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jueves, 26 de septiembre de 2013

Capítulo 23: Asimetría (Pt. 2)

¡Hola! ¡Sorpresa! Espero que os guste esta última parte del capítulo, que me comentéis vuestra opinión.
Antes de irme, dos cositas: podéis seguirme en Tumblr, que me he hecho uno (Mi Tumblr pisioso); y, como veréis, así por la mitad del capítulo incluyo una canción. Es una canción que me gusta, y en cierto modo define los sentimientos de este capítulo. Quizás instaure esa nueva moda, ya que llevo haciéndo un par de capítulos. Podéis oírla mientras leéis el capítulo. Nada más, he sido directa. ¡Besos!
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  -¿Crees que conseguiremos rescatar a Kathleen y Jay?- Se interesó Sissie, removiendo su chocolate caliente con la cuchara.

  Estaban sentados en la mesa del jardín de Gaelle, en la delantera de una casa grande y decorada con muebles de anticuario. Según les había contado, el edificio tenía más de 150 años, habiendo pertenecido a los Plassmeyer desde la época victoriana. Lo cierto era que los ladrillos aclarados de la fachada y las ventanas de roble oscuro lo delataban.

  El jardín, al igual que el resto de la casa, había sido reformado y mantenido por Gaelle; pero seguía manteniendo un encantador aire inglés: el sauce llorón centenario proyectaba una agradable y violácea sombra a la entrada de la casa; el césped y el rosal crecían saludablemente; la pequeña fuente de piedra parecía enteramente un querubín rodeado de agua brillante; y la mesa en el centro enteramente había sido hecha para colocarse en aquel lugar.

  Keegan miró a Gaelle y Abby, enfrascadas en recoger los arreos de jardinería de Gaelle y regar un poco los arriates.

  -¿Por qué no podríamos? ¡Somos un gran equipo!- Y elevó un puño emulando a algún superhéroe de tebeo.

  Sissie le bajó la mano de un tortazo, frunciendo el entrecejo.

  -¿Ves?- Le recriminó, dejando de beber chocolate.- A eso me refiero. Crees que todo es una película americana sobre adolescentes que viven al límite y se enfrentan a un malo malísimo al que vencen al final de la cinta. Y todos vivieron felices y comieron perdices, ¿no?- Abrió los brazos, en aspavientos que pretendían ejemplificar alegría y felicidad extremas.

  -Perdona, Cecilia, pero solo soy optimista. No hay más.- El tono de voz de Keegan no era enfadado, sino más bien... Hueco, vacío. Una sombra de indignación cubría sus ojos cristalinos.- Hablas como si tú no fueras la rubia destartalada que se pasa la vida corriendo de aquí a allá, haciendo preguntas totalmente absurdas para alguien de tu edad y regalando amor hasta al portero de tu bloque de pisos.

  La había llamado Cecilia. Aquello solo ocurría cuando Keegan se enfadaba de verdad; aunque se repetía que su voz no sonaba a ello, no... Estaba herido.

  Keegan retiró su mirada de la expresión de tristeza de Sissie al oír sus palabras; y volvió a fijarse en la calle que pasaba frente a ellos: eterna, continua, monótona... Gente que circulaba de un lado a otro; un trajín de etnias y personalidades. ¿Se percataría ese hombre enchaquetado que corría- móvil en mano- a parar un taxi, de cómo Gaelle cortaba las espinas de las rosas pausadamente, con tranquilidad? ¿Sabría ver la pareja que cruzaba con parsimonia con el semáforo en verde que Abby era pelirroja natural? ¿O acaso notaría la chica de la bicicleta cuyas rastas ondeaban al viento la línea inexpresiva de pena que formaban los labios de Sissie por culpa de las palabras de su novio?

  Claro que no. Nadie se paraba a observar nada más allá de sus narices. Un pájaro cantando, un bebé riendo en un cochecito... Detalles del día a día que pasaban desapercibidos ante los ojos ajenos. Quizás, si alguien se hubiera detenido ese mínimo instante a ver lo que lo rodeaba, Gill y Cedric nunca habrían sufrido; ni Daniella tampoco. Lucy seguiría viviendo con su madre y habría formado una familia. Kathleen se habría criado con Gaelle, y juntas habrían buscado a Jay y Daniella; como era el plan de Gaelle, Cedric y Gill. Y, por ende, toda esa problemática en torno al rescate de ambos no estaría sucediendo. Pero claro, nadie hizo eso.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Capítulo 23: Asimetría (Pt. 1).



¡Hola! Creo que he publicado relativamente pronto, ¿no? Me estoy poniendo las pilas en compensación a este verano de viva la vida que me he pegado... (Bien pensado, no es que sea mi obligación, pero me gusta dedicarme a esto:3). Lo de siempre, espero que os guste, que lo disfrutéis y que me comentéis vuestra opinión, ya sea positiva o negativa. (Quería decir que ha sido un capítulo que me ha resultado emotivo de escribir; me ha obligado a meterme en la piel de un padre, así que lo que vais a leer a continuación se lo dedico a mis padres. Os quiero, papás). ¡Gracias por todo, pequeñuelos míos!
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  -Warwick.- Escupió Jay, al ver delante suya al principal cabecilla de toda la trama, al hombre de los ojos inquietantes, al hermano de... A su tío abuelo.

  Warwick lucía una sonrisa ladeada, cínica, la cual abría todas y cada una de las arrugas de su rostro, confiriéndole aspecto de pasa rancia. Se acercó más a ambos, con paso lento, saboreando el sonido de sus mocasines sobre la descascarillada madera. Llevaba las manos tras la espalda, entrelazadas a modo de villano de película barato.

  -¿No crees que deberías alegrar un poco esa cara? Os estoy haciendo un favor.

  -Já. Ni siquiera sabes lo que significa esa palabra.- Le recriminó, enfrentando su mirada. Los ojos grisáceos del señor Plassmeyer le sonreían de un modo inquietante; a lo que él le respondía con unos ojos cargados de rencor y resentimiento.- ¿Sabes? Siempre lo supe. Desde el mismo instante en que me invitaste con una muy lograda amabilidad a no relacionarme con la señorita Gray; desde entonces soy consciente de que tú planeabas algo en nuestra contra.

  -Creo que lo exageras todo un poco.- Comentó, mirándose el brillante anillo de oro macizo que llevaba alrededor de su dedo anular.- Mis instrucciones eran por facilitaros las cosas: nunca os íbamos a dejar estar juntos, era mejor que os ignorárais. Pero parece ser que no sabéis seguir unas simples pautas. He aquí las consecuencias.

  -¿Cómo siquiera sabes que Kathleen y yo nos hemos tocado?

  Warwick se agachó y quedó de cuclillas con el rostro a unos centímetros del de Jay. Le susurró, en un tono mortíferamente bajo:

  -No hay que ser muy listo, querido Dennison: ahora mismo estáis con las caderas pegadas.- El aliento le apestaba a café y puros.- Pero de todas formas, allí,- Dijo señalando la estantería al lado del espejo-puerta- se esconde nuestro cuartelillo general, diríamos. Mi queridísima sobrina os pilló in fraganti cuando estábais dándoos el lote.

  Tomó la mano de Kathleen, que se hallaba con la mirada perdida en algún punto recóndito de la sala.

  -Mi linda señorita, ¿querría que empezáramos las extracciones de sangre con usted?- Acarició su sedosa mejilla, pasó sus rugosos dedos a través de los cabellos de Kathleen, enredando los dorados mechones por sus anillos.- Eso de ignorarme no hará que no la atrape. Es lista, como su madre. Tiene la misma cara de muñeca de porcelana, y la voy a subir a mi estante.- Su mirada se volvía sórdida y turbulenta, como el agua sucia del alcantarillado.

  El golpe vino sin que él se los esperara. El puño de Jay encontró su desahogo contra la nariz del pérfido director, que cayó sentado y pasándose las manos por la nariz. La rancia sangre le emanaba y descendía a través del rostro.

  -Apártate de ella, viejo verde.- imperó.

  -Mi querido Jay.- siseó el director, acercándose de nuevo hacia él. Su voz ronca se había aclarado debido a sus dedos apretando el puente de su nariz, en un nulo intento por cortar su hemorragia.- Creo que no te han enseñado modales, ¿eh? ¿No te parece que un puñetazo no es la forma más adecuada de recibir a tu tío abuelo?

  Jay tragó saliva, atemorizado por la fiera expresión de su tío. De vez en cuando tenía un pronto de fiereza; la valentía y la hombría se le elevaban hasta límites insospechados. Sin embargo, mirar a ese hombre que compartía sangre con él lo transformaba en un cachorro indefenso tirado en mitad de un campo lleno de perros salvajes.

  Entretanto, Kathleen continuaba con la mirada perdida en alguna parte: el recuerdo de esta ocasión era diferente a todos los anteriores.  No sólo estaba viendo a su antecesores y padres, sino que, además, podía... Oír los pensamientos de Cedric. Escalofriante.

  La vida es curiosa. Quiero decir, pasamos años y años viviendo, o más bien, "existiendo"; sin sentir un mínimo de emoción. Entonces, de repente, ocurre un suceso que rompe todos tus esquemas. Un cambio que te trastoca, te transforma, te obliga a madurar y hace que la emoción no vivida en todos esos años anteriores se concentre en un mismo y, aparentemente, eterno instante.

  No es que ese fuera mi caso, dado que desde que vi a Gill entrar por la puerta la primera vez, con el pelo recogido en una alta coleta de caballo y escondiendo sus manos dentro de las mangas de un ancho jersey verde manzana; mi vida comenzó a ser una espiral continua de emociones extremas: amor, odio, desconfianza, ambición, miedo, desolación, felicidad. Sin embargo, ahora, al verla tendida en este camastro de sábanas con olor a desinfectante, entiendo algo: todos y cada uno de los años que vivimos tienen su cometido. Puede ser que te pases décadas siguiendo un monótona rutina, o puede que cada día sea una ciega aventura; pero lo que es seguro es que todos tus actos terminan llevándote a un momento cumbre de éxtasis en el que comprendes que todo el sufrimiento mereció la pena.

  La habitación de hospital tiene un aire sobrecogedor, provocado en parte por la neblina rosácea que se genera gracias a las proyecciones de la luz exterior al pasar por la pequeña ventana. Mi corazón palpita con fuerza, desbocado, sintiendo la alegría y el nerviosismo circular a través de cada uno de mis vasos sanguíneos. Paso mis manos a través de mis desaliñados cabellos, y vuelvo a mirar a Gill: duerme plácidamente, descansando tras un parto algo complicado. Yo la oí chillar, suplicar, respirar entrecortadamente; y temí que no pudiera soportarlo. Pero lo ha hecho.

  Justo en este momento se abre la puerta, y entra Gaelle enfundada en su abrigo verde botella, acompañada de la enfermera que trae la cuna portátil con la bebé. Como si las hubiera oído, Gill despierta, luciendo una inmensa sonrisa en su rostro.

