también tuvo ocasión de conocer un poco más a sus compañeras: Cecilia, o Sissie (como quería que la llamaran) era la hija de un importante médico neurólogo y una prestigiosa diseñadora de paraguas, y era muy coqueta a la hora de vestirse, siempre utilizando faldas y jerséis en tonos pasteles, con todos los complementos a juego. Estaba saliendo con Keegan Lloyd, un chico del pasillo de enfrente.
Entretanto, Abby, como ella ya había pensado, era la típica rica que intentaba hacerse la rebelde de cara a la galería, de padres divorciados, cuyo padre estaba demasiado ocupado presentando el programa más célebre de Reino Unido y cuya madre era la nueva novia del director Plassmeyer. Por eso, y porque ninguno de sus papás se ocupaba de ella, había acabado en aquel lugar.
-Entonces, ¿tú has entrado con una beca?- inquirió Sissie.
-Sí… Llamaron al orfanato para ofrecérmela.
-Pues tienes suerte- comentó Abby, con su habitual tono sarcástico-. Creo que no concedían una beca para nuestro curso desde el accidente con Gill y Cedric.
¿Gill y Cedric? ¿Quiénes serían?
-Bueno, Abby, no seas mal pensada, que este año también le han concedido la beca a otro chico.
-Sí, a otro “huerfanito”- y recalcó el “huerfanito”.
-¿Quién? Yo no sabía nada- Kathleen mostró una expresión confusa.
Resulta que ella no tenía la exclusividad, como en un principio había pensado. Una pelusilla de celos le cosquilleó el estómago: de nuevo, ella había quedado relegada a ser la otra chica especial. Había alguien más en aquel centro que gozaría del prestigio de haber recibido una beca.
-No, el chico viene ahora, por eso no lo conoces aún. Hablando de eso, será mejor que bajemos ya a recibirlo.
Kathleen se quedó rezagada mientras las otras dos salían. Tenía otro recuerdo. Esta vez, veía a un niño pequeño corriendo. De repente se acercaba a una mujer feliz que lo veía corretear, y le daba un abrazo. El niño desprendía una luz cálida, que parecía dar calor. En ese momento, Kath sintió una gran tranquilidad. Presentía que aquella personita era el chico sin rostro de sus sueños, al que no conocía de nada pero que sentía que tenía que buscar.
Cerró la puerta y corrió escaleras abajo tras sus nuevas compañeras, a darle una cálida bienvenida a la otra persona especial.   












domingo, 8 de julio de 2012

Prólogo: Los polos opuestos



Bueno, el prólogo en sí no es demasiado interesante; de hecho, aviso que si no queréis leerlo, podréis entender luego la historia. Pero yo os recomendaría que lo leyerais, ya que si no, andaréis perdidos hasta muchos capítulos después. Sin más, disfrutadlo :)


<<  Día y noche. Invierno y verano.  Frío y calor. Mujer y hombre. Blanco y negro. Luz y oscuridad.  Agua y Fuego. Las dos caras de una moneda, unidas y a la vez separadas para siempre. Los polos opuestos siempre van enlazados el uno con el otro, no puede dominar ninguno sobre el contrario; la verdadera armonía se halla cuando ambas partes están unidas y no se pueden separar.

  La vida continúa mientras el ser humano sepa vivir en paz con el medio que lo rodea; y ningún elemento quiera sobreponerse por encima de otro.

  Así fue como nacieron los Hijos de Agua y Fuego.

  Los Hijos de Agua y Fuego serán un hombre y una mujer nacidos en el seno divino de una familia normal. Sin embargo, siempre acaban siendo huérfanos, puesto que en el momento que un ser ordinario, que normalmente suelen ser los padres y familiares que presencien el parto, mire a un Hijo de Agua y Fuego por primera vez a los ojos, se irá. Así es que ambos crecen separados, sin saber de la existencia del otro, pero con la continua necesidad de encontrar a alguien, ya que si permanecen demasiado tiempo alejados, se marchitarán hasta finalmente morir. Por eso el Destino se encarga de unirlos. Ambos, en el mismo instante en que se toquen, quedarán prendidamente enamorados uno del otro y ya no existirá fuerza física ni espiritual capaz de separarlos. Su misión, simplemente es vivir juntos, enamorados, para simbolizar el amor sobre el odio, y la armonía e igualdad;  sólo han de representar que el ciclo de la vida sigue su curso sin problemas. 

  Así es que mientras ellos existan, esta paz reinará por sécula seculorum.

  Los Hijos estarán dotados de dones especiales, incluyendo la capacidad de recordar la vida de los Hijos anteriores. Y ninguno de los dos morirá, mientras que no hayan nacido los nuevos sucesoresPodrán marchitarse si no son felices, pero ninguno de los dos morirá del todo hasta que no tengan unos sustitutos.

  De este modo, ha habido Hijos que vivieron siglos esperando a sus sucesores.

  Es por eso también, que al tener sangre de vida, la persona que no sea un Hijo y beba de su sangre, alcanzará la inmortalidad.

  Desde el inicio de los tiempos, junto con los Hijos de Agua y Fuego, han existido Hermandades de Hombres Malos, dispuestos a todo por conseguir la sangre de los Hijos.

  Los Hombres Malos han intentado de todo; incluso, en alguna ocasión, han llegado a separarles  antes de que se conocieran para que se marchitaran y pudieran sacarles la sangre poco a poco. Por  desgracia para ellos, la sangre de los Hijos solamente concede la inmortalidad cuando son  verdaderamente felices; mientras que si se marchitan estando tristes, su sangre únicamente servirá  para aumentarles la esperanza de vida...

   Hasta que un Hombre Malo, pensando y pensando, llegó a la solución: presentar a los Hijos de  Agua y Fuego, para que sean felices con la presencia del otro; pero sin permitir que se toquen, dado  que una vez que se toquen, no lograrán volver a separarlos. Y estaba en lo cierto.

   Por ello, cuando nacieron los nonagésimo novenos Hijos de Agua y Fuego, esa fue su táctica. Iba  bien, hasta que desaparecieron misteriosamente y nadie ha vuelto a saber de ellos.

   Han pasado ya muchos años, y no han encontrado rastro de los siguientes Hijos. Sin embargo,  puede que los hallen pronto... >>