  La enfermera toma a la pequeña criatura rosácea, que duerme también plácidamente, y la deja descansar en los brazos de su madre. La han lavado, y ahora es la cosa más bonita del mundo. No puedo evitar la cortina de lágrimas que empaña mi visión. Me acerco más a la cama.

  -Cedric.- Me dice Gill. Irradia felicidad y paz, sosteniendo a la bebé como si fuera lo que lleva haciendo toda su vida.- Mírala. Es... Nuestra niña.

  La pequeña abre los ojos, y suelta un breve sollozo.

  -¿Quién es la niña más bonita del mundo?- le pregunto. Todos reímos.

  Tiene el poco cabello y la pelusa que envuelve su cuerpo tan rubia como el pelo de Gill; además de sus inmensos ojos verdes. Sin embargo, al reírse, aparece en su mejilla la sombra del mismo hoyuelo que me sale a mí.

  -Gaelle, acércate.- La invito, moviendo la mano en gesto afirmativo. La mujer se levanta y se acerca a nuestro lado. Gill me pasa a la niña y la cojo como si fuera el don más preciado del mundo, con sumo cuidado. En realidad, en mi mundo sí que lo es.

  Gaelle la mira, y se vuelve a emocionar.

  -Ha tomado lo mejor de ambos. Es tan hermosa, e inocente...

  -Kathleen.- Digo, de repente.

  -¿Qué dices cariño?- se extraña Gill. Me río al observar la extraña expresión que se le forma al elevar las cejas.

  -Tú querías llamar Catherine a la niña, bueno, pues sugiero Kathleen. Es otra variante.

  -¿Y qué te ha hecho cambiar de idea?

 Pura, casta, joven, inocente, inmaculada. Ese es el significado del nombre "Katherine", o "Kathleen"; y esas son las palabras que se me han venido a la cabeza para describir a mi hija, al verla envuelta entre mis brazos, esperando que yo la proteja de todo lo que le venga. Desgraciadamente, no podrá ser así; no podré ayudarle a abandonar su etapa de joven inocente. Pero sé que ella sola lo logrará.

  A Gaelle, en vez de contarle todo esto, solo le hago un gesto similar a encogerme de hombros. Las palabras no me llegan a los labios; aunque prefiero, de todas formas, mantener este secreto conmigo. 

  Gill se sorbe los mocos, me mira orgullosa, y comenta:

  -Creo que merece que su segundo nombre sea Lucy. Así tendrá un lazo con nosotros y otro con Gaelle, que va a ser su "madre no biológica". 

  Asiento.

  -Bienvenida al mundo, Kathleen Lucy Mitchell Freeman.- Le beso la coronilla y rompo a llorar.

  Le paso a Gill la niña, y ella la toma entre sus brazos, la abraza con fuerza y la besa. Se la da a Gaelle. Ella también llora.

  Beso a Gill en los labios, y ambos abrazamos a Gaelle.

  -Sabemos que la vas a cuidar bien, confiamos en ti. Os queremos a las dos.

  Gaelle se remanga las lágrimas, pensando que, momentos después, deberá fingir un ataque de pánico porque se supone que hemos huido mientras ella no estaba en la habitación.

  Toda mi vida, el camino pedregoso a caminar, la montaña a escalar... Tenía esta finalidad: traer a la pequeña Kathleen al mundo. No significa que no haya tenido otras funciones, ni haya hecho otras cosas; es solo que ella ha sido lo mejor que yo pude hacer alguna vez. Se revuelve entre los brazos de Gaellle, y me gustaría poder aconsejarle que sea cauta, advertirle que va a sufrir; pero que todo tiene su recompensa al final del camino... Por mala suerte, por mucho que le gritara, ella no me entendería. Mas yo sé que lo hará algún día.

  Permanezco abrazado a Gill, esperando el momento. Es gracioso cómo una habitación tan pequeña está tan llena de vida y muerte a la vez. Tal vez sea porque ambas van de la mano, para recordarte que una es el premio a su propio castigo. Paradójico todo, ¿no? Mi vida ha sido corta pero intensa, llena de grandes momentos; aún así, no le temo a la muerte, o eso creo. Tan solo me invade una ciega curiosidad por saber qué habrá al otro lado, qué será lo que vea.

  Ha llegado mi momento, les susurro a las tres mujeres que me rodean que las quiero y, entonces, una brillante luz se cierne sobre mí. Estoy preparado. Es mi último suspiro, y lo dedico a mi hija.

  Cuídate, pequeña. Por ti merecen la pena este sacrificio y todos los que hagan falta.







domingo, 18 de agosto de 2013

Capítulo 22: Reencuentros (Pt. 2)

¡Hola! :) Merezco un linchamiento por no subir, perdonadme u.u. Por cierrrrrto, tengo Ask (http://ask.fm/LetItBe_), por si queréis preguntarme cosas chachis o criticarnos al blog y a mí desde anónimo :3.  Os recomendaría que leyérais a priori la primera parte aquí; por refrescaros la memoria tras estos dos meses en los que sólo he publicado tonterías varias, jeje. También avisaros que ganó "1.001"; a ver si me pongo en serio y os subo el capítulo 1. Y, sin más, esta última parte del capítulo 22.
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  Abby nunca había tenido nada propiamente suyo, algo a lo que querer o a lo que molestarse en proteger. Era la típica a la que le tiraban de las coletas en el colegio, hasta que ella aprendió a tirar de los pelos más fuerte que nadie. Y como sus padres no habían sido tampoco grandes apoyos, nunca fue una chica propiamente feliz.

  Así que, aunque odiara admitirlo y le entraran arcadas al tener aquellos pensamientos tan cursis, Louis había supuesto un gran cambio en su vida; por ello pasaban bastante tiempo juntos: por fin había alguien que la comprendiera. Y en una de sus salidas, llegaron a una cafetería donde una señora sesentona tenía un pequeño malentendido con Keegan por teléfono.

  Al descubrir que la señora no era otra que Gaelle Milner, hermana exiliada de Warwick que intentaba rescatar a Kathleen y Jay, decidieron ayudarla. Sí, por algún extraño motivo, había acabado cogiéndoles cariño a Romeo y Julieta. Quizás sólo era un arranque contra su madre, su forma de revelarse; pero ella quería creer que su pequeño corazón aún palpitaba lo suficiente como para ser capaz de ayudar a alguien.

  Finalmente, Keegan llamó y quedó en un bar de carretera cerca del Internado con Gaelle (a solas); y Abby y Louis los dejaron en intimidad mientras iban a investigar un poco las proximidades del Internado.

  A su vuelta, Keegan había desaparecido y Gaelle se hallaba formando drama con... ¿Margaret?

  -Gaelle, ¿qué ha ocurrido?- Inquirió Louis, observando la estrafalaria estampa.

  -Chicos.- Se apresuró a contestar Margaret- Warwick y los suyos habían usado a Sissie como rehén, y yo la rescaté. Entonces nos encontramos con Keegan y ella. Ambos, Keegan y Sissie, fueron a la ciudad y ahora vuelven; mientras Gaelle y yo... Solucionamos nuestros problemas.

  -Son madre e hija, Lou. Ella es Daniella.

  Abby ya sabía gran parte de la historia, pero a Louis se la acababan de contar entera y andaba un poco perdido.

  -¿Cómo lo sabes?- Se extrañaron todos los presentes.

  -Una vez, entre las muchas que me tocó espiar a Kath y Jay, les oí comentar algo de pasada sobre Margaret. Creían que era Gaelle, pero como yo sabía que eso era imposible por la descripción que me hizo mi madre de Gaelle, supuse que Margaret era Daniella y por eso el parecido físico.

  Estaba admitiendo delante de todos que siempre había sido la sombra de Kathleen y Jay. Aunque, bueno, a fin de cuentas, todo el mundo se esperaba eso.

  -Será mejor que vayamos a buscar a Sissie y Keegan; tenemos que rescatar a Kath y Jay.- Trató Margaret de cambiar el tema.

  -Pero...- Louis andaba perdido. Miró alternativamente a las tres mujeres, sumido en un mar de preguntas.- ¿Vas a ayudarnos? ¿Pese a estar peleada a muerte con tu madre?- Margaret asintió.- ¿Y nos vas a ayudar a salvar al bastardo que te recuerda uno de los peores momentos de tu vida?- Volvió a asentir.- ¿Por qué?

  Margaret respiró profundamente, impregnándose del olor a los lejanos pinos que volaba en el aire celeste grisáceo de aquel lugar en mitad de la carretera.

  -El amor.- Contestó finalmente.- El amor de una madre hacia un hijo va mucho más allá de todo, independientemente de si deseaba traer a esa criatura al mundo o no.

                                                                          ***

viernes, 14 de junio de 2013

Capítulo 22: Reencuentros (pt. 1)

¡Hola! Aplausos no, pero después de casi DOS MESES consigo tener esta primera parte. ¿La entenderéis bien? Preguntad lo que no sepáis, y lo de siempre, gracias por vuestro apoyo y comentadme vuestras opiniones para tratar de mejorar un poco más cada vez :).

 Kathleen estaba a punto de hiperventilar, el pulso acelerándose a cien por hora en todas las venas de su cuerpo. Podía sentir el pánico invadiéndola; pero tenía que mantener la calma, al menos, por Jay y Sissie.
 Un agudo pinchazo en la zona izquierda de su abdomen, y la sensación de líquido corriendo hacia abajo la inundaban; se habría caído de rodillas de no ser porque quería mantener la frialdad. Sin embargo, ¿también a ella la habían acuchillado? No lo recordaba; el dolor era demasiado intenso que no le permitía pensar con la suficiente claridad.
 -Por favor, termina rápido- susurró antes de que sus fuerzas la abandonaran, dejando de oír algo más que no fueran los gritos de Sissie de fondo. Entonces, oscuridad.
 La sombra se hizo persona con rapidez, y tomó el cuerpo de Kath entre sus brazos.
 -Estúpida chiquilla- masculló-. ¿Qué es eso tan terrible que he hecho? Sólo golpeé a tu chico porque no conseguiría tomarlo si estaba consciente.
 -Los has matado a los dos-le recriminó Sissie; mientras las lágrimas surcaban sus rosadas mejillas.
 -Calla, rubia de bote.
 -Es rubio natural- objetó. Sólo al momento se dio cuenta de cuán estúpida resultaba una discusión sobre la autenticidad de su color de pelo en mitad de todo aquel caos.
 -Sí, ya, y Gracie es mi auténtico nombre.
 Grace terminó de colocar la figura inconsciente de Kath contra la pared que se hallaba al final del desván, cerca de la ventana. Tomó unas esposas y la sujetó a una silla. Después, se acercó hasta Jay y repitió la misma operación, con algo más de esfuerzo.
 -Vaya, el chico es un peso duro. Suerte que está dormido.
 -¿Dormido? ¡Lo has matado!

sábado, 27 de abril de 2013

Capítulo 21: Cuentos de hadas sin final feliz.


¡Buenas! ¡Sorpresa! ¿Qué hago yo publicando tan relativamente pronto? Sinceramente, tenía unas ganas tremendísimas de escribir este capítulo, así que aquí me tenéis. He tenido que meterme en la piel de los personajes para hacerlo; y quería escribir una reflexión profunda sobre cómo se sienten Jay y Kath con todo lo que los rodea. Ya me contaréis qué os parece, y, de nuevo, no sabéis lo mucho que os agradezco que me leáis, enserio, significa  el mundo para mí. Muchos besitos:D.
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 Cuando Kathleen llegó a la calle, un nubarrón oscuro empezaba a cernirse sobre ella, anunciando una tormenta. "Malditos poderes", masculló para sí misma. Jay estaba sentado en la parada de autobús, con la mirada perdida hacia el horizonte.
 Inspiró y expiró, y se dirigió hacia él con paso decidido, tratando de fingir que, en esa situación ella era la madura de la pareja. Nada más lejos de la realidad.
 -Hola, rubiales. ¿Qué pasa?- le sonrió con ternura y se inclinó sobre él, apoyando sus manos en su regazo. Jay le giró la cara, con gesto aparentemente enfadado- ¿Jay?
 Jay la miró furioso, sus pupilas dilatadas por el dolor. Apretó la mandíbula.
 -¿Que qué pasa? Oh, no sé, quizás sea un poco idiota, pero creo que una señora acaba de revelarme que es mi abuela, que soy un ser medio mágico, que nací a raíz de una violación y mi madre está perdida; que mi abuela y mi tío abuelo, quien es nuestro director, intentaron herir a tus padres por un sueño rocambolesco. Y ahora quieren hacer lo mismo conmigo- empleó un tono sarcástico, impropio en él-: Llámame gilipollas, pero yo considero que lo que hemos descubierto no es moco de pavo como para hacer ver que soy súper feliz.
 -Sí, pero creo que has tratado demasiado mal a Gaelle. Ella...- tomó una bocanada de aire y fijó sus ojos en los de Jay. Sintió un escalofrío- Ella te quiere, Jay. Sí, ha cometido demasiados errores como para contarlos, pero, ¿no ves que se ha arrepentido? Y, ¿no es ése el punto de la vida? ¿Equivocarse, arrepentirse de ello e intentar cambiar?
 -Esa mujer sólo quiere a su persona, ella misma lo dijo. El amor no existe- ahora hablaba con voz de pito, imitando de forma ironizante a su abuela, dándole énfasis a cada palabra. Se levantó y encaró a Kath.

jueves, 18 de abril de 2013

Capítulo 20: Confesiones.


¡Hola a todos y todas! He tratado de escribir lo más rápidamente posible, porque ya mismo estaré liada con los exámenes y me será imposible publicar algo. Sé que este capítulo es lento y tedioso, pero creo que estas explicaciones las debía ya :) Los siguientes tendrán más acción, prometido. PD: de nuevo, empleo un vídeo en lugar de una foto. Adoro esta canción, y pienso que es una buena descripción de cómo se sienten muchos personajes de esta historia ante sus pérdidas. PD2: si no entendéis algo del capítulo, no os cortéis y preguntad. ¡Muchos besos!
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 Isabelle no existe. Si Isabelle no existía, ¿quién era aquella mujer? Y, sobretodo, ¿qué quería de ellos?
 -¿Va a tener la decencia de explicarnos quién es entonces?- se exasperó Jay, furibundo- ¿O nos va a soltar la bomba para luego abandonar la guerra?
 -Sí, claro- sonrió abiertamente la mujer, mostrando una estela de dientes pulidos y esmaltados-; pero, ¿qué os parece si antes de explicaros quién soy yo os explico quiénes sois vosotros? Nos ahorraríamos mucho trabajo.
 -Como desee.- contestó Kath con desgana.
 Así es que la mujer los condujo hasta la zona retirada de la entrada, donde había apartados para escuchar música y cómodos sillones de terciopelo. Voy a por algo para beber, les había dicho.
 ¿Y si iba y nunca volvía? O, ¿y si traía una metralleta para masacrarlos?
 Kathleen se apegó más a Jay en el tresillo que ambos compartían, y le transmitió su insistente escalofrío. Jay pasó su brazos sobre los hombros de ella y le besó la mejilla.
 -¿Asustada, pequeña?
 -Si estoy contigo, no- se giró hacia él y presionó sus labios contra los suyos. Necesitaba un poco de confianza en las palabras que estaba diciendo.
 El rechinar de unos tacones por el pavimento hizo eco en la sala. Se giraron y vieron a Isabelle caminar hacia ellos, portando una bandeja de plata sobre la que reposaban galletas de chocolate y tazas de porcelana.
 -Espero que os guste el té- comentó, mientras tomaba asiento enfrente de ambos.

miércoles, 3 de abril de 2013

Capítulo 19: Intocable.

¡Hola cielos! ¿Qué, cómo estáis? Siento mucho que antes de que podáis leer este capítulo, tengo que echaros la gran parrafada, no matadme.
Muchísimas gracias a Andrea Everdeen, del fantástico blog Los Juegos del Hambre, por regalarme esta preciosa cabecera, ¡me ha encantado! Si a Dillaardi no le molesta, la suya pasará a estar a la parte de abajo:)
Sabéis que me encanta adornar los capítulos con alguna imagen, pero en este no, porque, entre otras cosas, cualquier imagen sería un SPOILER como una casa; y, además, os obligo a que veáis el vídeo que pongo a continuación:
Ya sabéis que me encanta Taylor Swift, pero sinceramente, a esta canción ni siquiera la había escuchado. Y, entonces, me dijeron por Tuenti que la historia de Jay y Kath le recordaba a ella y no pude hacer otra cosa que mirar la traducción. ¡Mi madre! Parece que está escrita desde el punto de vista de Kathleen, es perfecta para la historia. Por favor, miradla, leed la letra^^.
Nada más, siento este capítulo, pero me ha sido muy difícil escribirlo y le agradezco a mis amigas que lo leyeron antes de que lo publicara, al menos un pedazo, y me dieron una opinión sincera porque no sé cómo ha salido (incluso me obligaron a que lo hiciera así). ¡Un beso y disfrutadlo!
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 Un ruido sordo de pasos hizo eco al final del pasillo. El murmullo de voces comenzó a elevarse, volviéndose más y más cercano por momentos.
 -¿Qué es eso?- musitó Kath, los nervios a flor de piel.
 -No sé- Jay tragó saliva duramente-. Parece que el director y su séquito se acercan. ¿Cambio de planes?
 Kathy asintió. No tenía ninguna intención de que los pillaran con las manos en la masa, literalmente; tendrían que posponer su visita para más tarde.
 Así es que, ya se sabe que situaciones desesperadas, requieren medidas desesperadas; y lo mejor que se les ocurrió a ambos fue huir hacia el desván.
  Cuando ya se encontraban arriba, Jay echó la llave dos veces, y suspiró de alivio. Podía oír las voces abajo.
 -Será mejor que no hagamos mucho ruido- susurró- ¿A quién planeabas visitar, Kathleen?
 -Nada. En otro momento- comentó distraída. Se hallaba en un ángulo oscuro de la habitación, estudiando el espacio en cuestión- ¿No era aquí donde estaba el supuesto baúl de Gaelle?
 -Creo que sí.
 -Pues a ver si tú me explicas dónde está, porque yo no lo veo.
 Tenía razón; el arca se había esfumado, así sin más. ¿Cómo era posible? Quizás...
 -¿Nuestro misterioso colaborador de nuevo?
 -No sé- contestó Kath, y se acercó hacia el espejo, en el que había notado algo un tanto extraño- ¿Sabes qué es esto?- indicó, pasando sus dedos sobre una pequeña pintada en la parte superior del espejo.
 -Está medio borroso, pero parecen las letras Alfa y Omega- se paró en seco. "El principio y el fin", como el inusual tatuaje de la muñeca de Grace.
 Deberíamos asegurarnos de que no hay nada más raro por aquí, se dijeron en silencio.
 -¿Indagamos un poco mientras el director se va?- Jay trataba de sonar casual, pero mientras tanto, un escalofrío recorría su espina dorsal.
 -Claro- susurró Kath.
 Y así es que cada uno se dedicó a un ala de la buhardilla. Jay andaba de aquí a allá, revisando los objetos esparcidos por el suelo; mientras que Kath estaba escudriñando todas las estanterías. Tan sólo era una cura en salud; para cerciorarse de que no había una cámara oculta por algún lugar.
 A diamonds sky, se leía en la portada de uno de los múltiples tomos de fantasía que pendían del librero. Aquella frase recordó a Kath a una que ella había utilizado en una canción. Le gustaba componer, aunque nunca lo hacía delante de nadie. Casi sin darse cuenta, comenzó a tararear.
 -Intocable, como un distante cielo de diamantes.
 Te busco y ni siquiera puedo explicarte por qué;
 me atrapaste.
 Jay cesó lo que estaba haciendo y se giró, incrédulo.
 -Kathleen, ¿qué cantabas?
 -¿Yo?- sus mejillas, típicamente rosadas, se empezaban a tornar rojo oscuro; y decía palabras sueltas, frases incoherentes- Oh... Ya sabes, bah, me gusta tararear canciones... Nada en especial.
 Se volvió sobre sí misma y continuó con su tarea, tratando de evadirse. Pero, de nuevo, sus labios se abrieron sin que ella se lo pidiera.
 -Intocable, quemas como el Sol, 
 y cuando te acercas siento como que me derrito.
 Era una melodía pausada la que fluía a través de los labios de Kath, apenas audible. Jay quería creer que era verdad y no estaba delirando; que ella le estaba cantando a él.
 -En mitad de la noche cuando estoy en este sueño,
 es como si un millón de pequeñas estrellas deletrearan tu nombre.
 Tienes que acercarte, vamos, di que estaremos juntos.
 Jay se levantó y caminó hacia ella, quedándose tras suya. ¿Qué clase de canción estaba recitando?
 Kath se subió a una banqueta, a revisar los libros de arriba, aunque estaba más pendiente de su canción que de otra cosa. No era buena idea, lo sabía, pero su parte irracional la estaba dominando y se sentía en la necesidad de cantarle a Jay eso que había compuesto sobre él.
 -Vamos, acércate, pequeño bocado del cielo.
 Es difícil y no estaré aquí todo el día esperando.
 Sé que dijiste que estarías aquí de cualquier forma,
 pero eres intocable, brillando y quemando más que el Sol...

 ¡Ah!- su último verso se perdió en el aire, a la vez que ella gritaba por la sorpresa. Había encontrado unos ojos felinos mirándola a través de los libros. Tal fue su impresión que resbaló.
 El golpe contra el suelo no fue especialmente doloroso; de hecho, había tocado sobre algo suave. Se apoyó sobre sus codos y levantó la cabeza, apartándose el pelo de los ojos. Se encontró justo enfrente de los oscuros ojos de Jay, que le estaba sonriendo: ¡había caído encima de él! Su pecho lo estaba rozando, y quería ignorar el calor que desprendía y la inundaba por completo. 
 Se apartó y se sentó en el suelo, justo al lado de él. Acababan de romper todas las reglas establecidas; se habían tocado. Y, lo peor eran ese horrible hormigueo y ese deseo incontrolable de acariciarle los mechones rubios otra vez. Trató de mantener sus estúpidos sueños a raya, y se dirigió hacia él:
 -Lo siento mucho por haberme caído sobre ti, esto... Dios, yo no...- le estaba restregando las manos sobre el pecho, en señal de disculpa, limpiando una mancha inexistente. Apartó bruscamente las manos.
 Jay estaba a punto de echarse a reír. Le acarició la mano con ternura y la miró, sus brillantes ojos verdes iluminados por algo totalmente nuevo en ella.
 -Eh, Kathy- se acercó un poco más, hasta que sus caderas chocaron. Quería respirar su aire, mientras le decía-: ¿Qué esperamos, el Apocalipsis zombie, un cataclismo universal...? Porque la parte de lo que ocurriría si nos rozábamos nunca me quedó clara.
 Kath le contestó con sorna:
 -¿Qué muramos? ¿Qué nos descuarticen? ¿Qué nuestros poderes hagan explotar algo?
 -Todavía no ha ocurrido nada de eso- tomó algunos mechones de su pelo y los colocó tras su oreja, un simple gesto que hasta hace momentos era impensable para ellos.
 -Si estás pensando darme un beso- volvió su cabeza hacia él, de forma que quedaban de nuevo a centímetros-, será mejor que lo hagas ahora, antes de que me dé cuenta de lo que estamos haciendo y no te lo devuelva. 
 Las comisuras de los labios de Jay se elevaron hasta formar una amplia sonrisa. Acercó aún más su rostro al de ella, y la besó tímidamente. No sabía bien qué hacer, cómo actuar. Empezó a profundizar el beso, a lo que ella le respondió gratamente. Sus labios eran tiernos como el algodón, frescos y agradables. Pasó su mano a través de la espalda de Jay y la acarició. Y transcurrieron así durante un momento, sin querer separarse el uno del otro; disfrutando de todo lo que los rodeaba en ese beso que les hizo olvidarse de todo. Jay besó la barbilla y bajó hasta el cuello de Kathleen.
 Ella exhaló un pequeño suspiro, de felicidad. Abrió sus ojos, al tiempo que escuchaba las voces de nuevo, muy próximas a ellos.
 -Será mejor que salgamos de aquí- asintió y tomó la mano de Jay. Se dirigieron hacia la estantería del fondo, recordando que se abría y accedía al otro pasillo.
 Bajaron sigilosamente las mugrientas escaleras.
 -Vaya- musitó Kath- esperaba algún comentario tuyo haciendo alusión a lo extremadamente sexy que eres.
 -Después de cómo te has entregado a esta carita que tengo, no necesito insinuar más; ya he confirmado mis sospechas sobre que bebes los vientos por mí.
 -¿Creídos? ¿Dónde?- ironizó.
 -Shh, Ojos Verdes- susurró Jay- si sabes que en realidad yo también te quiero. Aunque sólo sea un poquito.
 -Está bien- se exasperó- ¿A dónde vamos ahora?
 -A escapar de aquí, del gato ése que había allí arriba.
 -¿Tú también lo has visto?- se aclaró la garganta; estaban de nuevo en la calle. Corrieron de puntillas a través del pasillo, y llegaron a la puerta trasera-. Bueno, dejémoslo. ¿Vamos adonde yo pensaba ir antes?
 Movió la cabeza en gesto afirmativo, y le pasó el brazo sobre los hombros, apretándola junto a él. Corrieron por los bosques del Internado; la estación de autobuses más cercana quedaba aún a medio kilómetro.
                                                                        -o-
 -¿Te he dicho alguna vez que odio el coco?- se quejó Sissie, con cara de repugnancia, mirando su batido.
 Vanessa dio un fuerte sorbo al suyo de frambuesa y la miró, expectante:
 -¿Por qué, si puede saberse?- trataba de no reírse, interesada en la extravagante respuesta que esperaba que le diera su amiga.
 -Oh, ¿no has visto cómo son? Ovalados, con los tres agujeritos y todos esos pelos marrones sobre ellos- se estremeció sólo con describirlo- parecen Oompa-Loompas malévolos.
 -Sissie, cariño, ¿por qué metes a los Oompa-Loompa en todo?- se giraron hacia la voz que les estaba hablando: Keegan, que llegaba desde la barra junto con Callum y otros dos batidos.
 -No los meto siempre- se defendió, sacando morritos y fingiendo ofenderse.
 -Rompiste el gnomo de jardín de casa de mi abuela, porque creías que era un Oompa-Loompa que venía a atacarte.
 -Admite que, a las nueve de la noche, la luz de la luna le daba aspecto de sicario.
 -Eh, ¿no es esa Abby?- cambió la conversación, Callum.
 Los cuatro desviaron su atención a través del cristal de la ventana junto a la que estaban sentados. En efecto, estaba pasando por ahí la pelirroja.
 -Y Louis también- se asombró Keegan- ¿Desde cuándo están saliendo esos dos?- inquirió, reparando en el agarre de sus manos y sus miradas acarameladas. ¿Abby mirando de forma acaramelada?
 -¡Esto es increíble!
 -Sí que lo es- corroboró Vanessa-. Nunca me esperé a Abby y a Louis... Bueno... De esa forma.
 -No, yo me refería que lleva puesta la misma blusa que yo.
 Observaron la camisa de estampados verde manzana que ambas lucían aquel día. Lo último que Sissie podría esperarse, era elegir la misma blusa que Abby.
 -No sé por qué estará con ese petardo.
 Callum se dejó caer sobre la silla, sus alborotados rizos cayéndole sobre la frente. Se los restregó.
 -Tronco- le palmeó Keegan la espalda, sentándose a su lado-. Todos sabíamos que Abby y tú nunca funcionaríais. Ella, bueno, ella es...
 -Satánica.
 Asintió hacia Vanessa.
 -Sí, yo tampoco me explico cómo estabas colado por ella- comentó Sissie, removiendo su batido con una cuchara-. Parecías masoquista. ¿Seguro que no tienes complejo de Anastasia Steele o algo?*
 Vanessa le dio un fuerte puntapié a través de la mesa.
 -Y mirad quién pasa por allí también- el tono de Keegan se agrió- nuestra bibliotecaria.
 Los otros tres se giraron y vieron a Margaret andando a paso ligero, portando una de sus típicas faldas a media pierna.
 -¡Au! ¿Por qué me das un coscorrón?- lloriqueó Callum.
 -No le mires el culo a esa impostora. Esa cara de mosquita muerta no es más que una tapadera. Planea algo gordo, lo que yo os diga.
 -Luego dices que yo soy paranoica- Sissie  se agachó hacia su bolso y tomó su móvil, que estaba sonando- Oh, es el Internado. ¿Sí? ¿Diga? ¡Ah, Jay! Un momento, te oigo mal, hay interferencias.
 Se posó el auricular sobre el hombro y mandó callar a los demás con un gesto silencioso de manos.
 -¿Que dónde estoy? Pues aquí con Callum, Keegan y Vanessa, merendando algo. Se te escucha raro, ¿estás resfriado o algo? ¿Cómo?
 Los demás escuchaban atentamente.
 -Bueno, está bien, veré lo que puedo hacer. No os mováis de ahí.
 -¿Qué le pasa a mi campeón?
 -No sé. Me ha pedido que vaya urgente, dice que Kath ha desaparecido.
 -No lo dices muy preocupada.
 -Es que... Hay algo que no me cuadra. Su voz era profunda y gutural, además tenía un acento mucho más marcado.
 -Será mejor que no vayas- salió el lado sobreprotector de Keegan.
 -No- respondió rotunda, levantándose y poniéndose la chaqueta-. Últimamente están sucediendo cosas muy extrañas. Kathleen y Jay son los siguientes Gill y Cedric; me di cuenta hace mucho. Y son mis amigos, quiero salvarlos antes de que ellos desaparezcan también.
                                                                         -o-
 Los autobuses colectivos olían terriblemente mal. El leve pero intenso aroma a tabaco se mezclaba con el sudor, las colonias de diversos tipos y el sándwich de tres pisos que se estaba comiendo el hombre calvo del asiento de al lado. Kathleen y Jay iban muy apegados, intentando separarse lo más posible de aquel espécimen que apestaba a carne en barra y soltaba trocitos de comida al masticar. Se levantó el brazo para rascarse la calva, dejando al descubierto una gran maraña de pelos bajo la axila. ¿Cómo, a principios de enero que estaban, podía ir con mangas cortas? ¿Era para mostrar sus grasientos pelos?
 -Creerá que es muy atractivo- masculló Jay.
 Kath ahogó una sonora carcajada en su garganta. Suerte para ella que acababan de llegar a su parada.
 -Vamos, rubio. ¿Estás listo?
 -Si es contigo, sí- le contestó, saliendo junto a ella.
 Entraron en la tienda. Todo estaba como la última vez: los libros organizados en inmensas secciones, el parqué reluciente, los sillones color cárdena al final de la habitación. Y la anciana mujer, con su tirante moño grisáceo y su nariz de bruja, mirándoles a través de sus enormes gafas de pasta.
 -Oh, bienvenidos, bienvenidos- se subió a su silla, para intentar ganar unos centímetros, y se abrochó los botones de la rebeca de punto- Isabelle para servirles. ¿Qué les trae de nuevo por aquí, jóvenes?
 -Estábamos buscando algo- la miró fijamente Kathleen.
 -Así que, ¿ya es oficial?- comentó, mirando sus manos entrelazadas e ignorando todo comentario- Qué calor que hace aquí, uf. No, espere, hace frío, ¿no?
 Por primera vez, eran ellos mismos los que estaban controlando sus poderes, ejerciéndolos contra aquella mujer.
 -Creo que mi compañera no se ha expresado bien. Venimos buscando un alguien más que un algo.
 -Este no es un sitio muy concurrido, seguramente no vengan al lugar indicado- musitó, haciendo girar un lapicero con su largo y fino dedo índice.
 -Déjese de tonterías, señora, sabe que venimos a buscarla a usted.
 Fingió sorprenderse.
 -¿A mí? ¿Qué puede ofrecerle una anciana miope a unos chicos tan guapos?
 Sus ojos grises se volvían más y más oscuros, revelando una malicia que era preocupante.
 -No mucho, la verdad- se sinceró Jay-. Sólo queríamos que nos confirmara si usted es Isabelle o no.
 Isabelle gesticuló una especie de mueca, la cual marcaba todas sus arrugas. No era más que una astuta sonrisa camuflada.
 -Tenéis razón, queridos. Isabelle no existe, es sólo una farsa.




*Anastasia Steele es la protagonista femenina del famoso bestseller "5o Sombras de Grey". Sissie hace alusión a su entrega a los ritos sadomasoquistas de Christian Grey, y a aceptar ser su sumisa; sólo por estar enamorada de él.

 








viernes, 22 de marzo de 2013

Capítulo 18: Escalofriantes hallazgos.



¡Hola! Por fin soy libre para escribir ¡aleluya! Siento mucho si el capítulo no está demasiado bien pero... Es todo lo que queda de mi capacidad cerebral tras dos estresantes semanas de exámenes. Perooooo... Antes de que podáis leerlo y decirme si es tan cutre como yo pienso, una serie de cositas:
1. He eliminado la aplicación de "número de visitas". Ha habido un error, y no sé ya si el que falla es mi contador de Blogger (que marca menos de 4000 o así) o este, así que lo elimino y ya veré si algún día la vuelvo a incluir.
2. Bueno, muchas gracias por la aceptación que está teniendo lo de las redes sociales (aparte de que ya tengo 25 SEGUIDORES y no me quedarán vidas para agradeceros) estoy descubriendo otro mundillo, y sois todos los de Tuenti muy majos :'3
3. Sobre la encuesta que tengo puesta aquí al lado... La mayoría (aunque sea mentira) habéis votado que aquí todo es perfecto, así que, no puedo pediros nada xD. Pero creo recordar que cuatro le habíais puesto algo menos. Si queréis, podéis decirme qué os gustaría que cambiara, no me molesto, todo lo contrario. Y, bueno, el que ha votado que este blog es indescriptible y terrible, dime qué hago D: (aunque sospecho que si tan poco te gusta, no volverás a aparecer por aquí...)
4. ¿Os gusta el nuevo estilo del blog? Me habíais dicho que era muy oscuro, así que algo más... Alegre :) PD: se supone que la foto de fondo es el Internado ja ja.
5. ¿Os apetecería si organizara una especie de "concurso" jaja? No sería un concurso real porque no creo que nadie quiera participar, y el premio consistiría en una entrada especializada para vosotros o (si acaso) algún relato o dibujo que pinte y os dedique. Pero si os interesa, es que me he quedado sin imaginación y, bueno, así participaríais en esta historia: decidme un nombre de chico y otro de chica, por comentarios si queréis, y su significado. Esto es muy importante si os interesa, porque elegiré, probablemente aquel cuyo significado sea más original o se ajuste más al personaje.
6. Bien sé porque me han leído cuatro gatos hasta hace nada, lo difícil que es empezar en Blogger. Así que aquí va un blog nuevo que me gusta y que os recomiendo totalmente para que le echéis un vistazo: Existence & Us
7. Pasaos por la pestaña de "Personajes", la estoy actualizando
. (IBA SIENDO HORA)

Nada más que añadir. ¡Un beso y dejadme vuestra opinión sobre este capítulo tan feo que vais a leer! :)
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 Abby se masajeó el cuero cabelludo, acariciando sus largos mechones. Esta vez, se había puesto extensiones azul eléctrico que le llegaban por debajo de los omóplatos. Observó su atuendo, compuesto en su mayoría por prendas oscuras, y suspiró. No era demasiado alta, su cara era un mapa de pecas y no destacaba por ser especialmente simpática. Podía entender que Jay no se fijara en ella... Bueno, ni Jay ni nadie.
 Exhaló abruptamente y se puso los auriculares. Comenzó a reproducir música de forma aleatoria en su móvil, y se quedó fija mirando a un punto opaco en la distancia.
 -¿Te ocurre algo?- se giró sobre sí misma y observó a Louis, vestido con unos vaqueros oscuros y una sudadera del Manchester United. La miraba de forma casual.
 -Nada en especial- se encogió de hombros y volvió a dejar su mirada perdida en el infinito- todo en general.
 -¿Te apetece hablar con alguien?
 Antes de que pudiera contestar, él ya se había acomodado a su lado, en el banco que había delante del parque. Había ido a la ciudad a hacer unas compras y, curiosamente, Louis andaba por allí también.
 -Me gusta venirme aquí a pensar. Te aclara las ideas.
 -Es bonito, sí- un atisbo de sonrisa iluminó sus ojos dorados-. Tranquilo, pacífico, luminoso... No coincide mucho con el perfil de la Abby que yo conozco.

 -La Abby que tú conoces es en su mayoría una fachada. Ser borde es más sencillo. Evito caerle bien a la gente. Así nadie me quiere. Aunque a veces me gustaría que lo hicieran.
 -¿Eres un poco paranoica?- le apartó un mechón de cabello escarlata de la cara.
 -No. Todo es una jodida mierda. Y perdona por hablar así. Es fácil fingir ser una borde, y no gustarle a nadie, a fin de cuentas no los necesito. Pero, ¿no quiero ser yo quien dirija mi vida? ¿Quién decida si me apetece ser amiga de alguien o no?
 -¿A qué te refieres exactamente?- se sentía confundido.
 -Oh, ya sabes. Mi madre tiene planeado un futuro para mí. Era una idea atractiva al principio, pero ya no. No quiero vivir confinada en un mundo que sigue unos principios que a mí no me gustan. Quiero dictarme mis propias reglas. Y elegir mis propios amigos.
 -¿Tu madre te selecciona los amigos?
 -No, más bien los enemigos. Y me insta en los chicos en los que tengo que fijarme. Lo peor es que todo es un maldito plan con fines no demasiado buenos, que digamos.
 -Vamos, que tu madre no es candidata al premio a la mejor progenitora del año.
 Abby estalló en sonoras carcajadas. Le dolía el abdomen de tanto reír.
 -Gracias.
 -¿Por qué?- Louis le sonrió abiertamente, agradecido por ver algo de felicidad en su rostro, para variar.
 -Hacía mucho tiempo que nadie conseguía hacerme reír. O que alguien se sentaba libremente conmigo a pasar un rato. Gracias, de verdad. Te deberé un favor.
 -Puedes pagarte el favor acompañándome a Starbucks a tomar un café- se puso en pie y le tendió la mano-. Por cierto, lo que pasó el día de la librería fue todo un maquiavélico plan de distracción contra ti, pero sigo pensando que eres muy guapa. Y las mechas eléctricas te sientan muy bien.
 Le guiñó un ojo y Abby tomó su mano, agradecida como nunca antes. Por una vez, alguien se había acercado a ella y la había tratado con cariño; y, sólo por una vez, ella no se había sentido en la necesidad de ser una cínica.
 Mientras tanto, aquel viernes, Jay y Kathleen se hallaban en las proximidades del Internado, paseando a Barto.
 -¿Y si nos ve Plassmeyer? ¿O la cacatúa? No quiero tener más problemas.
 -Eh, Ojos Verdes- le respondió Jay en tono conciliador- hoy es el día libre de la Applewhite. Y Warwick está pavoneándose con esos gansos vestidos de Armani. ¿Quiénes son, por cierto? ¿Benefactores del Internado o algo?
 -No sé. Pero ya sabes, Warwick se pavonea delante de todo el que lleve un maletín de Burberry consigo.
 El tono irónico de Kathleen era, precisamente, una de las cosas que más atraían a Jay de ella. Le recordaba que la chica no era la típica mojigata esperando a su príncipe azul, sino que sabía ser ingeniosa y, a veces, hasta un poco sarcástica si lo pretendía. Se volvió a concentrar, para dejar de mirarla como un alelado.
 -Jay, deja de hacer que salten chispas por todas partes- se quejó Kath-. Sé que mi presencia te pone nervioso- rodó sus ojos y se puso a dar vueltas sobre sí misma, de una forma bastante cómica.
 Jay rió.
 -Me aterras- se acercó un poco más a ella, quedando a varios pasos- al parecer, igual que yo te aterro a ti.
 -Me aterra que seas un descerebrado- se defendió, y caminó lejos de él, realmente nerviosa- ahora sí que creo que deberíamos volver- miró el cielo- se acerca una tormenta.
 ¿Era una casualidad las inclemencias del tiempo, o sus "poderes" tenían algo más que ver?
 Jay asintió y comenzó a caminar hacia el edificio. Barto lo siguió, y le empujó la pierna.
 -¡Eh! Un chico duro...
 Lo tomó con sus brazos y le acarició la cabeza, a lo que Barto le respondió con un lametón de mejilla,  babeándole toda la cara. El perro salió corriendo y Jay lo seguía maldiciendo; quería agarrarlo y devolverle la jugada. Sin duda, era una escena tierna a la vez que simpática para Kath, que los seguía desde atrás, riéndose con fuerza.
 -¡No escaparás, Barto querido, por mucho que lo intentes!
 Estaban a unos metros de los traseros del Internado cuando el perro saltó con fuerza, y aterrizó sobre un trozo de chapa de coche vieja que yacía  entre la hierba. La chapa se hundió, y con ella el animal.
 Kathleen abrió los ojos de forma desmesurada.
 -¿QUÉ HABÍA AHÍ DEBAJO?
 -No sé- contestó Jay, con la preocupación tatuada en sus facciones.
 Se acercaron y comprobaron que la chapa se había hundido, en efecto, dejando al descubierto unas escaleras mohosas y una habitación oscura sobre la que había caído Barto.
 -Parece que nuestro amigo Barto ha roto la puerta de un pasadizo secreto.
 Jay comenzó a bajar las escaleras con parsimonia. No quería encontrarse con escalones desmaídos o llenos de cucarachas. Kath lo seguía a una distancia prudencial, siempre tratando de no resbalarse con el moho que impregnaba la escalinata. El último escalón había desaparecido, así que tuvieron que dar un salto para caer al suelo.
 -Qué susto nos has dado, pequeño- le dijo Kathy a Barto, acariciándole sus suaves orejas de color canela. El perro le respondió con un lametón cariñoso- Jay, ¿dónde estamos?- preguntó asustada, levantándose; el miedo apoderándose de ella otra vez.
 -N-no sé- contestó Jay con los ojos vidriosos.
 La estancia donde se encontraban era oscura y presentaba un aspecto dejado, con un toque siniestro. Habría podido pasar por un sótano en otras condiciones, si no fuera por la trampilla que delataba que no querían que se descubriera. Además, las paredes grisáceas a las que ilumina el débil rayo de luz que se filtraba en la habitación, tenían pintadas de color rojo sangre inquietantes.
 Brotherhood. Infinite. Our inmortal dream. Traitors will pay us their treachery with their blood. *
 Además de otras palabras en idiomas muertos como el latín o el griego clásico. ¿Qué era aquello?
 Kathleen sorteó algo en el suelo y caminó hacia la pared a observarla de cerca.
 -Eh... Kathleen- titubeó Jay.
 Ella se volvió y lo miró con incertidumbre, ¿qué ocurría?
 -¿Has... Has visto qué es con lo que has tropezado?
 Kathleen miró sobre sus pies y dio un fuerte respingo, aterrorizada. El gran bulto del suelo no era otra cosa que, ¡un cuerpo humano! Estaba envuelto en una toga blanco roto, la cual se hallaba rasgada y manchada de sangre reseca. La cara estaba desfigurada debido a la sangre que había manado de las diferentes heridas y el tiempo; pero se podía notar por la forma de sus facciones que era hombre. Olía tan mal que, sin duda, llevaba muerto bastante tiempo, pero no tanto como para que hubiera empezado a descomponerse.
 -Mira- señaló con un hilo de voz la nota que llevaba agarrada con un imperdible al pecho.
 Ben Walsh. 22-09-2012 Traitors will pay us their treachery with their blood.
 El supuesto Ben había sido cruelmente asesinado tan sólo tres meses atrás. Jay tomó, tiritando de pavor, su móvil y encendió la linterna que éste incorporaba. Alumbró la sala.
 El fuerte estruendo que provocó el móvil al caer al suelo y romperse no se debió a otra cosa sino a que su dueño lo había soltado de tal impresión como le había causado lo que había visto: la sala estaba llena de cadáveres, algunos en mayor estado de descomposición que otros, pero todos desfigurados, envueltos en sábanas ensangrentadas y con notitas pegadas sobre sus pechos, en las que figuraban su nombre, la fecha de su muerte y aquella macabra frase.
 Kathleen, después de haber proferido un nervioso chillido, estaba más relajada, pero el terror era hasta palpable en cada uno de sus movimientos.
 -Vayámonos de aquí, por favor.
 -S-sí...
 Pero para su desgracia, no sería tan sencillo. Se habían alejado bastante de la trampilla, y ya no se distinguía el leve atisbo de luz que por ella se filtraba. Por no hablar de que, al romperse el móvil, habían perdido toda posibilidad de alumbrarse.
 Guau, guau, se escuchó. ¡Barto! Kath corrió a través del depósito de cadáveres, procurando no pisar nada, hasta llegar al punto del que procedía el sonido. Barto, como bien lo había enseñado Jay, había seguido el olor a chocolate. Un momento... ¿chocolate?
 A Kathleen se le iluminaron los ojos: ¡la cocina!
 -¡Jay! Sigue mi voz, Barto ha llegado hasta una puerta que es la trasera de la cocina.
 Jay tomó sus indicaciones y siguió su relajada voz a través de la penumbra, llegando a su lado.
 -Quédate donde estás- le susurró con voz ronca.
 -Tranquilo- y de repente las estrellas verdes habían desaparecido. Jay se asustó-. Pasa, ¿no?- le indicó a través de la rendija de la puerta.
 Ambos llegaron, en efecto, a una escalera que conducía a la cocina, donde se estaba haciendo una olla de chocolate caliente para las visitas del director.
 -Corre, antes de que vuelva Agnes.
 Salieron pitando de allí porque ya se oían los gallos de la oronda cocinera, que cantaba soul mientras cocinaba.
 La primera sala que estuviera cerca de la cocina era la biblioteca, así que allí entraron.
 Oh, Dios, habían metido la pata. Las luces estaban apagadas, pero había un  hombre mirando las estanterías de forma sigilosa, y una mujer delgada con un gorro negro escondida debajo del escritorio.
 -¡Ladrones!- chilló Kathleen.
 Las luces saltaron y se encendieron, debido sobretodo al efecto de Jay y sus nervios sobre el ambiente.
 -¡Au! ¡Mi madre, qué dura está esta mesa!- la muchacha se había golpeado la cabeza del sobresalto de oír a Kath.
 -Espera... Esa voz... Sissie, dime por lo más sagrado que no estás ahí- masculló.
 Los ojos turquesas de Sissie se asomaron débilmente por encima  de la mesa. Llevaba el pelo rubio platino peinado en dos trenzas, se había puesto un gorro de punto negro y se había pintado dos rayas de verde camuflaje debajo de los ojos. Para colmo, iba entera vestida de negro.
 -Hola, amigos- musitó, intentando fingir una sonrisa.
 -Por favor- Jay trataba de aguantar la risa- dime que no te has vestido así para venir hasta aquí. Pareces salida de un cómic de gángsteres, apunto de asaltar un banco.
 -¡Quería meterme bien en mi papel!- se quejó, el rubor escalando desde su cuello a través de sus mejillas.
 -Keegan, ya puedes salir.
 Keegan siguió la orden de Kath y apareció tras la estantería, su metro ochenta y seis enfundado en un mono de neopreno negro, a conjunto con la máscara de esquí que llevaba. Se deshizo de ésta, dejando al descubierto su cara igualmente roja debido al bochorno.
 -Bueno- comenzó Kathleen, cruzando sus brazos sobre su pecho- ahora explicadme por qué demonios os habéis colado aquí en plan clandestino vestidos como dos ladrones de película de comedia. ¿Tenéis complejo de Bonnie y Clyde** o algo?
 Tragaron ambos saliva.
 -Nosotros, esto, ejem...- Sissie no sabía qué responder.
 -Sissie y yo estábamos preocupados porque Margaret estuviera cenando aquí en Nochebuena. Así que la buscamos en Internet, y no hubo resultados algunos. Como si no fuera una persona real. Habíamos venido para sacar algo en conclusión.
 -Osea, os coláis en el Internado en mitad de las vacaciones vestidos como atracabancos, ¿sólo porque no hubo resultados de búsqueda cuando probasteis el nombre de Margaret en Internet?
 -No es sólo por eso. Ya había algo extraño en torno a ella.
 Y Sissie les arrojó la misteriosa carpeta J que habían descubierto ella y Keegan tiempo atrás.
 Kathleen la abrió.
 Pasó por alto la mayoría de los recortes de periódico, ninguno tenía mucha relación con el tema. Pero sí hubo algo que la alarmó: la foto del bebé.
 -¿Qué pasa, Kath?- inquirió Jay, ya que ella se le había quedado mirando fijamente.
 -E-e-eres t-tú.
 -¿Cómo? Es imposible.
 Pero tomó la foto que ésta le mostraba y se volvió frío como el hielo. El pelo rubio trigal, la nariz recta, los ojos marrón chocolate... Aunque el bebé de la foto sólo tuviera dos años, no había duda de que era él.
 -J.D. Jay Dennison... Cómo no lo pensamos antes...- murmuró Keegan.
 -Pero, ¿por qué tendría una fotografía mía? ¿Cuándo ha podido verme?
 -Jay, ¿recuerdas el nombre de tu primer orfanato?
 -Mmmm... No sé, tuve mi primera familia de acogida con sólo tres años, aunque creo recordar que se llamaba... McDonald... Tenía por nombre un apellido irlandés...
 -¿McNamee puede ser?
 -¡Exacto! ¿Cómo lo has sabido, Siss...?
 Se calló al ver el monitor del ordenador que le enseñaba Sissie, en el cual brillaba una carpeta con aquel nombre.
 Vale, Margaret había estado siguiendo sus pasos desde pequeño, pero... ¿Por qué?
 -Ahora también me vas a decir que estoy loco si creo que Margaret es Gaelle Milner, ¿no?
 Aunque era prácticamente imposible que la mujer se hubiera mantenido en las mismas condiciones físicas por treinta años, después de ser unos chicos con poder sobre el agua y el fuego respectivamente, perseguidos por algo que no sabían lo que era; nada era del todo imposible.
 -¿Que Margaret es quién?
 -Déjalo, Keegan, marchaos de aquí.
 -Pero...
 -No hay peros que valgan- la afable mirada de Jay se veía por primera vez fría, distante y lejana.
 Una vez que sus amigos habían salido por la puerta, Kathleen se dirigió a él:
 -Te llamaría loco por pensar que Margaret es la primera mujer inmortal, pero después de ver el depósito de los cadáveres de los enemigos de esa secta satánica... Bueno, voy a acompañarte en esta loca idea.
 Empezó a caminar hacia la puerta.
 -Kathleen, ¿adónde vas?
 Barto la seguía. Miró sobre su hombro y se limitó a contestar:
 -A un sitio donde deberíamos haber ido hace mucho tiempo. Hay más de una persona que nos tiene que dar explicaciones y respuestas. ¿Vienes o te quedas?
 -Voy. Y... ¿Kathleen?
 -¿Qué?- se giró sobre sí misma.
 -Sé que soy tan exageradamente atractivo que te perturbo sólo con mi presencia, pero por favor, deja de hacer nevar. No llevo calzoncillos de pantalón para el frío.

*La traducción literal es: "Hermandad. Infinito. Nuestro sueño inmortal. Los traidores nos pagarán su traición con su sangre", para aquellos que a lo mejor no tengáis ganas de descifrar su significado.

** Bonnie y Clyde son dos populares forajidos, ladrones y bandidos de EEUU durante la Gran Depresión. Entre los años 1931 y 1934 fueron llamados "los enemigos del pueblo".


jueves, 28 de febrero de 2013

Capítulo 17: La reina blanca.



Buenas a todos mis corazones. ¿Cómo estáis? ¿Andáis de exámenes? Yo sí, de hecho, en estos momentos debería estar estudiando, pero miradme, aquí estoy. Sé que el principio del capítulo puede llegar a ser muuuuuy aburrido, lo siento, pero es que hay cosas que aunque ahora no parezca que tengan sentido, tienen su por qué. Y siento que llevéis algunos esperando con ansias y os decepcione, no es una de mis mejores creaciones pero, en fin... El siguiente prometo que guarda un par de sorpresas:) Bueno, no tengo mucho más que decir, quería sólo agradecer a todos los que me leéis, para mí es un sueño que os guste esta pequeña historia que se me ocurrió tal día como hoy. ¡Un besazo y espero vuestros comentarios, vuestras críticas... Lo que queráis! :)

Kathleen volvió a pasar la plancha a través de sus mechones, el vapor manando de su cabello. No era tarea fácil lograr que su rizada melena quedara completamente lisa, por eso casi nunca lo intentaba. Sin embargo, para celebraciones como hoy, le gustaba verse arreglada.
Se retiró del lavabo, salió del pequeño cuarto de baño y volvió a su habitación. Tomó el vestido que había dejado sobre la cama y se lo puso. Era negro, de cuello cisne y con algunas pasamanerías debajo del pecho. Había pertenecido a Ellen, una de sus madres adoptivas y, por algún inexorable motivo, le tenía especial aprecio. Se puso también las medias de fantasía gris platino, y los tacones negros. Volvió a caminar hacia el cuarto de baño.
"No pasa nada, Kath", le dijo a su reflejo, inspirando, "sólo es una cena de Navidad", se dio una capa de polvos faciales y se pintó los labios con brillo rosa, "sólo otra cena más", se puso los pendientes y se pasó el rímel, "no tienes por qué estar nerviosa", expiró. Demonios, sí tenía por qué estar nerviosa.
Estaba sola con Jay y un grupo de personas cuyas intenciones con ella eran dudosamente buenas, en un internado perdido en mitad de ninguna parte, en un frío día de Nochebuena. ¿No sonaba todo a película de terror?
"Te sugestionas demasiado, chica", se convenció, mientras tomaba el abrigo y salía de la habitación.
Bajó al vestíbulo, donde la esperaba Jay. Se había vestido con una camisa celeste claro, que reflejaba el brillo de sus ojos.
-Hola, ¿listo?
-Sí- le dijo, una tímida sonrisa dibujándose en su rostro- todo lo que podría estarse.
-¿Nunca has estado en una cena de Nochebuena?
Jay negó con la cabeza, y exhaló un entrecortado suspiro.
-Mi primera familia de acogida no la recuerdo, tenía sólo tres años. Después, estuve cinco años viviendo con unos testigos de Jehová, y ellos no celebran ningún tipo de fiesta. Mi última familia de acogida me devolvió al Internado a los dos meses de conocerme, incluso antes de que llegara Navidad.
Su expresión era algo alicaída. Kathleen esbozó una sonrisa en señal de empatía.
-Bueno, hoy descubrirás la magia de la Navidad.
Jay asintió y se dirigieron al comedor del Internado, aunque ninguno de los dos esperaba descubrir aquella magia.
Jay abrió la puerta con sumo sigilo, y asomó la cabeza a través de una pequeña rendija, estudiando la situación.
-Señor Dennison- carraspeó el director, al notar su presencia- pase, por favor.
Abrieron plenamente la puerta y entraron.
El director los fulminó con la mirada.
-Creía que ustedes dos no podían ir juntos- comentó.
-Nos encontramos en la puerta- se apresuró a responder Kathleen.
El director asintió y se acercó a ellos. Llevaba un anticuado traje de chaqueta gris, a juego con su mirada depredadora, que parecía estar perforándoles la vista a los chicos.
-Vengan y conozcan a nuestra pequeña, familia.
Los condujo por la inmensa sala.
Tras la barra de la cafetería, se apoyaba Abby, inmersa en contestar los mensajes que recibía su móvil. A diferencia de Kath, ella se había rizado el pelo, y se lo había teñido con mechas de un sucio color magenta, a juego con su ceñido top de brillantes.
-Ey- musitó cuando los vio, dedicándoles la mueca más parecida a una sonrisa que era capaz de ejecutar.
Un poco más a la derecha, poniendo los cubiertos en la mesa, estaba doña Ida. Como de costumbre, se había embutido en un vestido hortera de estampados estridentes.
También se andaban pavoneando por allí Aurora, con su triangulada cara; y el doctor Greyback, tan serio como siempre.
-Bueno, creo que a todos los conocen- dijo el director, y movió la cabeza hacia la puerta que comunicaba el comedor con la cocina.
Los chicos se giraron hacia ella, y vieron salir a Margaret, quien, por su expresión, tenía las mismas ganas de ser partícipe en aquella cena que ellos.
-Hola, chicos- comentó, sus ojos marrón claro oscurecidos y sin vida.
Finalmente, salió tras ella una mujer portando una bandeja con un gran pavo en salsa. Ella sí que les era completamente desconocida.
-Oh, perdonen, es verdad.
Cuando la mujer llegó a la mesa, don Warwick se puso a su vera y les dijo:
-Mi mujer, la madre de Abigail.
La señora les dedicó una gélida sonrisa. Sus labios carnosos y sus pómulos salientes eran, obviamente, fruto de una cirugía. Además, era, al menos, diez centímetros más alta que Abby. Sin embargo, la piel estirada de un blanco impoluto, los fríos ojos de ese glacial azul claro, y el pelo rojizo demostraban su parentesco.
-Un placer conoceros, chicos, estaba intrigadísima. Abigail habla mucho de vosotros.
-Eh... Gracias- contestó Jay confundido- el placer es nuestro, señora Rumsfeld.
Las comisuras de la boca de la mujer se elevaron hasta formar una mueca de desagrado.
-Llamadme Grace, si nos os importa. Rumsfeld es agua pasada- y besó al director.
Ugh, asqueroso.
Tomaron asiento en la mesa: Jay a la derecha del director y a la izquierda del doctor y de Grace; Kathleen entre Margaret y Abby, y enfrente de Ida.
-¿Podemos empezar a comer ya? Es que se va a enfriar la comida- inquirió la prefecta, el gusanillo del hambre impreso en su gesto.
-Sí, Ida, puedes empezar- resopló Abby.
Acto seguido, la mujer se tiró sobre el plato de langostinos, y se puso a engullirlos de cinco en cinco. Los demás comenzaron a comer también.
Kath apenas probaba bocado, miraba alternamente a todos los presentes, sin saber bien qué esperar.
-Y... ¿Os gusta el Internado, chicos?- comenzó la madre de Abby, cortando un pedazo de rosbif.
-Sí, claro- le contestó Kathleen, tratando de esquivar su mirada.
Se centró en estudiarla y descubrió algo que la dejó fría: sobre la muñeca de Grace se perfilaban las letras griegas de Alfa y Omega, "El principio y el fin". Estaban marcadas del mismo modo que el tatuaje del infinito en la muñeca de Abby, de una forma que quedaba impresa en la piel, como hecho a conciencia.
Tragó duró.
-¿Cómo que estás tú aquí, Margaret?- se interesó Jay. Las palabras le salieron casi por accidente, sin pretenderlo siquiera. Temía que hubiera metido la pata.
Miró al doctor Loick, quien fulminaba a la bibliotecaria con la mirada. Ésta se apresuró a limpiarse las comisuras de los labios con una servilleta y a responder:
-Oh... Ya sabes. Iba a estar sola en casa y el director se ofreció cordialmente a invitarme a cenar con su familia.
-Realmente, ¿ustedes son familia? Si no es entrometerme en sus vidas privadas- siguió Jay, en sus trece.
"¿A dónde quieres llegar, rubio?", le gritó Kath con la mirada. La tensión en el ambiente se podía hasta cortar con un cuchillo, no necesitaban que Jay añadiera incomodidad al asunto.
Aurora se aclaró la garganta, y movió su alargada cola de caballo a ambos lados de la cabeza.
-Sí, digamos que somos muy amigos, pero nos hemos criado muy unidos.
Abby resopló, y miró a Jay de forma muy tentativa.
-Bueno, creo que podemos pasar al postre- trató de retomar Grace la conversación.
No es que les apeteciera mucho, algo les decía que habrían envenenado la tarta o que contendría una bomba al estilo Peter Pan, quién sabe.
Finalmente, todos accedieron y se dirigieron al salón a comer el postre.
Kath se sentó en el mismo sofá que Margaret.
-¿Quieres mi pedazo de tarta?- le tendió el plato de desmoronado pastel de fresas.
-Crees que tiene matarratas o que está hecha con cuchillos, ¿eh?- le dio un suave codazo y le sonrió de forma cómplice.
Un poco más allá, sentados en una mesa camilla, estaban Jay y Loick, jugando al ajedrez.
-Mueve tú- le indicó el doctor, moviendo la cabeza hacia las fichas negras.
Jay titubeó un poco, tomó un alfil y lo cambió de posición varias casillas en diagonal. El señor Greyback le sonrió astutamente, los afilados dientes asomándole.
-¿Te gusta el ajedrez?- le preguntó, moviendo un peón. Era un movimiento sin mucho sentido; sólo servía para dejar descubierto al rey.
-S-sí- la voz le temblaba- me enseñó mi tutor en el orfanato, era un gran aficionado.
El doctor Greyback se apoyó el rostro sobre la mano, y volvió a sonreír de manera desafiante.
-Debió enseñarte ciertas cosas.
Agarró con fuerza la reina blanca y la movió, matando al alfil negro de Jay.
-Jaque.
Mientras Jay movía un peón, él seguía hablando.
-¿Ves a la reina? Es mi figura favorita. Parece tan vulnerable; pero sabe moverse con sigilo, por todas las direcciones. Es una asesina mortal- su cara se arrugó, sonriendo de nuevo.
-Es una forma muy drástica de ver el juego.
Loick se inclinó hacia atrás, soltando un sonido gutural que parecía una carcajada. El maloliente tufo del alcohol taponó la nariz de Jay.
-Es mucho más que un juego- se volvió hacia delante, acercándose más y más al chico- es la vida. Tienes que estar atento, fijarte bien. Siempre tienes que ir un paso por delante, calcular tu jugada. Tú ibas esperando comerte a mi rey, pero no habías contado con mi movimiento. Si sigues así, querido Jay- la conversación comenzaba a convertirse en un susurro, algo entre ellos dos- algún día, quizás, un movimiento te contamine.
Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Jay. Ese color de ojos... ¿Dónde lo había visto antes? Lo asociaba con un mal recuerdo.
¿Por qué en torno a esas personas todo eran malas vibras?
                                                                     -o-
Clic, clic, clic. El sonido del tecleo inundaba la habitación. La chica se apresuraba a escribir algo en la barra de navegación de Google.
De repente, la puerta se abrió.
-Sissie... ¿Qué estás haciendo?- le preguntó Keegan, sorprendido.
Se suponía que, tras la cena de Nochebuena, Sissie iba a ir a una fiesta a la casa de campo de la familia Lloyd con Keegan.
-Estoy... Buscando una cosa- le contestó, sin apartar la vista de la pantalla. Agitaba el ratón a través de la mesa, sus ojos vagando y leyendo la información ante ellos.
-Sissie, cariño, no es por ponerme pesado, pero mi hermano nos está esperando abajo en el coche. ¿Tan importante es lo que estás buscando?
Sissie se volteó hacia él y lo miró, sus límpidos ojos turquesa muy abiertos.
-Estoy... Preocupada.
-¿De qué, cariño?- se acercó a ella y la tomó de las manos. Jugueteó, pasándole suavemente los dedos sobre sus nudillos y besándoselos- Me lo puedes contar, ¿sabes?
-No sé, creo que tienes razón.
-¿Sobre qué?
-Sobre... Margaret. No sé, fue como una iluminación que tuve esta tarde, cuando hablé con Kathy y me dijo que la bibliotecaria también estaba en la cena. Todos sabemos que cuando el director deja entrar a alguien a su clan, es porque es de los suyos.
-¿Y qué piensas hacer?
-Mira.
Le mostró los resultados de búsqueda. Había distintas ventanas abiertas, y en cada una había buscado uno de los titulares de periódico que escondía Margaret en su carpeta. No había nada llamativo; todo eran historias inconexas sin ningún punto común, sin nada que las pudiera relacionar.
Keegan se inclinó sobre la pantalla, cliqueó dos veces y abrió una nueva pestaña.
-¿Por qué no probamos a buscar el nombre de Margaret?
Tecleó Margaret Barrett.
-¿Qué estamos buscando exactamente?
-Facebook, MySpace, blog, noticia de periódico que la relacione con un delito. Premio Nobel que haya ganado. Su diploma de universidad. Lo que sea.
Keegan calló y miró la pantalla, abriendo los ojos como platos. Sissie estaba igualmente anonadada.
Ni redes sociales, ni blog, ni nada.
No hay resultados para su búsqueda, era todo lo que inundaba la pantalla del monitor.
Como si Margaret no fuera real. Como si no existiera.
                                                                        -o-
-Barto, shhh, ven, bonito- susurró Kathleen en la penumbra.
-¿Quién es Barto?- dio un respingo al oír la voz a sus espaldas. Se volvió rápidamente.
-Eh...- se mordió el labio y encaró a Jay- nada. Creo que estás un poco obsesionado. Sólo decía, um, que es muy bonito el cuadro que pintó, eh, Sissie.
-No conocía la faceta de artista de Sissie- las comisuras de los labios de Jay se fueron elevando poco a poco, hasta formar una amplia sonrisa.
-Es, um, un secreto de Estado o algo así- comentó Kath, pasándose apresuradamente las manos a través de su cabello.
-¿Y contabas lo de que te gusta el cuadro para quién, para ti misma o para ese cachorro de pastor alemán que se revuelca en tu alfombra?- levantó la vista y sobre la cabeza de Kathleen, descubriendo a Barto corretear tras de ella.
Kath suspiró.
-Soy una pésima mentirosa, lo sé- tomó a Barto entre sus brazos, lo acarició y dejó que babeara toda la cara de Jay- la madre de Sissie quería deshacerse de ellos. En teoría, se lo hemos vendido a la madre de Abby.
-No creo que en casa de Grace Rumsfeld haya más perros aparte de ella- aguantó la risa-. Bueno, sí, su hija. Y el director. Aunque creo que ni los perros son tan animales como ese hombre. ¿Recuerdas la cabeza de elefante en su despacho?-se estremeció.
Una sensación de frío hielo se deslizó a través de Kath, inundándola.
-Bueno- comenzó, sólo por sacar conversación y evitar los pensamientos sobre animales muertos que se sucedían en aquellos momentos en su mente- ¿A qué has venido, a averiguar lo del perro, o hay algo especial que quieras decirme?
Jay se inclinó hacia delante, quedando a escasos centímetros de ella, sus rostros tan cercanos que podían sentir el aliento y la respiración del otro.
El pulso de Kath se aceleró, el corazón a punto de salirse de su pecho. Tragó duramente saliva.
-No te asustes, Ojos Verdes, no te estoy rozando- la tranquilizó Jay con su calmada voz. Podía sentir el miedo que se apoderaba de ella.
Sabía que aquello no estaba bien. Sabía que debería dar varios pasos atrás como mínimo. Y, sin embargo, allí estaba esa extraña atracción que la anclaba al suelo. Sus pies se hacían pesados y se negaban a responder ante la alarmante orden de su cerebro de poner distancia entre ellos. Ese magnetismo que crecía entre ellos no podía augurar nada bueno.
-Relájate- siseó.
-Lo estoy- le contestó ella, fallando en el intento de sonar casual.
-La puerta congelada te delata- apuntó.
Miró sobre su hombro, a la puerta entornada tras de ella. En el punto donde tenía apoyada la mano-algo húmedo debido a la fría y pesada tormenta que se cernía sobre el Internado- se había formado una gruesa capa de escarcha. Odiaba sus poderes.
Y odiaba la forma en que Jay era tan sibilino. Sin embargo, de cierto modo la inteligencia del chico era motivo de su adoración, junto con tantas otras cosas.
-No me entretengo más, aunque sabes que adoro tu compañía, ejem, que tenemos cosas que hacer- murmuró, la sombra de una sonrisa dibujada en su rostro-Margaret me ha dicho que trataría de entretener al director y su pandilla. No sé ya si la bibliotecaria es de fiar, pero no tenemos mucho más a lo que aferrarnos. Sígueme.
¿Por qué estaba siguiendo a Jay en mitad de la penumbra? Sí, dudaba que, precisamente él, la fuera a asesinar a sangre fría, pero no es que fuera la idea más inteligente que los encontraran perdidos en mitad de la noche. Ay, Dios santo, se estaba volviendo paranoica.
Llegaron al final del pasillo de la segunda planta.
-¿Qué estamos haciend...?
-Chst- fue el único sonido que profirió, mientras forcejeaba con la cerradura de lo que, aparentemente sólo era un armario de la limpieza.
Cuál no sería la sorpresa de Kath cuando lo abrieron y descubrieron un pasadizo que conducía a algún lugar cavernoso.
Se colaron y comenzaron a subir las estrechas escaleras de caracol. Eran de piedra caliza, oscuras, silenciosas y mortíferas. El agua se filtraba a través de la numerosas grietas de sus paredes, empapándoles las cabezas. Por no hablar de las telarañas que pendían del techo, y ese halo de misterio que los envolvía. Cualquier mínimo sonido habría parecido peligroso allí.
Siguieran andando a ciegas, hasta subir encima del todo y hallar una puerta que, al abrirla, no era otra cosa que una de las estanterías de la buhardilla.
-¿Cómo lo has sabido?
-No lo sabía- se sonrojó Jay, tomando un catalejo del suelo y llevándolo sobre su ojo- sólo quería probar a ver a dónde íbamos.
-Pues acertaste- Kathleen se sentó en el frío suelo de madera, y estudió atentamente la estancia. Seguía resultándole mágicamente atractiva.
Observó un gran baúl de caoba un poco más allá de la ventana. Se acercó y se agachó a su lado.
-¿Necesitas ayuda?
-No soy tan manitas como tú, pero espero que si tiene la llave puesta podré abrirlo.
Jay se sonrió y volvió a su ensoñación leyendo las contraportadas de los libros de la estantería. Todos eran de temas fantásticos.
Kath terminó su guerra contra el cerrojo y abrió el baúl. Nada más hacerlo, el olor a tinta, moho y papel antiguo llenó el ambiente. Miró detenidamente el contenido. Sólo había cartas, cartas y más cartas. Alguna fotografía extraviada, algún diario, papel de envolver regalos...
Tomó varias cartas y las apoyó sobre su regazo.
-¿Algo por ahí?
-No gran cosa. Son correspondencias entre una tal Rosalina Witter y un matrimonio, los Morris. A ver...- sopló el polvo sobre los nombres de los remitentes- Bessie y Roy Morris.
-¿Algo que nos pueda servir? Leámoslas.
-Eso es violar la intimidad de las personas ajenas, Jay.
-Ya, pero a lo mejor esas personas son las que traman algo contra nosotros, ¿no te parece?
-También es cierto- recapacitó.
Así es como ambos se encontraban abriendo sobres raídos con sellos coloridos de Edimburgo y Belfast, principalmente. Aunque había unos cuantos de Londres.
-¿Qué tienes tú?- inquirió Kathy.
- "Belfast, 8 de noviembre de 1993
     Queridos protegidos míos:
     ¿Qué tal estáis? Las cosas no se tercian bien por aquí. La marea ruge fuertemente, y el agua que salpica planea con esconchar aún más los finos muros de la casa de Ben. No sé si podremos soportar el invierno que se nos presenta.
Además de eso, estoy preocupada. Los de la Hermandad están pululando por aquí. He visto a ese cretino de Greyback por el mercado del pueblo con su hermano pequeño y, no sé quién era la muchacha, tal vez Aura-aunque según tengo entendido, ahora insiste en que la llamen Aurora. Tiene la cara mucho más blanquecina y sus facciones son más puntiagudas. ¿Habrá invertido otra vez en una cirugía de cara? Lo que sea. Me temo que han descubierto nuestro escondite. Quizás me vea obligada a pasar con vosotros la Navidad. Seguro que a Dani le alegra la noticia. ¿Creéis que sería posible, o estáis muy ocupados? Llamadme. Por cierto, por si Gill Bessie lo quiere saber, seguimos sin noticias. Terminaré por perder la esperanza.
Espero vuestra contestación. Vuestra siempre, GM"
Kathleen, ignorando la estupefacción que le producía el hecho de que quien fuera mentara a  los Greyback y Aurora como algo malo en aquella carta, pasó a leer la suya.
-"París, 17 de julio de 1996
   Querida tutora nuestra:
   ¿Sabías que París ciertamente es la ciudad del amor? Sus calles abarrotadas de gente, el aroma de café y cruasanes en todos los escaparates, la tranquila fluidez del Sena, el lento atardecer cerniéndose sobre la Torre Eiffel... La cadencia tan musical del acento francés y sus baguettes me enamoran. Quizás le sugiera a "Bessie" que nos mudemos aquí cuando la bebé nazca. Nunca imaginé que sentiría este remolino de emociones por su nacimiento. Tan sólo está de cuatro meses pero, oh, cuando fuimos al ginecólogo se le veían claramente todos y cada uno de sus miembros, su corazoncito palpitando lentamente. Necesito verla. Hablando de bebés, espero que todo con tu nieto esté bien. Nos dejaste muy intrigados la otra noche con lo que nos contaste. Telefonéanos en cuanto puedas. Sed fuertes. Tuyos siempre, G y C"
-Yo tengo otra cosa aquí- comentó Jay, metiendo la cabeza en el baúl-. Mira- le mostró un pedazo de papel con los bordes quemados.
-¿Qué pone?
-Hijos de agua y f. Se ha borrado lo otro. ¿De veras crees que esto es importante para nosotros en algo?
-G y C eran Gill y Cedric, querido. Ésa es la prueba de que no murieron, sólo huyeron y tomaron una identidad secreta; y lo de "Hijos de agua y f" debe ser algo importante relacionado con ellos.
-¿Cómo estás tan segura, 007?
-El baúl es de Gaelle Milner, su tutora.
-De eso sí que no tienes pruebas.
Kathleen bajó la tapa del baúl y Jay leyó claramente en la etiqueta: Gaelle P. Milner.
Jay sonrió abiertamente.
-Vaya, yo dándomelas de detective y el verdadero cerebro pensante eres tú.
-Bueno...- Kathleen enrolló un mechón de pelo en su dedo, sonrojándose- Ahora tenemos muchas piezas del puzle, nos falta encajarlas y darles sentido.
-Vale- le guiñó un ojo-. Realmente, me gusta la idea. Se te ve muy atractiva cuando estás investigando.